La mejor forma de vida posible

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No seas quejica, madre. No es un lugar muy amplio, pero no tienes de qué quejarte. Oigo tus gritos un día tras otro. Todas las noches. No puedo dormir. No sé para qué quieres salir, sino tienes nadie con quién hablar, esas amigas tuyas con las hablabas y hablabas, despellejando a todos los vecinos y conocidos. Erais unas arpías insufribles.

No hay televisión, pero ni falta que te hace. Ya no necesitas tus programas preferidos. No tienes luz y estás un poco entumecida, aunque sé que son figuraciones tuyas. No se pueden tener tantos dolores e incomodidades cuando estás muerto. Sí, debo recordártelo cada mañana, cada tarde y cada día. No pareces darte por aludida, pero es lo que hay.

No tienes de qué quejarte. Seguimos juntos, a pesar de todo. Sin embargo, la incomunicación que antes era más que patente sigue aquí. Tú hablas y hablas, yo no te escucho y sigo a lo mío.  Antes me decías que no servía para nada, que sin ti no podría vivir. Pero está por ver quién de los dos no puede vivir sin el otro. No sé por qué no me dejas en paz, ¿no decías que no me necesitabas para nada? Eres un fastidio constante. Ahora es más llevadero, ya que no tengo que verte, sólo escuchar tus gritos.

Ya estoy harto. Soy el que manda aquí y no puedes hacer nada al respecto. Deberías estar agradecida por no haberte largado de casa. Al principio me enfadé mucho contigo, pero comprendí que no tenías la culpa de morirte. Son cosas que pasan. Estaba tan acostumbrado a ti que no me había dado cuenta de cuánto te odiaba. Al encontrarte allí tumbada, inerte y sin vida, un poco impúdica, me di cuenta de ello. A pesar de todo, comprendí que seguía siendo tu casa, así que decidí que debías quedarte.

Hoy ha venido a primera hora el médico del pueblo, instigado por tu amiga Margarita, muy preocupada por tu estado de salud. Imagino lo pesada que se puso para que el doctor viniese hasta aquí. Logré deshacerme de él explicándole que estabas visitando a tu hija, mi hermana, esa con la que no te hablas desde hace más de diez años. Aunque eso no se lo dije, claro. Hay que ver, lo que hablabas de los demás y lo poco que se sabía de ti, incluso tus amigas, que hasta desconocían que tenías una hija.

Dices haberte quedado para cuidarme, pero no es cierto. Ya tengo más de cincuenta años, y sé cuidarme solito. Ahora soy yo el que cuida de ti, aunque cada vez quede menos que cuidar. Apenas unos trozos de piel y huesos, supongo. Al principio recordaba que estabas aquí por el olor, pero como cada vez es menos patente, quizá porque me he acostumbrado, hay veces que hasta me olvido de que estás aquí.

Dejé de asearte al poco tiempo, al comprender que era inútil. Coloqué tu cuerpo en el hueco de la escalera, cogí unos ladrillos y edifiqué tu nueva morada, esa que no parece gustarte demasiado. Dices que hay mucha suciedad. Que está húmedo. Pero son imaginaciones. No me lo creo. Vete acostumbrando porque no vas a salir de ahí.

II

Tiene gracia. Siempre te quejabas del desorden y la suciedad de mi habitación. No te gustaba que dejase mis tebeos de superhéroes y los juguetes tirados por el suelo, pero yo no podía evitarlo. Soy de naturaleza desordenada. Desde pequeño he sido así.

Hace mucho tiempo, pero aun recuerdo como disfrutaba leyendo los tebeos antiguos de Superman y el Capitán Trueno, de la colección que tenía papá desde hacía un montón de años. Eran geniales. Me los prestaba con la condición de que los dejase en su sitio, pero lo olvidaba siempre. Era él quien tenía que recogerlos después, para devolverlos a su sitio. Les tenía un gran aprecio y le gustaba tenerlos en perfecto estado. Pero no me regañaba como tú solías hacer. Le gustaba que yo los leyera con la misma fruición que lo había hecho él.

Luego, después de la lectura, mi imaginación representaba todas las aventuras leídas, más algún retoque de mi cosecha, con mis muñecos de plástico de protagonistas. Tenía indios de color verde y rojo, y vaqueros de color azul y amarillo. Soldados de infantería y de aviación. Algún vehículo a motor y varias diligencias. Mis hombres estaban equipados para las empresas más difíciles. Mi padre se ocupaba de traerme de todo cuando volvía de sus viajes.

Con mi hermana Laura no era menos. Sus muñecas y los accesorios de éstas eran los mejores que se habían visto en nuestro pueblo. Siempre había en casa un par de niñas jugando, atraídas más por las muñecas y los nuevos accesorios que por su amistad.

Esta casa ha sido nuestra desde hace mucho tiempo. Vinisteis aquí recién casados. Estabas embarazada de Laura. Hace unos cincuenta años. Nuestra casa y nuestros recuerdos, buenos y malos. Malos desde que murió papá. Recuerdo lo alegres que volvíamos Laura y yo del colegio, cansados por la caminata de tres kilómetros que nos pegábamos desde la parada del autobús hasta casa. Y la extraña alegría con la que nos recibías siempre, ya que no era habitual en tí. Esa extraña alegría solía ocurrir, sobre todo, cuando traíamos a alguien con nosotros, cosa que casi siempre ocurría. Nos recibías con la mejor de tus sonrisas. Aunque sabíamos que no te seducía demasiado la idea de tener una nueva boca en la mesa, y de que el nuevo inquilino se quedase con nosotros hasta la tarde. Como si no tuvieses bastante con nosotros. Te disgustaba sobremanera que ensuciáramos la casa con nuestros juegos. Era mejor que estuviésemos fuera, jugando a lo que fuese, sin molestar dentro de casa. Y así lo hacíamos para que no nos regañaras después de las sonrisas, a espaldas del invitado.

III

Hoy han venido de nuevo a preguntar por ti Margarita y Gertrudis. No se han ido muy convencidas, porque me han pillado desprevenido y medio dormido. Les he dado unas explicaciones absurdas, contradictorias, sobre cómo te encontrabas y cuando volverías, así que se han ido un poco contrariadas. Les he observado irse cuchicheando entre ellas. No sé si son figuraciones mías, pero me ha parecido escucharles la palabra prohibida: policía.

Esto puede traernos ciertos problemas. Los demás no comprenderán que prefieras quedarte aquí, en lugar de en una fría tumba del cementerio. Conmigo estarás mucho mejor que en cualquier otro lugar, pero a ellos les dará igual. No lo entenderán y tendremos problemas. Espera… Empiezo a oír las ruedas de un par de coches avanzando por la grava del camino. Creo que deberíamos prepararnos.

Fuente de las imágenes: Alberto Amor Jiménez

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