La mala educación

Las protestas de estudiantes que empezaron en Valencia se han extendido ya al resto de España, como muestra lo ocurrido en Barcelona. La violencia que se pudo ver en la Ciudad Condal no es defendible desde ningún punto de vista, y todos los partidos políticos deberían posicionarse claramente en contra de lo ocurrido. Si la dinámica continúa siendo la misma, no es de extrañar que las protestas se extiendan por otras muchas ciudades del país, pero estas propuestas legítimas pueden dejar de serlo si se utiliza la violencia por sistema.

La mecha de las protestas, supuestamente estudiantiles, ha prendido ya sin remedio en toda la geografía española. En Valencia, lo que empezó siendo una reivindicación de alumnos por la falta de calefacción en un centro de secundaria, algo totalmente comprensible, terminó convirtiéndose en una revuelta en toda regla. Las cargas policiales, que a juzgar por las imágenes de televisión, fueron bastante desproporcionadas, han contagiado a otras ciudades españolas. Las palabras de un jefe policial tildando a los estudiantes de “enemigo” tampoco ayudan a resolver la situación.

El verdadero problema de estas protestas, que ya se dejó intuir en la capital valenciana y que se ha confirmado en Barcelona, es la mezcla de estudiantes con buenas intenciones y otros individuos antisistema sin otro objetivo que incendiar la calle y enfrentarse a las fuerzas del orden. Las protestas ya han pasado de ser estudiantiles para convertirse en revueltas indefendibles.

Lo ocurrido en la Ciudad Condal es de vergüenza, tanto que los estudiantes convocantes deberían desmarcarse lo antes posible de lo sucedido para no perder la comprensión que tenían cuando empezaron a manifestarse. Quema de vehículos particulares o de contenedores, ataques a la Bolsa de Barcelona y a sucursales bancarias con botellas y adoquines, doce personas heridas, siete de ellas Mossos de Esquadra… Es el triste saldo que arroja la barbarie de Barcelona, lo que hace pensar que muchos ciudadanos dejarán de apoyar las manifestaciones si continúan por este camino.

Puede ser que, si todos los partidos lo censuraran y apoyaran a las fuerzas de seguridad, estas protestas acabarían por desaparecer. Sin embargo, vista la actitud de algunos partidos de izquierdas de apoyar a los vándalos hagan lo que hagan y censurar a la policía pase lo que pase, no es de extrañar que la violencia callejera, lejos de parar, se extienda irremediablemente por toda España.

Puede ser que ahora, al no estar los Mossos “gobernados” por el PP, muchas críticas de PSOE e IU a la actuación policial desaparezcan, aunque las medidas que se tomaron fueron mucho más duras que las adoptadas días antes en Valencia. Tampoco ayuda el pensamiento del secretario general de UGT, Cándido Méndez, quien afirma que hay que conseguir la “helenización de España”, es decir, incendiar las calles, la violencia contra la democracia.

El precedente de Valencia no es bueno, con un ministro de Interior que desautorizó a su policía a las primeras de cambio. El de Barcelona ha sido el segundo ’round’ y parece que no va a acabar aquí. Lo siguiente será Madrid, Sevilla…, a no ser que se haga algo para parar esta dinámica. Las manifestaciones de estudiantes contra los recortes son del todo legítimas, pero los antisistema que se esconden en ellas para provocar el caos no hacen otra cosa que restar apoyo al movimiento. Hay que defender la educación pública, pero no a cualquier precio. Una manifestación con un buen fin no puede ser apoyada con quema de coches, contenedores y asaltos a sucursales de banco. Así no.

Fotografía: Vivic

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