La literatura como viaje

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Viajo en un vuelo Madrid-Berlín mientras se acerca la que posiblemente sea hasta ahora la medianoche más fría. Alrededor viajan un grupo de personas que me acompañan: algunos duermen, otros escriben, otros miran las nubes por la ventana… Yo leo. Hace unos minutos una mano amiga me deslizó desde atrás un ejemplar de 84, Charing Cross Road, de Helene Hanff. Desde entonces no le he quitado ojo.

Viajo en un vuelo desde el aeropuerto de Barajas a Schonefeld, aunque verdaderamente llevo un rato viajando entre Londres y Nueva York. La distancia entre el 84 de Charing Cross y el 14 Este de la Avenida 95 es larga, pero a mí no me supone más que un giro de página. Marks & Co se acerca con cada palabra y los libros que le llegan a la lectora que escribe las cartas, los degusto junto con los vaivenes del avión. Es asombroso como la literatura puede convertirse, si así lo deseas, en un viaje.

Desde pequeño siempre me he acostumbrado a ver a mi madre con un libro a medias. Recuerdo verla sentada con algún libro de la escritora Barbara Wood, que solía intercalar con otras obras, de índole completamente distinta y diversa. Mi madre no ha salido de España salvo en contadas ocasiones, pero estoy seguro de que conoce casi rayando la perfección, los innumerables parajes descritos por la inglesa. Todo gracias a su pasión por los libros y a su imaginación.

Hace un par de años viajé a Lisboa. Tiempo antes un amigo me había hecho llegar, de manera totalmente fortuita, El libro del desasosiego de Pessoa. Cuando tiempo después supe que quería volar hasta allí –creo que, en parte, influido por este autor- leí fragmentos de El año de la muerte de Ricardo Reis de José Saramago, también impregnada del espíritu de Pessoa. Mientras volaba hacia la tierra de los fados, no podía parar de recordar pasajes de estos libros. ¿Os podéis creer que los días que pasé en la ciudad de Lisboa, aquella se me presentó tal como la había imaginado con aquellos libros? Es como si ya antes hubiese visitado aquella urbe decadente.

De esta manera, he sabido cómo era Barcelona antes de viajar hasta allí, he subido al Tibidabo en el funicular antes de hacerlo, he viajado a Edimburgo antes de coger el avión, o a Londres, o he caminado por Brooklyn y Tokyo mucho antes de aterrizar en sendas megalópolis. Lo que leemos, a veces, nos sirve de guía de viajes, además de amueblarnos las ideas. Sin embargo, es sólo un complemento, hay que dejar volar la imaginación a lugares inhóspitos y sentir a nuestro alrededor todo aquello que un autor describió antes para nosotros, pero sin olvidar que tan solo es eso. Sino podremos volvernos locos, aunque, qué poético enfermar de literatura.

La literatura es algo más que la lectura de un libro. Deja un poso muy duradero que, incluso con el paso del tiempo, puede hacernos recordar sensaciones vividas en un lugar, ya sea ficticio o no, como recuerdo yo ahora las sensaciones vividas en ese vuelo entre Madrid y Berlín (Londres-Nueva York) en el que justo antes de que la nave tocase pista, acabé de leer la última correspondencia entre Helene Hanff y Frank Doel.

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