La ley ampara

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No es porque recientemente haya tenido que realizar algún trámite administrativo o solicitar una subvención para pagarme un viaje al Caribe –cosas más raras se han visto, no crean–. Simplemente me he sorprendido esta cálida mañanita de domingo, recién levantado y rascándome ahí abajo mientras pensaba en ellos. Siempre me ha dejado pasmado su aire decidido ante una mesa llena de papeles, junto al sudoku de rigor.

Estoy hablando de los simples, concretamente de los que acaban metidos a funcionarios. Por extraño que les parezca, muchos trabajadores de lo público dan este perfil, sean hombres o mujeres. Otro día hablaremos del tipo de pruebas que realiza la Administración para seleccionar a parte de su personal, y por qué en un alto porcentaje acaba accediendo a esos puestos gente con un determinado perfil psicológico que se adapta al que hoy quiero describir. No es ninguna casualidad.

Los simples no están para bromas. Quieren certezas en su trabajo y en la vida cotidiana. El problema está en que ni en la vida ni el trabajo las van a encontrar. Están acostumbrados a la certeza burocrática y se refugian en ella hasta en los momentos de alcoba. Punto uno: acercamiento. Punto dos: preliminares. Punto tres: consumación.

Son personas muy dotadas para el papeleo. Pueden llegar a ser administrativos o auxiliares muy apreciados. Realizan su labor de forma sistemática. No hay fallos a considerar, porque todo está escrito. Un enchufe oportuno o estar en el lugar adecuado en el momento justo puede encumbrarles a lo más alto. Puede ocurrir porque –espero no alarmarles con esto– son muchos. Por eso es probable que acaben en puestos de responsabilidad en lo público: alguna consejería o delegación provincial, por ejemplo. Entonces pueden ser una verdadera pesadilla para todos, ya que no hay nada peor que un burócrata que cree tener la verdad sentada en su regazo, en forma de manual de instrucciones, además del ordeno y mando de las tropas.

El problema no sólo lo tendremos los sufridos administrados, ya que el simple es también un difícil interlocutor en la vida cotidiana. Creen que el mundo es un montón de A-Z donde todo está donde debería estar, perfectamente ordenado.

Creo que fue en una película de Joel Coen donde se dice algo así como: “Es una buena chica. Cuando ella ve en la partitura un mi, ella toca un mi. Pero eso no es música… la música es otra cosa”. Es una explicación perfecta para lo que nos ocupa. La vida es algo complicado, no es una sucesión de hechos y movimientos mecánicos.

Pero vamos a dejar la gris cotidianeidad de los simples y volvemos a su trabajo.

Tampoco la organización administrativa es algo fácil, a pesar de los reglamentos, órdenes, decretos y leyes que la rigen. Más que nada porque hay que tomar en consideración muchas cosas. También en esos textos, de los que tanto gustan los burócratas –no es casualidad si utilizo como sinónimo de simple esta palabra–, se pone freno al exceso de celo, que puede llegar a ser más perjudicial que beneficioso para el servicio. La Administración es la que da el servicio al ciudadano, por tanto es la que debe adaptar sus métodos para realizarlo de la manera más eficiente posible.

Una de estas leyes, por ejemplo, considera falta grave el exceso de celo del empleado si es perjudicial para el servicio, los ciudadanos o sus propios compañeros. Algo difícil de probar, por supuesto. También hay otra que dice que si la omisión o falta de trámite no afecta a la esencia del acto puede darse por realizado el procedimiento o acto. Pero a los simples eso les da igual, porque no trabajan con decimales. No les interesan los puede ser, a lo mejor o tal vez. Quieren certezas inamovibles, porque su mundo es inamovible.

Si tuviera que elegir entre un absentista o un trabajador en huelga a la japonesa constante, me encontraría en uno de esos bretes que tanto disgustan a las mentes simples. Los primeros crean escuela, pero los segundos hacen algo peor, desaniman a compañeros y ciudadanos. Los retraen y los convierten, oh sorpresa, en absentistas, vagos, pasotas o todo a la vez.

El trabajo administrativo suele ser monótono y aburrido, aunque no me consta si en este caso el hábito hace al monje o al revés. La Administración Pública se rige por unos principios que rezan en muchas de esas leyes que tanto gustan a nuestros protagonistas. Algunos de ellos son eficacia, racionalización y agilidad. Conceptos que están muy bien, pero dependiendo de lo que entiendas por cada uno de ellos. Las leyes están para interpretarlas y entenderlas, aunque a veces eso sea misión imposible, no para tomarlas al pie de la letra. A veces hasta para desobedecerlas.

“¡Anatema, anatema!”, estarán gritando algunos antes de que les estalle la cabeza de la impresión.

No estoy animando a la insumisión administrativa a los propios funcionarios: lo que estoy diciendo es que a veces las cosas no son fáciles, y tenemos que adaptarnos a ellas para que funcionen. Pero no osen decirles algo así a ellos, porque les mirarán como si fuesen imbéciles.

Por eso les tengo un poco de miedo, porque me los imagino firmando sentencias de muerte con la misma diligencia y pulcritud con que nos conceden o deniegan una subvención. Un mero trámite. Franco, que no era un funcionario, las firmaba mientras se tomaba su café con churros, como si nada. Porque las cosas son así, tan fáciles. Y porque están escritas y la ley ampara.

Fuente de la imagen:
http://www.vuestrostemas.com.ar/index.php?topic=956.15

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