La inestabilidad egipcia

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Tras 30 años de represión bajo la presidencia de Hosni Mubarak, Egipto está viviendo unos años de cambio acelerado que están provocando serias consecuencias para su población.

En primer lugar, después de 18 días de protestas, el Ejército consiguió derrocar al dictador en 2011. Aunque fue unos de los hechos más encomiados en el país, la realidad fue que 3000 personas resultaron heridas y 300 asesinadas.

Protesta Anti-MorsiNo obstante, los egipcios pudieron celebrar por primera vez en su historia unas elecciones presidenciales democráticas. El vencedor fue el “moderado” dentro del movimiento islamista, Hermanos Musulmanes, Mohamed Morsi que consiguió gran apoyo entre los ciudadanos. Sin embargo, su presidencia se caracterizó por las dificultades económicas y sociales con las que tuvo que lidiar como la desigualdad y el desempleo. Autorizó leyes que concentraban amplios poderes como la inmunidad legal para su figura y monopolizó la autoridad en beneficio de su partido. Hecho que volvió a llenar las calles de manifestantes hasta que en 2013 las sucesivas protestas y las violentas tomas de las sedes del Gobierno encabezadas por el Ejército derrocaron al régimen.

 Actualmente, existe un gobierno provisional civil bajo junta militar que no ha conseguido frenar las revueltas y atentados que intentan asumir el poder. Los choques entre partidarios y detractores del Ejército además de las congregaciones en conmemoración a las víctimas de las protestas pasadas, siguen dejando decenas de muertos y heridos.

La caída de Morsi marcó el inicio de una brutal represión contra dirigentes y simpatizantes islamistas en el interior del país y también agravó los conflictos internacionales entre Turquía y Egipto. El Partido de la Justicia y el Desarrollo del primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, siempre ha expresado su solidaridad con los Hermanos Musulmanes solicitando públicamente la liberación de Morsi. Ambos países retiraron sus respectivos embajadores en Ankara y El Cairo en 2013 pero el embajador turco, Husein Anvi Botsali, retornó a la capital egipcia pues sus acuerdos a nivel de exportaciones y de turismo eran demasiado beneficiosos para desaprovecharlos por cuestiones políticas.

Resistiendo a este dantesco escenario, las Fuerzas Armadas egipcias están operando diariamente en contra de la subversión. Su portavoz militar, Ahmed Ali, declaró: “La valiosa sangre de nuestros hombres sólo aumentará nuestra perseverancia para limpiar Egipto y proteger a nuestro pueblo de la violencia y el terrorismo traicionero”.

Sin embargo, estas acciones no están dando los resultados esperados, pues las agitaciones siguen sucediéndose constantemente. El secretario de estado norteamericano, John Kerry, ha comparado estos levantamientos con los vividos en Túnez y Siria y ha señalado que “el vendedor de fruta de Túnez que se inmoló e inició la revolución -Mohamed Buazizi- no tenía detrás una religión ni una ideología extremista. Fue golpeado por una agente, estaba cansado de la corrupción y quería una oportunidad. Lo mismo pasa en Siria. No empezó como un conflicto entre suníes y chiíes. Empezó con gente joven que quería una reforma. Lamentablemente, el presidente sirio, Bashar Al Assad respondió a sus peticiones con balas, bombas y violencia. Eso llevó a donde estamos hoy y a una creciente lucha sectaria”.

Con estas palabras Kerry realza la importancia de no confundir la lucha por el bienestar social con la imposición ideológica en un momento donde el sentimiento revolucionario parece contagiarse.

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