La indiferencia, la peor de las actitudes

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La indiferencia produce indignación en aquellos que piensan que todavía existen esperanzas, futuras conquistas que nuestros hijos apreciarán. Pararse en el camino es llegar a la conclusión de que todo lo que hoy tenemos en nuestras manos, esas grandes redes, infraestructuras, organismos, conquistas sociales fueron construidas con las utopías de ayer. Con el esfuerzo y los anhelos de gente que alejó la indiferencia de su lado para apostar por la indignación como combustible preciso para el cambio.

En su nuevo libro, ¡Indignaos!, Stéphane Hessel, filósofo, antiguo diplomático francés y uno de los redactores de la Declaración de los Derechos Humanos, identifica los dos grandes desafíos que a su juicio la humanidad tiene por delante. Comprometernos a reducir la inmensa distancia que existe entre los muy ricos y los muy pobres. Por otro lado, conseguir que todos los países se comprometan con  el cumplimiento de todo el  articulado de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Desafíos que sólo serán posibles con una acción social decidida, sin complejos, y la disposición de nuestros gobiernos.

La participación ciudadana tendrá una importancia capital puesto que será la encargada de aunar los esfuerzos y canalizar toda esa indignación, además de presionar a las administraciones públicas  para que cumplan su deber de velar por el bienestar  y defender el bien común.

No dejarán de suceder millones de cosas a nuestro alrededor sólo porque miremos hacia otro lado y las ignoremos. Esto debería agitar nuestros días, levantarnos del sofá, obligarnos a redibujar nuestro camino, y a despertar con el sano ejercicio de descubrir lo que pasa alrededor, comprender su significado, y comprometernos a cambiarlo; vidas que se cruzan, realidades similares que comparten tantos lugares en común, dramas cotidianos no tan alejados de los nuestros, aunque la indiferencia nos haga sentirlos como ajenos, a que nos duelan menos.

Con la indiferencia se justifica el desinterés social y el hastío por la política sin reparar en que una sociedad tiene la clase política que se merece, porque la representa y porque tiene la capacidad de restituirla mediante cauces democráticos y el ejercicio de la libre expresión. Asociar corrupción a toda la clase política hace un flaco favor a la higiene democrática de un país.

Hallarse en este tipo de actitudes conformistas que no aportan soluciones, ni suman propuestas alternativas lo que reduce la posibilidades de cambio de una sociedad que pretende progresar. Esta actitud impide apreciar la importancia y el carácter histórico sobre lo  que sucede  en el Magreb. Mientras, absortos con el cinismo con los que se tratan muchos temas en varios de nuestros medios de comunicación, pasamos a la siguiente página del periódico como si tan sólo nos interesara la sección de pasatiempos.

Una ventana parece que empieza abrirse. Todo un mundo de oportunidades para los países árabes que han dado una lección de dignidad. Acercaron con su ejemplo a jóvenes de todo el mundo, la necesidad de convertir lo deseable en realidad. No hay más que mirar a nuestro alrededor para encontrar unos hechos que justifiquen nuestra indignación. Nadie hubiera imaginado que la llama de las revueltas árabes se encendiera desde las redes sociales y se construyeran las primeras trincheras en la red antes que en las esquinas de Túnez.  La preocupación ya no sólo reside en las calles. Las autopistas virtuales sirven de nuevas ágoras de debate, donde se tejen los hilos de las próximas revoluciones. La indignación quizá solo sea la levadura necesaria para levantar a la masa.  Una masa comprometida que piensa que otro es posible además de necesario. “Pero siempre es lo improbable lo que surge en el momento más inesperado”, sostiene Edgar Morin. No podemos permitirnos el lujo de cerrar los ojos. Indignémonos, lo necesitamos.

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