La guerra civil de Siria: ¿Ficción o realidad?

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Los asesinatos, las torturas y el tráfico de armas siguen siendo los actores principales en una función que lleva por título el nombre de Siria. Pero, ¿qué pasa detrás del telón? Se debe contrastar la información manipulada que difunden el régimen y la oposición. Por suerte, el pasado 19 de diciembre el Gobierno sirio aceptó oficialmente el plan de pacificación de la Liga Árabe, que, además de comprometerle a acuartelar sus tropas, le obligará a permitir la entrada en el país de observadores internacionales.

Vitaly Churkin -representante permanente de la Federación Rusa en las Naciones Unidas- presentó el 14 de diciembre un renovado proyecto de resolución sobre Siria que condena la violencia en el país. Pero, a diferencia de los informes de la ONU, que acusan únicamente al régimen de Bachar el Asad de haber cometido asesinatos, torturas y violaciones contra los manifestantes del país, Rusia cita en su declaración a “todas las partes”. ¿Significa esto que la ONU justifica la acción armada de las fuerzas de oposición? A partir de ahora, ninguna iniciativa occidental se verá bloqueada por el veto ruso.

Un poco antes, el 2 de diciembre, la Alta Comisionada de la ONU de Derechos Humanos, Navi Pillay, había empleado el término “guerra civil” para definir la situación en Siria. De esto se deduce que el conflicto armado consta de, al menos, dos ejes políticos. Por un lado, el Consejo Nacional Sirio y el Ejército Libre de Siria, y, por otro, el régimen de Bachar el Asad.

La suma de un apreciable número de complejas razones ha impulsado la transformación de la revolución democrática hacia una recién etiquetada “guerra civil”. En primer lugar, se sitúa la lucha de un pueblo harto contra un régimen despótico y abusivo, pero también influye la difícil coyuntura tribal y confesional. Siria es un país mayoritariamente de confesión suní -ochenta por ciento-, sin embargo, El Asad pertenece a la tribu alauita, cuya confesión es una mezcla de sunismo y chiísmo que solo representa al quince por ciento de los sirios. Por otro lado, existe un sector de la población que apoya el régimen de El Asad, así como una mayoría silenciosa que teme el radicalismo de la oposición, el ascenso de los islamistas o el caos.

Las fuerzas de oposición han difundido por la Red vídeos durísimos en los que se ponen de manifiesto las brutalidades cometidas por el Gobierno. Por su parte, el régimen ha publicado DVD’s que muestran la agresividad con la que el Ejército Libre ataca a las fuerzas oficiales. ¿Cuál de ellos refleja la realidad? Las autoridades nacionales han cerrado el país a la prensa internacional y las organizaciones pro derechos humanos tienen cortado el acceso, por lo que, sin la existencia de testigos independientes, resulta imposible verificar esas informaciones. Así, los verdaderos anhelos del pueblo -democracia y derechos humanos- se entierran en beneficio de una guerra mediática que lo único que proporciona es una visión maniquea del conflicto.

Afortunadamente, parece que un delgado rayo de luz alumbra con esperanza a la ciudad viva más antigua del mundo. Las presiones de Rusia han impulsado al gobierno sirio a aceptar el plan de pacificación de la Liga Árabe, que permite la entrada de observadores internacionales al país. Por fin se sabrá si “el conflicto está siendo alimentado por fuerzas del extranjero” y si son “grupos extremistas y terroristas mantenidos con dinero y armas del exterior” quienes atizan la inestabilidad en el país, tal y como declaró el embajador de Rusia hace unas semanas. También se podrá comprobar cómo se comporta verdaderamente el Ejército Libre de Siria, si ha apostado por una solución sin violencia o se ha radicalizado.

Siria precisa de libertad de prensa y transparencia informativa para acabar con la corrupción y denunciar la violencia, además de una transición organizada, sin el atajo de un cambio radical. La solución deben encontrarla los sirios de una manera pacífica. Pero si esa solución va a ser impuesta por los poderes fácticos internacionales, atendiendo a sus intereses y no a los derechos, difícilmente se obtendrá un resultado positivo para el pueblo.

                                                                                    Fotografía: Flickr

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