La gracia del balón

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El fútbol está loco. En apenas tres días se pasa del desastre a la renovación. De la perfección a los nervios. El primer ejemplo y el más claro es el Barça. En Liga apenas tuvo que presionar cuatro minutos, como una máquina eso sí, para destrozar a todo un Sevilla que venía a seguir exprimiendo el chollo del Camp Nou, pero en Dinamarca estuvo desconocido. Se volverá a decir que no estaban todos porque Pep dio descanso a Pedro (PR17). Pero, aún así, algo falla, y más aún, lejos de España. Frente a los andaluces todo era presión y robo. La calidad se presupone a la vez que se manifiesta y los goles en esas circunstancias caerían antes o después. Pero en Champions, y más fuera de Barcelona, todo cambia. Parecen cansados e incluso agarrotados. Probablemente, fatiga mental, no física, pero un limitante al fin y al cabo. Algo no funciona y habrá que examinar al enfermo detenidamente.

En cuanto al Madrid, el panorama es parecido aunque con matices. En el juego no hay demasiada variación de un partido a otro: la intensidad y la fluidez son prácticamente las mismas. Pero lo que la suerte le dio en Alicante (dos goles tras rechazo y uno de rebote) se lo quitó en Milán (empate de Inzaghi tras varios fallos absurdos y el segundo en claro fuera de juego). Parece que “Mou” va encontrando la tecla y se ve a un grupo fuerte y con chispa al que todavía le espera algún rival con entereza para saber cómo va el proyecto.

Otro caso curioso es el Valencia. En Liga apenas puso en aprietos al colista, e incluso sólo pudo empatar con un gol en propia puerta frente a diez. No dio la sensación de aquel conjunto líder y firme que daba que hablar al comienzo de la campaña, pero la visita del Rangers y la deuda con su público resultaron en una goleada. Los escoceses sirvieron para que Mestalla aceptara las disculpas de su equipo por el esperpento del fin de semana, y Emery puede respirar tras un mal trago liguero.

Y qué decir del Atlético… Cuarto punto claro de que la regularidad no está a la orden del día. En el caso de los rojiblancos es algo habitual en su historia; cada vez que la afición se sube al carro de los grandes algo extraño ocurre y los humos bajan considerablemente. Este tropezón no sería tan grave si la próxima jornada no fuese el derbi madrileño, pero el caso es que el Bernabéu espera, y un año más se avecina un choque desnivelado tanto en confianza como en moral.

En resumen, los grandes titubean a la espera de conseguir encauzar su rumbo. Mientras tanto, a los espectadores nos toca sufrir a la vez que disfrutar de esto; que si fuera dos más dos, cuatro, no sería tan divertido.


Fuente del texto:
Elaboración propia.

Fuentes de las imágenes:
www.zimbio.com
www.donbalon.com

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