La fragilidad de los animales de cristal

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El Teatre Akadèmia recupera uno de los títulos más emblemáticos de Tennessee Williams, El zoo de vidre. La obra, de contenido autobiográfico, nos retrata a la familia Wingfield, formada por una madre que gobierna la casa, Amanda; una hija retraída y enfermiza, Laura; y un hijo, Tom, con las ambiciones propias de los jóvenes que desean alcanzar el mítico sueño americano de entreguerras. El padre, figura siempre presente, es, en cambio, un ausente en escena, ya que les abandonó años atrás. Williams retrata bien a sus personajes principales y añade, hacia el final, la incursión de un extraño en la familia que romperá el microcosmos en el que vivían hasta entonces.

El montaje que puede verse en la sala barcelonesa es su primera producción propia de esta temporada y tiene en el reparto a parte del equipo artístico del teatro. La dirección corre a cargo de Boris Rotenstein, habitual del Akadèmia, que presenta la obra del dramaturgo sureño a través de su particular lectura. Porque esto es precisamente lo que dota las grandes obras de universalidad: el sinfín de lecturas –y, por ende, de montajes− posibles que permiten. En esta ocasión, pues, Rotenstein nos ofrece una lectura con matices muy marcados y personajes muy definidos, aunque ambos desde una óptica personal. Sorprende, por ejemplo, lo simpática que llega a resultar Amanda, interpretada por Mercè Managuerra, que acapara muchos de los momentos brillantes del montaje, sobre todo en su primera parte. O la aparente confianza con la que acogen la historia de Jim, carente en esta escenificación de la problemática de identidad sexual inherente, por otra parte, en las obras de Williams.

Pero, en un espacio prácticamente vacío −diseño de Paula Miranda, Joan Viscasillas y Alfonso Ferri− y en el que la luz –por Alberto Rodríguez− y la música cobran especial relevancia, el director ruso logra recrear esa “comedia de recuerdos” que el autor libera de cualquier necesidad de convencionalismos o realismos. Rotenstein refuerza, además, este parecer de Williams atribuyéndola a un sueño que él mismo dirige en cada función sentado en una esquina del escenario con una batuta y una campanilla. La puesta en escena, que se divide en dos partes, mejora su ritmo en la segunda, donde los giros dramáticos se suceden y los personajes logran su desarrollo completo, viéndoles todas las caras. O entreviéndoselas, ya que la lateralidad es otra de las apuestas particulares del director, que mantiene a los actores prácticamente de perfil, ligeramente ladeados, en casi todo momento.

Aparte de la ya citada Mercè Managuerra, el elenco lo completan Jordi Robles en el papel de Tom, el narrador, el que recuerda, el que da vida en su cabeza a la historia que el espectador contempla; Jorge Velasco como Jim, un papel más breve pero fundamental para que ocurra el drama; y Alicia Lorente, que hace un trabajo excelente como Laura por la mezcla de timidez, desconcierto e inocencia que transmite.

Los cinco intérpretes defienden la obra de Tennessee Williams en una puesta en escena personal, en la que resalta el trabajo dramatúrgico, interpretativo y, por supuesto, el texto, en traducción catalana de Emili Teixidor. Puede verse aún durante todo el mes de octubre.

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Fuente: Teatre Akadèmia

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