‘La fiebre del heno’: lo extraño hecho norma

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Cuando supe que se iba a reeditar en España La fiebre del heno no pude más que apuntarlo en mi agenda como “lectura urgente”. Se juntaban demasiadas cosas en unas doscientas páginas y una edición impecable marca Impedimenta: ciencia ficción y policiaca —con toques de noir— firmado por el mismísimo Stanislaw Lem. Este último punto ya era sangrante. Que Impedimenta tuviera toda una biblioteca completa del escritor polaco y que no hubiera leído todavía ninguna novela era imperdonable. Espero haberme redimido. De hecho, ya tengo preparado en mi estantería Solaris—sí, la peli de Tarkovsky (1972) se basa en este libro—.

Pero bueno, volvamos al tema que nos ocupa: La fiebre del heno. El título del libro se refiere a una enfermedad que, curiosamente, sufre nuestro protagonista, un astronauta norteamericano retirado que ha sido contratado por una agencia de detectives para resolver el caso de unas misteriosas muertes en un balneario de Nápoles. Por cierto, ¿sabéis qué tenían en común los fallecidos? Venga, pensad un poco que habéis leído suficiente policiaca como para atar cabos.

Sí, habéis adivinado. Todos sufrían este tipo de alergia denominada fiebre del heno. ¿Casualidad? “Venga Esther, no fastidies, nada es casualidad en las novelas policiacas”, escucho por el fondo. Es cierto, es una norma de las historias de detectives. Os prometo que hay un culpable, aunque quizás sea un poco diferente a los típicos asesinos holmesianos.

Venga, hoy me siento generosa. Os voy a dar una bonus track: la forma de morir de los supuesto asesinados tiene una curiosa característica: mueren de la misma forma que vivieron. “El magnífico nadador se ahoga. El alpinista se precipita al vacío. El aficionado a los coches muere en un choque frontal de carreteras”, nos cuenta el narrador.

En fin, creo que ya he captado lo suficiente a los fans de la novela policiaca. ¿Cómo estáis, amantes de la ciencia ficción? ¿Bien? Me alegro. Ya, ya lo sé. No encontráis marca de novum—elemento que desentona en la ficción, pero que tiene una explicación científica—. Tranquilos, a mí me pasó lo mismo. Sin embargo, la descripción de un espacio en Roma llamó mi atención: un aeropuerto que me recordó poderosamente a la Oceanía que Orwell nos describía en 1984 (1949).

El debate entre seguridad y libertad que copa la opinión pública actual hace presencia en las Roma y París de los setenta descritas por Lem en La fiebre del heno. Además, el autor introduce ya el debate lingüístico sobre el término “terrorismo” y la eufemización del horror. Cuando en la novela se nombra el “terrorismo constructivo” no pude más que acordarme de los “daños colaterales”. Se anticipa también el autor a nuestra sociedad, la sociedad de los datos, el gobierno del big data. ¿Cómo no encontrar al culpable de los crímenes con un ordenador que es capaz de cuantificar y memorizar todo? Digamos que los humanos somos “una serie única de sucesos”—sacado textualmente del libro—.

Estos avances científicos y sociales son marcas indiscutibles de ciencia ficción, pero ninguna de ellas es el novum principal. Y vais a tener que descubrirlo vosotros mismos porque es la clave de La fiebre del heno, la solución al enigma de las misteriosas muertes en Nápoles.

Stanislaw Lem rompió con las leyes de la novela policiaca introduciendo un elemento que persigue a las personas que toman baños sulfurosos en Nápoles. Es un elemento que no deja huella, pero que está ahí, que rige nuestras vidas. Y sí, amantes de la ciencia ficción, no es algo fantástico. La ciencia explicó en el siglo pasado este curioso fenómeno.

Así, no hay mejor manera de explicar La fiebre del heno que con una cita extraída de la novela:

“En un mundo en el que hoy ya se antoja banal lo que ayer era extraordinario, y lo que hoy es extremo, mañana será norma”.

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