La Fascinación por el ojo de la cerradura

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La presidenta,  título bajo el que se recogen las memorias de Esperanza Aguirre escritas por Virginia Drake, ha vendido 26.000 ejemplares en sus primeros tres meses en el mercado.  Es el último ejemplo de la larga lista de personajes del organigrama político que han decidido plasmar en un libro, datos de gran interés público como el trabajo al que se dedicaban sus ancestros, o el color de la camisa que llevaban el día que fueron elegidos para este o aquel puesto. Sin duda lo que más sorprende de estas obras es su grosor. Las 620 páginas de La presidenta, contrastan con, por poner un ejemplo, las memorias de Thomas Mann, de apenas 70. Claro que el autor de Los Buddenbrook y Muerte en Venecia no tuvo que lidiar con el bueno de Gallardon ya que de haberlo hecho, estaríamos hablando de un libro que debería venderse por tomos en los quioscos.

Las biografías de Winston Churchill, James Joyce o incluso de George Bush hijo, pueden contener informaciones relevantes para entender mejor la historia, la política internacional, o la creación literaria, si bien, echando un ojo a las listas de ventas, no son más que nimiedades comparado con la trascendencia que tiene el conocer de manera pormenorizada la vida de una mujer que ha llegado nada más y nada menos que a presidenta de la comunidad de Madrid.

Imagínense por un momento que cada personaje político de relevancia dentro del panorama español- no deben bajar de 20 o 30 en estos momentos -, decidiese publicar una biografía de su persona utilizando como gancho, su enemistad con este o aquel compañero de filas. Miles de páginas rociadas de afirmaciones “políticamente incorrectas”- pero comercialmente correctísimas -,  inundarían librerías, quioscos y, quizás con el tiempo, bibliotecas. Hay que reconocer algo: por lo menos dejarían de estar de moda  los libros de auto ayuda.

Julio Cortazar escribió en 1962 un relato corto titulado Fin del mundo del fin. En él, se sitúa en un futuro en el que los escribas se hacen con el mundo: “Cada vez más, los países serán de los escribas y de fábricas de papel y tinta; los escribas de día y las máquinas de noche para publicar el trabajo de los escribas”. Si bien es descabellado tomarse al pie de la letra el sarcástico relato del argentino, una cosa comienza a ser cierta: algunas librerías son cada vez más, prolongaciones de los programas televisivos del corazón. Padecen el “síndrome antena 3”.  Quizás exagere, pero en estas cosas, siempre he preferido pasarme a quedarme corto.

Heinrich Böll, trataba en su obra maestra El honor perdido de Katharina Blum el interés público que suscita toda violación de la intimidad de las personas. En la novela, Katharina es una joven a la que se culpa de haber encubierto a un delincuente perseguido por la ley. La prensa moviliza a la opinión pública en su contra publicando toda una serie de artículos manipulados que desvelan su tormentosa intimidad. Y es que como dice Antonio Tabucchi en su reciente ensayo Autobiografías ajenas:  La literatura siempre será un espejo en el que reconocerte, si te buscas o, sobre todo, sino té queda otra salida”.

Casi nadie intenta hallar una interpretación con el sujeto de la biografía- en este caso, Esperanza Aguirre -. Si tratan de encontrar, sin embargo, una puerta con la que  penetrar impunemente en la intimidad ajena. Y esta puerta, ha de ser lo más estrecha posible, si se trata del ojo de una cerradura mejor. En nadie suscita un ánimo morboso las pormenorizadas descripciones que, por ejemplo, hace Henry Miller de sus coitos con las prostitutas de la calle Clichy. El cotilleo debe estar siempre rodeado de una aire de confidencialidad, ya que de no ser así, deja de ejercer ese poder cautivador que sin duda posee. En La presidenta, el sin fin de anécdotas que se describen, trazan una mirilla muy estrecha a través de la cual aparece y desaparece la polémica con la soltura de una femme fatale escondiendo su cuerpo desnudo bajo un suave manto de terciopelo.

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