La enfermedad literaria

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Se sentía enfermo. Todos pensarán que eso es imposible, porque los libros no tienen órganos que se colapsen, sentimientos o fluidos corporales que provoquen enfermedades. Pero las evidencias parecían contradecir esa idea. Desde su nacimiento había sido predestinado. Era un libro mediocre que contaba una historia que había ocurrido realmente. Un relato que parecía creíble y muy documentado. Mitad ficción, mitad historia real. Así lo había presentado su autora al público. 
A los pocos meses, postrado en la estantería, comenzó a notar algunos síntomas que pronosticaban la enfermedad más terrible de las letras: el olvido. El tema estaba muy de moda, y ese quizá había sido el principal problema. En lugar de centrarse en una historia original y suya, la escritora se había dejado llevar por las modas. La había pifiado, literariamente hablando. El resultado fue un organismo enfermizo que se asfixiaba cuando las cosas se pusieron feas. Cosa que ocurrió a los pocos meses. De su asiento preferente en las vitrinas y estanterías pasó a un lugar secundario. Después fue llevado a otro lugar aún más apartado. Más tarde fue a parar a uno de los montones que había apilados en el almacén, a la espera de ser devuelto a la editorial por haber perdido salida al mercado.

Las críticas fueron muy positivas. Había recibido reconocimiento y expectación, pero con el tiempo aparecieron dolencias y patologías extrañas. Había cosas que no estaban claras. El capítulo tercero no tenía sentido, y el quinto no se sabía para qué estaba. Tenía doscientas cincuenta páginas, pero sabía que algo no funcionaba en cincuenta de ellas. Eso hacía que el total no funcionase bien. Sabía que cojeaba, y era irreversible. Las buenas críticas iniciales, las grandes expectativas, habían sido una mentira.

Su creadora estaba contenta con la fama, sin pararse a pensar en el verdadero valor de su obra, salvo para realizar reflexiones frívolas durante las numerosas entrevistas que concedió a los medios. Sin embargo, estaba claro que era un espejismo literario, el libro era lo de menos.

A medida que pasaba el tiempo los síntomas se manifestaban en lugares diferentes. Su hipocondría empezaba a enrabietarse, manifestando dolencias donde antes no había. Su mal congénito eran el capítulo tercero y cuarto, que hacían inverosímil toda la historia. Pero ya veía cosas raras en el titulo, el capítulo dos… hasta en el epílogo. Nada parecía cuadrar.

Pasaron los días, las semanas y los meses. La historia comenzaba a marchitarse. La hipocondría se había transformado en certeza. El nacimiento de un nuevo libro, de un autor joven y mediático hizo el resto. Era sobre el mismo tema, y estaba, según la crítica, mucho mejor planteado. Supo entonces que no volvería a sentir las manos de un lector sobre sus lomos. El cálido arrope para el que había nacido.

Fuente de las imágenes:
Alberto Amor Jiménez.

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