La encrucijada libia

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Las revoluciones democráticas en el norte de África y Oriente Medio trascienden, con mucho, lo acontecido particularmente en el interior de cada país. La geopolítica mundial sufre un vuelco ahora como lo sufrió hace dos décadas con la caída del Muro de Berlín, más aún si tenemos en cuenta que se están produciendo en lo que Ignacio Ramonet denomina “el arco perturbador” del planeta, es decir, la franja territorial que comprende desde Pakistán al Sahara Occidental. Si bien la situación ya era excepcional con el estallido de Túnez primero y Egipto después, el salto cualitativo se produce cuando el 15 de febrero las protestas sociales se contagiaron a Libia ya que, junto a Siria y Argelia, forman la triada de los considerados socialismos árabes. Además, el coronel Gadafi respondió con fuego real valiéndose de sus Fuerzas Armadas a unas manifestaciones que pedían de forma pacífica un cambio político en el país. Ello supuso una expresión de la fuerza de un régimen que, como dice el Human Rights Watch del año 2008, practica “los continuos arrestos y encarcelamientos de prisioneros políticos, algunos de ellos ‘desaparecidos’; la tortura de los detenidos; la ausencia de una prensa libre; la prohibición de organizaciones independientes y la violación de los derechos de mujeres y extranjeros”. Pero no se engañen, Libia también es un caso excepcional porque servicios básicos como la educación o la sanidad son públicos, además de tener una de las renta per cápita más altas de todo el Magreb. Sin embargo, cuarenta y dos años en el poder se antojan demasiados para una población de apenas seis millones de personas dividida en tribus, que se ha visto influenciada por los medios de comunicación –especialmente por las redes sociales y el canal Al-Jazeera, encargada de mostrar puntualmente las imágenes de la brutalidad contra los manifestantes- y por el contagio que conlleva estar geográficamente situada entre los dos países que se levantaron primero.

Sea como fuere, la inquina de Gadafi se fue acrecentando hasta el punto que a los “rebeldes” no les quedó más remedio que solicitar ayuda internacional al verse en clara desventaja logística y militar frente a su gobernador. Fue en ese momento cuando el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó el 17 de marzo la resolución 1973, decretando la exclusión aérea en una zona de Libia, formalmente, con el objetivo de proteger a la población civil que estaba siendo atacada. Esta decisión ha despertado varios debates, en parte por el agravio comparativo que supone intervenir en Libia y no en otras regiones donde se están cometiendo injusticias semejantes (en Bahrein o en Yemen, por ejemplo), y en parte por el comportamiento de las potencias que han encabezado dicha intervención. En los últimos años tanto Francia, como Reino Unido, Estados Unidos, España y otros países comunitarios enviaron ingentes cantidades de armamento al régimen libio de Gadafi o bien financiaron el entrenamiento de parte de su ejército. Por semejante actitud y teniendo en cuenta que el 85% de las exportaciones petroleras libias tienen a Europa como destino, resulta cuanto menos sospechoso que la intervención internacional apoye a unos rebeldes que, a medida que avanzan por la costa del país, van controlando los principales enclaves de exportación del crudo.

El último gran debate gira en torno a la oposición entre el principio de no injerencia en asuntos internos y la responsabilidad de proteger. Desde que se firmara la Paz de Westfalia en 1648 las relaciones internacionales entre Estados han venido pautadas por el primero, sin embargo, desde la caída del Muro de Berlín este precepto de soberanía ha venido perdiendo terreno a favor del “deber de asistencia”, en cuyo nombre, por cierto, se han producido lamentables sucesos en Kosovo, Somalia, Bosnia o Irak arguyendo en cada uno de estos casos un motivo inexcusable de intervención. En Libia, como ya hemos explicado, la salvaguardia de los civiles es la fachada justificatoria, que además viene legalizada por la ONU.

No obstante, el debate sigue en el aire, y seguramente lo siga estando hasta que el tiempo dé la razón a los que apoyan la construcción de un régimen democrático sustentado en una intervención militar extranjera o se la dé a los que consideran que, aunque se consiga tan respetable objetivo, la coalición internacional encargada de la intervención carecía de credibilidad por sus dudosos intereses.

Fuentes del texto
http://www.oasiscenter.eu/it/node/6782
http://www.monde-diplomatique.es/?url=editorial/0000856412872168186811102294251000/editorial/?articulo=e684c57b-e238-480d-b7f7-bcea31a481b9
http://www.diagonalperiodico.net/La-OTAN-se-inventa-otra-guerra-por.html
http://elcomentario.tv/reggio/la-onu-y-libia-un-punto-de-vista-de-pere-vilanova-en-publico/26/03/2011/
http://www.vientosur.info/articulosweb/noticia/index.php?x=3805
http://www.cidob.org/es/publicacions/opinio/seguridad_y_politica_mundial/porque_libia_no_es_irak_para_espana_la_responsabilidad_de_proteger
Fuentes de imagen:
Manu Brabo (Diagonal)

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