La democracia en los tiempos del Islam moderado

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El PJD consigue la mayoría relativa en las primeras elecciones en Marruecos tras la reforma constitucional de junio. Su líder se verá obligado a pactar con socialistas o nacionalistas, las otras dos fuerzas más votadas. Destaca la baja participación de los ciudadanos en estos comicios.

Si algo dejan claro estas elecciones, es que ni el tímido conato democrático que supuso la reforma constitucional de junio, ha podido con el profundo desencanto que años de monarquía cuasi absolutista han grabado a fuego en las calles de ciudades como Rabat y Casablanca.

Así que, sí, hubo elecciones. Y sí, ganó el partido islamista. Pero un 45% de participación, si tenemos en cuenta los ocho millones de marroquíes que no están censados, no es respaldo suficiente para hablar de una democracia no entrecomillada.

La única nota discordante en la farsa de las últimas legislativas ha sido la victoria islamista. Por primera vez en la historia el partido nacionalista, tradicionalmente asociado con la casa real, no ha obtenido la mayoría. Este resultado no significa que el monarca pierda el control sobre el  ejecutivo; las reformas de junio ni siquiera se plantearon llegar tan lejos, apenas sí fueron un ligero guiño cómplice a los movimientos revolucionarios del 20 de febrero. Mohamed VI no parece seducido por la idea de la soberanía popular y, a pesar de las vehementes protestas de los jóvenes, parece decidido a continuar con la tradición familiar y perpetuarse en el poder como ya haría su padre, Hasan II.

¿Qué supone la victoria del PJD? Un mandatario conservador con un currículum bastante completo, militancia en banda terrorista incluida. Pero no juzguemos al ilustre líder por posibles errores de juventud, remitámonos a hechos más recientes.

Supongamos que estamos en una calurosa sesión de la Cámara Baja, allá por el 2001 y supongamos también, por el placer de crear pintorescos escenarios, que una joven cámara de televisión que cubre el evento viste ceñidos tejanos. Suponga por último, sufrido lector, que es usted un respetable e instruido miembro de la mencionada cámara, ¿cómo reaccionaría ante semejante desvergüenza? El ya presidente de uno de los países más importantes del Magreb lo tiene claro, su reacción no fue otra sino exhortar a la joven (“¡Vístete!”), en salvaguarda de su buena salud espiritual, por supuesto. No reparemos en el hecho de que a la muchacha podría haberle importado bien poco su salud espiritual y algo más, en cambio, su dignidad y su derecho a vestir como las satánicas modas occidentales dicten. Y detengámonos, por el contrario, en el altruismo moral del respetable señor Abdelila Benkiran.

Marruecos es un país de contrastes, pero moderno en lo esencial si lo comparamos con el resto de países de la zona, pues hasta la fecha se había librado de ser gobernado bajo la sharia, esa ley tan del gusto de fanáticos a lo largo y ancho de todo el Islam. Sin embargo, es hora de preguntarse si Benkiran, el ex terrorista, el presidente, el redentor de las jovencitas ligeras de cascos, no se sentirá tentado a sumergir a su país en las mieles del oscurantismo medieval por el que tantos islamistas, tan moderados como el que más, abogan en beneficio de las almas de sus conciudadanos. No debemos acusar la condescendencia de estos mandatarios, pues, como en su día nos advirtió Voltaire, “Cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro, la enfermedad es casi incurable”.

Entre patriarcas sin otoño y líderes como Benkiran se debate la tragicómica política del vecino Marruecos, alejada del oxígeno y la honradez que los jóvenes exigen a gritos bajo la mirada de unos mayores que han perdido la capacidad de creer en un país mejor. Un país en el que los gobernantes elegidos por el pueblo se limiten a cuidar de los intereses públicos y dejen los asuntos de conciencia a la humilde gestión de cada individuo con sus fallos y sus aciertos.

Fotografía: Ibon San Martín.

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