Roberto Cacho (Flickr)
Roberto Cacho (Flickr)

22, 23, 24, 25… Los años van pasando y vas cumpliendo y soplando cada vez más velas como quien no quiere la cosa. Has pasado la veintena y te precipitas sin sujeción hacia la década de los treinta.

Se acaba la universidad, empieza las obligaciones laborales y cuando te das cuenta las primeras patas de gallo se asoman tímidamente en el rabillo de tus jóvenes ojos. Los veintipico son complicados, pero una buena época que tienes que vivir como si nunca fuese a volver, porque nunca volverá. Nunca volverás a ser tan joven, ni tan mayor a la vez.

Nuevas responsabilidad, más madurez pero también las primeras percepciones de que el tiempo pasa y rápido, más de lo que te imaginas. Ya no somos los pequeños de la casa, nos hemos convertido en hombres y mujeres hechos y derechos. A nuestro alrededor nuestra familia envejece sin darnos cuenta, hasta que un día la vida te lo demuestra de golpe y sin avisar.

Y llegará ese temido instante en el que un inocente niño por la calle te llame señor o señora, ya no hay vuelta atrás, asume que te estás haciendo mayor, el cuarto de siglo está a la vuelta de la esquina.

A los veinteañeros de 2014 nos ha tocado una época difícil de vivir. Las cifras del paro juvenil nunca han sido tan altas como en la actualidad y el futuro tampoco es del todo alentador. Sin embargo tenemos en nuestro haber uno de los bienes más preciados de la sociedad: juventud. Somos jóvenes con toda una vida por delante, inmersos en la crisis del primer cuarto de siglo, pero con ganas de comernos el mundo de un bocado. Tenemos que aprovechar nuestra condición, tenemos que explotar nuestras ganas de vivir y salir adelante.

Una vez alguien me dijo que la mejor época de tu vida era la que tenías justo delante de tus ojos. Tenemos que aprender a disfrutar de nuestro de día a día, de nuestros nuevos roles. Tenemos que aprender a recordar con ternura los años pasados y a ansiar todo lo que está por llegar. Tenemos que disfrutar de los 20, de los, 21, de los 22, de los 23 y de los que nos echen.

Disfrutemos de los veintitantos, de nuestra juventud tardía y de nuestra adultez precoz, porque asúmelo, te estás haciendo mayor y no hay forma de evitarlo.

Imagen de Roberto Cacho (Flickr)

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