“La cigarra del octavo día”, de Mitsuyo Kakuta

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img_20140924_2244401Dejo una cuestión en el aire, mis queridos lectores: ¿garantiza un best-seller ser buena literatura? Mitsuyo Kakuta es una autora muy cotizada en su país. Sus novelas, cuentos y ensayos han gozado de éxito; ha obtenido preciados galardones literarios. La mirada literaria de la autora japonesa, quizás la garantía de su éxito, se centra en cuestiones cotidianas que tienden a elevarse a temáticas universales. La problemática de la vida en la ciudad, el abuso laboral, la incomunicación entre los padres y los hijos, el poder que ejercen las sectas sobre individuos desorientados, el interés por la ecología… son sólo algunos ejemplos que pululan dentro del corpus general de La cigarra del octavo día (Galaxia Gutenberg), con la intencionalidad de explorar aspectos sociales que habitan dentro de la sociedad japonesa de nuestros días, tras una idea de abarcarlo todo imponiendo si es preciso los escenarios y lo que ocurre en éstos de forma forzada. Los personajes son estereotipos, funcionan como tal, la presentación de los mismos nos es ajena, su desarrollo psicológico así como sus motivaciones no termina de interesarnos -quizás el de esas dos mujeres, Kiwako y Koaru, sea una posible excepción: estos personajes protagonistas están mínimamente trabajados, quizás subsiste cierta idea de desorientación y sufrimiento para explicarnos posibles motivaciones, pero mi escepticismo lo impide-.

La trama apela a las emociones primarias. Su lenguaje es directo, existe cierta querencia por lo visual. El lector ha de debatirse entre la empatía que despierta la protagonista, Kiwako, y el reconocimiento de sus acciones. Kiwako tiene una justificación para hacer lo que hace, sin embargo no es moralmente aceptable. Este melodrama predecible se divide claramente en dos partes. La primera narrada desde el punto de vista de Kiwako; abarca tres años, desde 1985 a 1988. Se narra en forma de diario el robo de un bebé y la desesperada huida de la protagonista por diversos lugares de Japón, hasta que finalmente es detenida. Desde ese yo personaje, Kiwako trata de transmitirnos su problemática, la angustia que sufre por si es encontrada, las contradicciones morales de sus actos y el profundo amor que siente hacia el bebé robado, Koaru. El relato se tensiona forzadamente, su resolución resulta previsible. La credibilidad del relato y su desarrollo se resiente, no resulta veraz, quizás sea el propio artificio narrativo elegido una mala elección.

La segunda parte da voz a Koaru, la niña que fue robada y que hoy es una joven independiente. Lleva la carga de lo que significó ser educada en los primeros años de la infancia por una mujer extraña y plasma cómo al regresar a su hogar natural, tras la liberación, nunca lo reconoció como suyo. Gracias a estos dos puntos de vista se intenta complementar los posibles vacíos que deja cada una de las narraciones –la memoria, para evocarla,  necesita completarse de varias memorias-. El lector, sin embargo, se desentiende desde hace tiempo, pues no es capaz de percibir la incertidumbre del desenlace: lo previsible viene a ser una constante.

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