La caza del Iratxo

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– ¡Iratxo bonito! ¡Ven con la mamá!- exclamó entre dientes una delgada y bajita erunesa de mediana edad mientras que sacaba brillo a su flauta de tres agujeros.
Acto seguido, se la llevó a los labios extremadamente rojos y dejó escuchar una melodía de tan sólo seis notas. Se apartó el instrumento de la boca, vio que no obtenía ningún resultado y repitió la cadencia. Nada. Ni un movimiento entre las altas hierbas de la amplia pradera en que se encontraba.

– ¡Hoy no es un buen día para cazar a esos estúpidos duendes!- refunfuñó.- Ni con la flauta me hacen caso… ¡En fin, tendré que llamar a los perros!

Se llevó las manos a un medallón redondo que colgaba de su cuello y realizó un movimiento similar al cierre de un candado. Luego emitió un fuerte silbido y al momento se reunieron con ella un esbelto dálmata y un afable labrador que se dedicaron a saludarla jadeando. Casi la tiran por la diferencia de peso entre ellos.

– ¡Hola, hola babosos!- comentó riendo mientras le lamían la cara.- ¡Que me empapáis! ¡Parad!

Al final, algo fatigada por el recibimiento la erunesa pudo quitarse a ambos canes de encima con una orden precisa:

– ¡Sentaos!- Los perros obedecieron al momento.- ¡Muy bien! ¡Buenos chicos! ¡Quietos! No me traéis ningún Iratxo ¿verdad?- Se fijó en que ninguno de los animales portaba genio alguno entre sus dientes y movió la cabeza de un lado para otro.- ¡Menos mal que he cerrado el Lauburu! ¡Uf! Creo que lo mejor es que volvamos a casa…

La erunesa marchó lentamente hacia su granja mientras tarareaba una melodía típica. Los perros iban a su lado sin quitarla ojo de encima… hasta que olisquearon algo y fueron corriendo hacia ello. Su dueña los persiguió. Sonreía pícaramente pensando que quizá habían encontrado algún rastro de Iratxos. Al final, los animales frenaron en seco y se quedaron expectantes ante aquello que habían localizado. La erunesa apartó las altas hierbas, de longitud similar a la suya propia, y descubrió a un joven desmayado en el suelo. No era otro sino Ícaro, el hijo de la dama Virginia.

– ¡Pues vaya suerte la mía!- se quejó- No me extraña que no pase ningún Iratxo por aquí si hay un turista dormilón.- Tocó a Ícaro con la flauta.- ¡Eh tú! ¡Que esto es zona reservada! ¡Despierta ricitos oscuros!

No recibió respuesta así que decidió llamar a sus perros con intención de marcharse y dejar al muchacho allí tirado. Pero los animales no la hicieron caso por primera vez y se quedaron mirando a Ícaro.

– ¿Se puede saber qué os pasa, monstruitos? La mamá os está diciendo que vengáis.

Observó que los animales estaban mirando algo en concreto y se arrodilló para ver qué era. Ícaro tenía colgado en su cuello un medallón redondo con un dibujo exactamente igual que el suyo.

– ¡Vaya! ¡Un medallón de Lauburu! ¿Estáis pensando lo mismo que yo? Vamos a ver qué Iratxo tiene este chico ahí…

Cogió con cuidado el Lauburu del joven e intentó abrirlo pero comprobó decepcionada que el medallón no tenía nada dentro. Sin embargo, por sus tejemanejes, había conseguido que el Ícaro se despertara.

Él se quedó mirando los rasgos de la erunesa: su rostro ovalado de rasgos pícaros: ojos negros, nariz sobresaliente, pómulos rosaditos y boca encarnada; sus desordenados cabellos lacios y rubios que le caían por la frente, y su cuerpecito pequeño y delgado.

En seguida cayó en la cuenta de que la desconocida tenía su medallón entre las manos y al creer que se lo estaba intentando robar, lo cogió con rabia.

– ¡Eh! ¡Que esto es un recuerdo de familia! ¿Qué quieres?
– ¿Tu medallón de Lauburu es un recuerdo de familia?- respondió la erunesa, sonriente.
– Mi ¿qué?
– Medallón de Lauburu. ¿No me digas que no sabes qué es un medallón de Lauburu?
– Pues no… – al principio, Ícaro se mostró confiado pero en seguida cambió su tono a uno más antipático.- Sólo sé que me lo regaló mi madre cuando era un niño y no creo que te importe.
– Fíjate en el dibujo de tu medallón. ¿Ves esas ondas curvadas apuntando a las cuatro direcciones?
– Yo veo dos eses, una echada y otra no, que se entrecruzan como si fueran olas sin que la cresta de una toque a la de la otra- respondió el muchacho al mismo tiempo que miraba fijamente su medallón.- ¿Es eso?
– Bueno… pueden parecer olas… yo más bien las asemejo a corrientes de aire… Ese símbolo se llama Lauburu.
– Gracias por la información. Siempre es bueno saber una cosa más. Ahora, si no te importa, suelta mi medallón que tengo cosas que hacer. Buenos días.
– ¡Uy que modales! Está bien, vete si quieres. Aunque con el Lauburu en el cuello mis niños no te van a dejar marchar así como así…- señaló a sus perros.
– ¿A qué viene la rabieta con mi medallón? Tiene un “laboro” de esos como se llame, muy bien ¿y qué?
– Se dice Lauburu- respondió riendo la erunesa.- ¿No ves cómo el dibujo está en relieve sobre el círculo del medallón?
– ¿Y?
– Coge los extremos de lo que tú llamas crestas de la ola con los dedos y gíralos hacia la derecha hasta que escuches un “clic-cloc”.

Ícaro hizo lo que la erunesa le ordenada y comprobó sorprendido que el dibujo se desplazaba sobre sí mismo dejando al descubierto una abertura con un espacio muy pequeño dentro del medallón.

– ¿Qué es esto? ¿Una llave?- preguntó curioso.
– No exactamente. Para simplificar, te diré que es una cajita para guardar cierto tipo de cosas muy especiales. Pero como tú tienes tanta prisa supongo que no tendrás tiempo de escuchar qué son exactamente las cosas que guarda ¿verdad, ricitos?

Ícaro resopló al darse cuenta de que no tenía escapatoria y se llevó las esqueléticas y pálidas manos a sus negros cabellos ensortijados.

– Está bien. Me quedaré aquí si me dices qué guarda el Lauburu.
– Iratxos.
– Iratxos. Muy bien. Y ahora supongo que me dirás qué es un Iratxo porque no tengo ni idea.
– Son duendes portadores de las esencias elementales de la naturaleza: el fuego, el hielo, el agua, la madera… esas cosas. ¿No lo sabías?
– Es la primera vez que oigo hablar de los Iratxos esos.
– Perdona la indiscreción pero ¿tu madre es pagana?
– Querrás decir si mi madre era pagana- respondió Ícaro amargamente.
– ¡Uy! ¡Lo siento!- El rostro de la erunesa se puso colorado por la vergüenza.- Discúlpame, hijo, no tenía ni idea. Ahora comprendo por qué no quieres deshacerte del medallón. Es todo tuyo. Pero, de todos modos, creo que deberías saber la auténtica función de los medallones de Lauburu.
– Mi madre era cristiana, si te sirve de algo saberlo. De hecho, yo diría que era una persona muy devota…
– ¡Qué raro! Una cristiana con un medallón de Lauburu… ¡Y yo que pensaba que nos querían aplastar las tradiciones! Aunque quizá era una conversa y sí que sabía cazar Iratxos…
– Ya me contarás qué tiene que ver ahora la religión de mi madre con los Iratxos esos, el Lauburu y todo lo demás. Me estoy armando un jaleo tremendo en la cabeza.
– Verás. Los Iratxos viven en libertad por toda Erunia y algunas zonas limítrofes de Jetruvia. Se mueven tan deprisa que la mayor parte de la gente no los ve y por eso no creen en ellos. Pero los paganos sabemos que existen y nos aprovechamos de sus poderes para facilitarnos la vida. ¿Quieres saber cómo?
– Estoy como loco por conocerlo aunque sea por terminar esta conversación.
– Los medallones de Lauburu abiertos capturan a los Iratxos. Ese espacio pequeñito que has visto al girar el dibujo ejerce una poderosa atracción muy parecida a la de los imanes con los objetos metálicos. Dependiendo de la capacidad del medallón que poseas, podrás cazar más o menos Iratxos en cada una de las olitas. En el mí, en concreto, cada una de las olitas puede guardar dos Iratxos.
– ¡Pues sí que son pequeños los Iratxos! Para caber ahí dentro deben de ser minúsculos…
– No te creas que tanto. Suelen tener la talla de un niño de unos diez años. Lo que ocurre es que como son esencia de los elementos, se pueden volatilizar muy fácilmente y adaptarse a los tamaños de las cosas materiales.
– ¿Y de qué me sirve a mí tener un Iratxo?
– Pues, si son representaciones de elementos, pues tendrás el poder del fuego, el del hielo, el del agua o el del elemento de que sea esencia el Iratxo que hayas cazado. Y con su ayuda puedes cocinar, asearte o enfrentarte a enemigos que se te pongan por delante. Todo es muy básico.
– Estupendo. Entonces sí que son útiles.
– Por supuesto que sí.
– Y si veo un Iratxo de esos, basta con que abra mi medallón de Lauburu y le deje entrar dentro para que sea mío ¿verdad?
– No. En absoluto. Los Iratxos no quieren ser atrapados e intentan fugarse constantemente así que, para encerrarlos, hay que volver a cerrar el Lauburu con un movimiento inverso al que te he enseñado. Y hay que hacerlo muy rápido porque si no se te escapan. De hecho, puedes gastar toda una tarde intentando cazar Iratxos que, como no estés lo suficientemente alerta, se te irán todos.
– ¡Pues vaya una decepción!
– Todo es cuestión de práctica. ¡Ah! ¡Por cierto! Para valerte del poder del Iratxo hay que abrir de nuevo el medallón, así que, como comprenderás, sólo se puede usar una única vez, porque en cuanto mueves el Lauburu, se marcha el que encuentre el sitio libre y si lo quieres tener de nuevo, deberás volver a cazarlo.
– ¿Y para eso tanto trajín?
– Te digo yo que la recompensa merece la pena. Te lo enseñaría pero estoy muy falta de Iratxos como para que encima los malgaste tontamente. De todos modos, sé razonable: si los Iratxos no sirvieran para nada, no estaríamos los paganos de Erunia gastando horas y horas en cazarlos ¿verdad?
– Es lógico…
– Bueno, ahora que lo sabes, procura valerte de ello.

La erunesa fue a marcharse acompañada de sus perros pero Ícaro la persiguió.

– ¿No tenías tanta prisa?- preguntó ella, esbozando una media sonrisa confusa.
– La verdad es que no tengo a dónde ir. La verdad es que lo que me ocurre es que me siento mal y simplemente pretendía espantarte y quedarme solo- respondió el joven avergonzado.- Pero me ha impresionado lo que me has contado. Hasta me has quitado parte del bajón. Me gustaría atrapar a un Iratxo por mí mismo. ¿Me enseñarías?
– Mis perros deben estar agotados de andar todo el día de aquí para allá y no te creas que yo estoy mejor.
– Por favor…
– Está bien… ¿Sabes que en el fondo eres un embaucador? Ven a mi granja y allí pasarás la noche. Mañana me ocuparé de enseñarte a cazar un Iratxo.
– ¿Puedo preguntarte el nombre? Llevamos mucho tiempo hablando y aún no lo conozco.
– Me llamo Izaskun. Y dicen que en toda Erunia sólo hay diez que se me parezcan un mínimo.
– Más bien diría que ninguna…
– ¡Qué gracioso eres! Anda vamos a casa antes de que me arrepienta…

Tomaron un camino aparentemente alegre, debido a las coloridas y altas hierbas de la vasta pradera, pero muy incómodo de atravesar. Debían de apartar las erguidas hojas de las plantas con las manos y el suelo resultaba tremendamente duro y lleno de pequeños guijarros que se introducían entre las plantas de los pies y las sandalias de ambos. Ícaro se sentía cada vez más agotado pero se aguantó para no resultar más maleducado de lo que ya había dejado ver y por un cierto grado de vergüenza, ya que Izaskun parecía bastante más mayor que él pero, aún así, resultaba mucho más ágil.

Finalmente, tras un largo y recto recorrido entre las hierbas, desembocaron en un extraño claro desde el cual podían contemplarse los altos picos de unas montañas oscuras y muy lejanas bajo un cielo crepuscular que mezclaba los tonos azulados, verdosos y rojos.

Izaskun guió a Ícaro por dicho claro hasta que el muchacho vislumbró un torpe caserón de piedra negra con techo de paja amarronada que aparecía ligeramente torcido en el camino, como si su hipotético constructor hubiera perdido el eje de inclinación natural. A su alrededor aparecían algunas tierras cultivadas de color amarillo fuerte, en las que gobernaban unos delgados y horrorosos espantapájaros ataviados con ropas negras, y pegada a su izquierda se veía otra construcción pequeña de adobe con aberturas circulares simulando ventanas.

– ¡Hemos llegado!- exclamó Izaskun resoplando.- Esta es mi etxea. ¿Te gusta?
– Tu ¿qué?- respondió Ícaro.
– Mi casa, perdona que se me escapa el idioma. ¿No hablas euskera?
– Bueno, lo chapurreo pero como en cada parte del reino es diferente… me lío con las pronunciaciones y las declinaciones. En cambio, la que lo dominaba perfectamente era…
– ¡No me lo digas! Tu madre ¿verdad?
– La verdad es que dominaba todas las lenguas habladas y escritas, desde la cristiana latina, propia de Jetruvia, hasta la céltica del norte de Rosespina.
– ¿Sabía gaélico? ¡Que bueno! Es una lástima que no pueda hablar con ella… ¡Estoy segura de que seríamos grandes amigas! Bueno, no pasa nada. Tampoco te voy a recriminar que no sepas hablar el idioma si nos podemos entender de otra manera aunque preferiría que lo que sabes no lo olvidaras. ¿Sabes que nuestra lengua sólo la conocemos nosotros?
– Yo pensaba que era una derivación del gaélico…
– ¡Qué dices! No, no, no… ¡Qué lío tienes! ¿Es eso lo que te enseñó tu madre? Nuestra lengua es anterior a los confines mismos del mundo. Nos la enseñaron las corrientes, que, a su vez, transcribían los mensajes de nuestra diosa madre, Mari. Precisamente, mi profesión aún me hace traducir lo que nos comunican dichas corrientes: soy sorgina, es decir, traductora de Mari.
– ¡Qué curioso! Mi madre era escriba… es algo parecido. Se trata de traducir los mensajes de otros idiomas al nuestro. Por eso dominaba tantos. De todos modos, ¿por qué dicen que sois tan parecidos a los celtas? Incluso el Lauburu me recuerda a su Tetrasquel…
– Los celtas lo que han hecho es derivar su lengua de la nuestra ¡y no al revés! Todo proviene de la diosa madre Mari.
– ¿La madre Mari? No la conozco… ¿es la madre de Cristo?
– ¿Quién? Bueno supongo que será la madre del Cristo ese que me comentas ¡porque es la madre de todos! Los griegos la conocen como Gea, los romanos como Cibeles… ¡Pero su nombre original es Mari! ¡Ella es el origen de todo! ¿Lo entiendes?
– Comprendo… pero entiende tú que no lo comparta
– ¿Y por qué no iba a hacerlo? Tú debes ser cristiano, como tu madre. Somos distintos, de acuerdo ¿y? Yo no te voy a atacar por eso. No soy de esos…

Izaskun se dio cuenta de que Ícaro se había quedado parado frente a los edificios sin mover prácticamente un músculo mientras hablaban.

– ¿Qué te pasa? ¿Te da vergüenza entrar? Si quieres puedes ir adelantándote hacia el edificio grande. No te preocupes que no hay puerta, sólo una cortina. Yo voy a resguardar a los perros. ¡Nenes! ¡Al corral!

Los dos hermosos canes salieron corriendo hacia el segundo edificio más pequeño, el de adobe, en cuanto Izaskun terminó de pronunciar la última sílaba. Ícaro no podía explicarse cómo aquellos animales eran capaces de comprender de una manera tan precisa a su dueña pero procuró callárselo. Ya bastante extraña le parecía la casa como para además recriminar cualquier otro motivo a Izaskun. Simplemente hizo caso de la mujer y se dirigió hacia el interior de la construcción de piedra…

La aventura continúa en © La verdad de Jetruvia

Los hechos, personajes y localizaciones del relato son meramente ficticios y no tienen ninguna connotación política o excluyente. Simplemente tomé una de las tradiciones mitológicas más ricas para inspirarme y, desde luego, lo hago desde la admiración de la identidad, jamás desde el insulto.

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