La "carcundia" ataca de nuevo

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Estos días se representa en el teatro Bellas Artes de Madrid un montaje espléndido, titulado “Noviembre”, que narra la histeria de un presidente de EE UU en vísperas de jugarse su reelección. Todas las encuestas le dan como perdedor, pero su obsesión por conservar el poder es tal que se muestra en actitud camaleónica, capaz de hacer lo que sea y de entenderse con quién sea para seguir en su poltrona. El texto de David Mamet es un alegato ácido y feroz en contra de la ambición desmedida por mandar. La acción se centra en la Casa Blanca, pero podría trasladarse a nuestro entorno. Esto explica que, en aras de un instinto de poder, se esté produciendo en España una oleada reaccionaria que parecía desfasada. La ‘carcundia’ ataca de nuevo. Lo escribe Juan José Millás: “Cuando la gente se queda sola, las sectas avanzan, las hermandades crecen, la oscuridad progresa”. Se refiere a la Iglesia, pero la sombra de lo retrógrado es alargada. La ‘carcundia’ está también en los políticos que añaden sordina a los grandes debates con declaraciones salidas de tono. Está en los medios de comunicación que jalean a los extremistas y tiran con bala en lo personal. Está en aquellos que rechazan el preservativo como protección para el sida y otras enfermedades de transmisión sexual. La ‘carcundia’ está al acecho en cuanto el progreso convierte las quimeras en bienes tangibles.

Después del resultado de las últimas elecciones gallegas y vascas, y ante los pésimos datos de la economía, los adversarios del Gobierno se han envalentonado. Llevan un mes que se salen. Pletóricos. Ahítos de euforia. Como si la crisis no fuera con ellos. En lugar de arrimar el hombro, andan como locos en busca de caramelos. Encontraron uno con Bermejo, que se lo puso fácil. Ahora están con Garzón, que es más escurridizo. Y siempre, siempre, tienen presente a Zapatero en sus oraciones. Acabo de escuchárselo a Labordeta: “La campaña contra Zapatero me está recordando a la conspiración contra Felipe”. Del actual presidente, primero dijeron que era soso y bobo, luego un león con piel de ‘bambi’ y un hábil estratega, después un irresponsable (proceso de paz y Estatut), más tarde un malversador (por aumentar el gasto público con medidas que amplían la protección social, como el cheque-bebé) y, finalmente, una hecatombe como estadista que nos va a dejar al borde del cataclismo. Le han dedicado tantos epítetos, y tan contradictorios, que la propaganda acaba siendo ineficaz. En el fondo subyace un ansia de recuperar un territorio que consideran propio. O sea, el poder. ¿Por qué? Porque la milonga ancestral es que la derecha mande y la izquierda calle, aunque ésta sea moderada, inyecte dinero a la banca y defienda la economía del libre mercado. Siendo sincero, creí que todos estos clichés se habían extinguido. Pero no. El país avanza y los acérrimos de la vieja doctrina siguen erre que erre con sus fantasmas: que si los socialistas persiguen a curas; que si los socialistas suben los impuestos; que si los socialistas no tienen moral o la tienen demasiado laxa; que si los socialistas no defienden la vida y aplauden el aborto; que si los socialistas, con tanto gay, nos llevan a Sodoma y Gomorra. Y así un largo etcétera de estribillos machaconamente voceados por la Iglesia, alejada de la diplomacia vaticana; y por la derecha política española, a años luz de los ‘tories’ ingleses o los conservadores alemanes de la CDU. Da igual que la realidad circule por otros derroteros. Ellos mantienen los prejuicios y tres ideas básicas (España, España, España) dirigidas al consumo de su propia parroquia. La estrategia es no entrar al fondo de los asuntos y embadurnarlos con palabras altisonantes. De este cóctel surgen juicios categóricos: Zapatero traiciona a las víctimas de ETA; Zapatero privilegia a Cataluña; Zapatero fustiga a los cristianos; Zapatero humilla a la Nación en el exterior y, cíclicamente, el “se rompe España”, que es un lema comodín, vale igual para censurar el pacto del PSOE con partidos nacionalistas como lo contrario, caso de Navarra. La ‘carcundia’ huye de lo sibilino. Se mueve mejor en la sal gorda, en mensajes burdos, en eslóganes torticeros como ese en el que la Iglesia compara a un niño, con toda la carga legal y afectiva que acarrean los menores, nada menos que con un animal. Y, por cierto, me uno a la exigencia de Luis Miguel Domínguez, experto naturalista y gran comunicador: “¡Que los obispos no mezclen al lince con sus trifulcas!”, proclamó en la radio hace escasos días.

Fernando Savater suele recordar en sus ensayos que la palabra ‘idiota’ procede del griego ‘idiotés’, utilizado para referirse a quien no se metía en política, preocupado sólo por lo suyo, incapaz de ofrecer nada a los demás. Ya en el siglo XXI, es posible que los políticos cada vez estén más alejados de la sociedad. Su verborrea, su encasillamiento en posturas inamovibles y su incapacidad para llegar a acuerdos son lastres que soportamos todos. Criticar al poder es sano, sobre todo si el poder es corrupto o despótico. Pero criticar al poder es una cosa y demonizar unos ideales otra bien distinta. El Gobierno ha cometido, y lo sigue haciendo, muchos errores. Algunos graves, otros no tanto. Censurar su ejecutoria por equivocarse es lógico. Hacerlo por cumplir su programa, por ejemplo en materia social, resulta una contrariedad. Pactar la educación, la sanidad o la justicia, por citar tres áreas capitales, es inviable con un Gobierno más preocupado por la aritmética parlamentaria que por la política de altos vuelos. Pero todo sería más fácil, más higiénico, más respirable, si la oposición abandonara el catastrofismo, la ortodoxia y la impostura de un viraje al centro que sólo se queda en fachada. Al menos por ahora.

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