La Campana de Sylvia

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Se suele decir que los escritores vuelcan gran parte de sus vivencias en sus obras, que éstas se convierten en prolongaciones de ellos mismos. En muchos casos es cierto, aunque no en todos. Resulta bastante claro en el caso de Sylvia Plath y su Campana de Cristal.
Sylvia Plath, nacida en Boston, fue una escritora precoz, con tan sólo ocho años publicó su primer poema. Parece ser que los numerosos fantasmas que en ella habitaban comenzaron a mostrarse a temprana edad y se convirtieron en abundantes poemas y artículos para distintas revistas. Sus incursiones en la prosa fueron escasas, pero igualmente impactantes.

En su primer año de universidad, Plath protagonizó cierto episodio que determinaría su novela, La Campana de Cristal, y el resto de su vida. Porque lejos de las expectativas puestas en la joven promesa, la vida de Sylvia Plath se caracterizaría por el dolor, un matrimonio fracasado, la insatisfacción de no ver publicadas sus obras (en vida), ni el reconocimiento de las mismas, que alcanzaría de manera póstuma, con el Pulitzer.

La Campana de Cristal es el viaje que la mente de la protagonista realiza a la locura y la depresión. Los hechos, los personajes, los paisajes pasan a un segundo plano, se convierten en el marco del proceso que sufre la joven Esther Greenwood.

Esther Greenwood se plantea cómo quiere afrontar su vida, se debate entre ser la estudiante modélica que es, sin relacionarse prácticamente con los demás o seguir los pasos de su madre, ser taquígrafa y casarse y tener hijos. Al mismo tiempo, parece estar bastante preocupada con su sexualidad, con el modo de afrontarla, desearía poder actuar como los hombres, sin embargo, le asusta quedarse embarazada.

Este mar de dudas dará lugar, hacia el capítulo ocho, a la novela dentro de la novela, el forzoso arrastramiento por las fuertes olas, la inevitable forma en la que la cordura va abandonando la mente de la protagonista. Comienza así un relato ciertamente duro, pero de extrema sensibilidad, que nos acerca más al personaje, si bien hasta ese momento, no provocaba demasiadas simpatías, es en este instante cuando se vuelve más humano y cercano al lector, provoca lo que Aristóteles definía como temor y compasión.

Destaca el estilo. Desde que se comienza su lectura, su estilo, elegante pero directo, sencillo y profundo atrapa al lector y resulta difícil salir del encantamiento. En ocasiones, parece más importante el modo en el que la autora relata los sucesos que éstos en sí. Son estos momentos en los que la novela parece haberse convertido en lírica narrada, pues Plath realiza unas metáforas brillantes y juega con el lenguaje de tal modo que todo alcanza un doble sentido.

Aunque trata los ambientes y personajes como personajes secundarios, son verdaderos cuadros costumbristas de la época ya que el modo de mencionarlos, nos permite hacernos una idea de cómo actuaban las personas hacia la mitad del siglo y sobretodo, qué se esperaba y cómo era la educación de las jóvenes.

La Campana de Cristal, que se publicó años después de la muerte de la autora y bajo el seudónimo de Victoria Lucas, me parece una novela muy digna, que merece la pena leer. Se acerca a la nube de la depresión y el suicidio con mucha sensibilidad, pero sin llegar a la autocompasión. Nos introduce de tal manera en la cabeza de la protagonista que no sólo presenciamos su progresivo derrumbamiento y podemos anticiparnos a lo que va a ocurrir sino que llegamos a entenderlo dentro de la propia incomprensión de la misma. Merece la pena, simplemente, por el modo brillante y bello en el que está escrito.

Fuentes de las imágenes:
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(
http://sweetgypsymama.com/bookreviews/wp-content/uploads/2007/11/0571081789.jpg)
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(
http://mural.uv.es/paupilo/plath1500.jpg)

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