La bondad según un surrealista

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La verdad siempre es un buen tema para discrepar. Tendemos a creer en los discursos del poder dando preferencia a su actitud frente al mundo, hasta que algún gesto nos produce rechazo y entonces atacamos a quienes mejor lo personifican tachándolos de manipuladores. Algo así le pasó al anterior presidente de Estados Unidos, George W. Bush. Durante su primer mandato quiso hacer entender a la opinión pública mundial que su lucha contra los países que integraban el “Eje del Mal” tenía sentido para acabar con el terrorismo.
Su verdad tenía en mente un concepto tan subjetivo como religioso: el Mal. Un régimen tan poco dado al laicismo como el iraní calificó el comentario de “incivilizado” al verse incluido en la lista “mala”. Poco a poco el uso reiterado de esta expresión fue cuajando en el subconsciente colectivo hasta ser lo más parecido a una “verdad a medias”. Pero, ¿es el mal una verdad a medias?

Max Ernst tenía su propia opinión. El artista, pieza fundamental de los movimientos dadaísta y surrealista, nació en la localidad de Brühl, cercana a Colonia (Alemania). El hecho en sí fue definitivo. En 1933 los nazis lo incluyeron en la lista negra, en su eje del mal particular, y a pesar de exiliarse en Francia no pudo escapar de los campos de concentración en el país vecino por su condición de alemán. Consiguió exiliarse en 1941 en Estados Unidos, donde se casó con Peggy Guggenheim –pero ésta es otra historia-. Con el tiempo volvió a París donde consiguió la nacionalidad francesa y sus obras se revalorizaron. La cara más bondadosa de la vida parecía imponerse.

De su producción artística destaca “Une semaine de bonté”, una serie de cinco cuadernos de collages realizados con la técnica del grabado sobre antiguos folletines en los que muestra su temor ante el avance del totalitarismo en Europa. Las figuras que Ernst representa están cargadas de surrealismo, pero en cada imaginación hay una verdad “a medias”. La magia negra del poder acecha a lo largo de los siete días de la semana, los cuales contienen un elemento principal y un ejemplo de éste que busca ser más material, aunque a veces este intento de concreción resulta incluso más incomprensible.

Lo singular del trazo y de la mente del autor hace que nos encontremos frente a cabezas de leones y de pájaros que despiertan en nosotros un cierto sentido del humor mezclado con la tortura o la muerte. El lunes es, por ejemplo, la alegoría de la burguesía que se ahoga en mitad del diluvio. El martes recrea los salones de la clase pudiente con trozos de dragón dispersos. El miércoles Edipo se lanza en traje de frac por una ventana y el jueves las máscaras de la Isla de Pascua aparecen en escenas donde el poder recibe su castigo.

Los cuadernos originales se exponen por primera vez de forma completa en Madrid, ya que la cita previa de 1936 en el Museo Nacional de Arte Moderno de la capital no incluía algunos de estos collages, censurados por blasfemos. Desde la Fundación Mapfre, donde se puede contemplar la muestra, señalan que se trata de “uno de los grandes tesoros artísticos del siglo XX”. Al parecer, Ernst siempre evitó mostrarlos. Pero ahora su idea de “bondad” está a nuestro alcance hasta el 31 de mayo.

Fuente de la imagen:
Portada del libro “Une semaine de bonté”
http://www.maxernst.com/img_books/c40LNkOjry2uM9NSERS6hhQQ=.jpg

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