La balada del despertador

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El despertador marca, con sus manijas afiladas, las siete menos cinco. Los sueños de los que duermen apresuran un final feliz antes de que la insufrible melodía de la mañana los desvele definitivamente. Las farolas de la calle se apagan y poco a poco la gran ciudad despierta de la última noche. Madrid amanece un día más entre algodones. Los coches se apilan uno de tras de otro siguiendo colas interminables que se enredan en el terrible desconcierto de los semáforos. Las tiendas abren sus puertas al público y las mejores ofertas colman los escaparates de la Calle Mayor. Las grandes avenidas se llenan de cientos de personas apresuradas por no llegar tarde a la oficina y en los colegios los niños ocupan adormilados sus pupitres.

Dos hombres conversan elocuentemente en la mesa de una cantina del centro entre sorbos discretos de café cargado y extremadamente caliente, incluso para los labios insensibles de la rutina. A la mesa les acompañan: dos tazas de café, un periódico, una agenda vacía, un bollo de crema y el último trago de un vaso de agua. Discuten de fútbol, hablan de trabajo, opinan de las últimas noticias y comentan la desdicha de cada lunes. El tiempo parece haberse detenido para ellos. Los segundos se hacen eternos y las horas imposibles. El local está casi vacío pero la profundidad de sus voces y el pitido de la maquina de café, mezclado con el tintineo de la porcelana y los pasos frenéticos de un camarero primerizo hacen que se orqueste la balada de los madrugadores.

A la vuelta de la esquina, tan solo dos calles más allá, pasea un jubilado con su perro sujeto a una correa de cuero desgastado que agarra con firmeza entre sus manos. Camina despacio y piensa de prisa. Rondará los setenta años pero derrocha vitalidad en su mirada, triste y decaída por el paso del tiempo pero brillante como cuando no peinaba canas. Viste un abrigo negro y un sombrero gris con una banda del mismo color que el abrigo largo y aterciopelado que lo protege del frío. Avanza sin dirigirse a ningún lugar concreto, simplemente camina regalando “buenos días” e intercambiando complicidades con los transeúntes. Dentro de unos segundos pasará por delante de la cafetería en la que sonaron las primeras notas de este lunes hastío sin reparar lo más mínimo en lo que ocurre en su interior. Mientras tanto el perro, un amigable labrador Retriever, solo entiende de zapatos y medias.

En la otra punta de la ciudad una mujer baja apresuradamente las escaleras de su 4º sin ascensor. Se cruza con el habitual vecino que nunca saluda y continúa impasible su carrera hacia la calle. Reclama la atención de un taxi pero a estas horas parecen estar todos ocupados. La esperaban en su oficina de la Castellana a las nueve en punto para presentar el balance económico de la empresa en el último semestre. Llegará tarde y las palmaditas en la espalda se convertirán en las reprimendas del encargado insoportable e íntimo del jefe. Al fin, un taxi se apiada de sus suplicas y la recoge. Ya en el interior aprovecha para retocar su color de labios y atusa su cabello una y otra vez a pesar de que sabe que está impecable. Está nerviosa. La insulsa conversación del taxista y la cadencia malhumorada del tráfico le indican que hoy no será un buen día, aún así encuentra refugio en la ventanilla del automóvil y busca en el paisaje rectilíneo y metálico de la ciudad un consuelo que la obsequie con una sonrisa.

A escasos diez metros del penúltimo semáforo en el que se detiene el tiempo, una niña salta de baldosa en baldosa, indiferente al bullicio que la rodea, a la vez que tararea una linda melodía que se repite una y otra vez en su cabeza. Dos largas coletas flanquean su rostro inocente y dulce; una mochila, con exceso de peso, le resta agilidad en sus botes. El próximo será el 54. Si da diez más sin pisar las líneas que definen la cuadricula perfecta de la acera superara su máximo registro. Solo quedan tres saltos para conseguir un mérito que repetirá a los cuatro vientos y que hará que se sienta como la niña más especial del universo o al menos de esta parte de la ciudad. Por fin. 64 impulsos conseguidos que amplifican hasta el infinito su risa y su alegría contagiosa. Mañana lo intentará de nuevo, en busca del salto número 65.

Una hora más tarde, en la cabina de un cajero automático del centro, despierta un vagabundo entre cartones y reproches. En la noche anterior los termómetros bajaron demasiado al igual que su autoestima y el cobijo más evidente de un mundo consumista fue el colchón propicio para un desertor del sistema, pero por convicción. Hoy no sabe si podrá comer pero los rayos del sol de primera hora y el sonido oxidado de su flauta de pan le invitan a ser optimista. Al menos suyo que tiene. Nadie le podrá quitar la dignidad aunque sea invisible para muchos y lastimoso para otros.

Ya son las diez de la mañana y Madrid está a pleno rendimiento. Los obreros comienzan su jornada en las omnipresentes obras y socavones de la capital, los policías dirigen el tráfico al son de su silbato y los parados hacen cola mientras esperan una vida mejor. La ciudad se reinventa una vez más y millones de personas son los testigos principales del milagro que se repite todos los días tras la insufrible pero indispensable melodía del despertador: el despertar.

Vidas cruzadas que relampaguean a diario entre la deslumbrante e intermitente luz de un mundo ostentoso y grotesco que solo recuerda el último segundo y olvida la eternidad. Recortes en primicia de lo más importante de lo que pasa por la calle pero que jamás serán protagonistas en un noticiario. Realidad latente de un universo acostumbrado a mirar para otro lado que no recuerda que los verdaderos protagonistas son aquellos que proyectan su mirada al infinito, toman café cargado, conversan tranquilos, caminan despacio, piensan deprisa, llegan tarde a la oficina, contagian su risa y son optimistas aunque sean invisibles a los ojos de la fortuna.

Después de todo, la melodía nunca deja de sonar y se repite una y otra vez. Mañana a las siete en punto, el despertador, tocará para nosotros la misma balada; la de todos los días. Y devolverá el pulso y el latido a los corazones de los soñadores, de los desvelados, de los dormilones o de los trasnochados a la vez que los transportará, como cada mañana, a los albores de un nuevo día. De una nueva vida en la que el mundo gira al son de una balada inolvidable: la balada del despertador.

1 Comentario

  1. Tu relato refleja la otra cara de Madrid…esa que no leemos en periódicos, esa que sólo conocemos viviéndola.Intenté escribir algo así en “Paseando por Madrid” pero tus líneas lo concretan en una perfecta armonía de palabras bonitas que se quedarán grabadas en los pensamientos de quien las lea.
    ¿Has visto que apreció un programa de Tv que se llama Vidas anónimas? Esas son las vidas que interesan más que las que se ve en programas de Corazón…las vidas de quienes hacen de Madrid la ciudad que es. Un saludo!

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