Jueves Santo para el Santo

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785 diputados que serán
los próximos líderes:
tus líderes.
Y que, al cambio, ahora serán 736
en la ‘Cámara de los espejos’.
Y ahí estará el piano de cola,
las azafatas,
los chicos de las palomitas,
y aquellos otros
que te dicen cuál es tu sitio
en esta escena,
detrás de la escena.

Siento que estoy cargado de odio
al mirarlo
y también,
y, especialmente, al pensarlo.
Todos los
jóvenes mascullarán,
escupirán,
se emborracharán hasta besar las aceras
con sus lóbulos,
pero hay algo que no soy.
Es decir,
que no llego a ser. Por algo, por algún motivo.

Los acordes de la demencia están ahí,
la sinfonía que te lleva directamente
a ponerte la camisa de fuerza
es mutua,
pero no es la misma.
No, no lo es, chico.

Sentados en el césped,
mirando al reloj de media luna
del Parlamento,
los próximos cuatro años,
la partida será de otra forma.
Nuevas bolas, nuevas caras,
los mismos tacos.
Se mirarán a los ojos
y apostarán por una sinceridad
antes conocida en los diccionarios,
se atragantarán escribiendo las palabras más simples:
te quiero.

Con el temor el folio en blanco,
pero visten trajes caros,
y no son hijos de sastres,
son hijos de padrinos,
y están apadrinados.
Y cada cuenca de mis dos ojos
delata mi suicidio al borde
de cada trago.
Y te miran,
y no dicen nada,
y ese silencio espirituoso
es inquisitivo,
pero eso no es tan importante
como lo que uno se lleve
esa noche a donde tenga dónde dormir,
acompañando a las cuchillas,
jugando con mi demencia,
yo juego con mi demencia,
y con las que atiendo a atravesar
cuando miro a otra indefensa.

Es el juego de la cola de dragón,
mientras yo los miro
y me confundo al pensar
si alguna vez fui como todas aquellas personas
que algún día abandonarán esta ciudad.
Pero no tengo muy claro
si antes que yo.

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