Juan Marsé ganador del Premio Cervantes 2008

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El novelista catalán (Barcelona, 1933) fue premiado el pasado 27 de noviembre con el máximo galardón de la literatura hispana en su edición de 2008. Pero no voy a contar hasta cuanto asciende el premio (125.000 euros) ni en que se lo gastará el autor, que ha afirmado que “en vino y en mujeres”. Tampoco voy a entrar en la discusión sobre los merecimientos de Juan Marsé, ni en su pasada polémica con el jurado del Premio Planeta. Aprovecho estas líneas para homenajear, si es que llego a hacerlo y si es que se dice así, al escritor al que más noches de insomnio he dedicado.

Jan Julivert Mon; Sarnita, Java, Palau, la puta roja; Montse; Teresa y el Pijoaparte…y por su puesto su padre, Juan Marsé, se lo merecían. Aunque él no quiera, aunque no le gusten los premios y aunque repudie alguna de sus obras. Hablo desde mí, de lo que me han hecho sus libros: infeliz pero consciente.

Barcelona, la posguerra y su miseria; y su autobiografía, real o imaginaria, diseminada a trocitos por toda su obra, conforman los continentes del mundo de Juan Marsé. Con sus novelas pasa lo mismo que con ciertas películas y canciones: consigue decir las cosas desde la parábola más bella aún cuando la crueldad salpica la página entera. Hay formas de escribir y de vivir y Marsé nunca ha querido convertirse en un personaje público, llegando a afirmar hace ya tiempo, que sólo acudiría a un programa de televisión el día que dimitan los actuales directores generales y jefes de programas y que  “podrían suprimir el Ministerio de Cultura, porque la televisión es el auténtico Ministerio”.

En clase de literatura, me acuerdo, le dedicaban un exiguo párrafo: después de la literatura de posguerra ,junto a Carmen Laforet, creo. Pero en sus obras, que no son sólo de posguerra ni de guerra, ni de paz; sus personajes, miran y hablan a un mundo tierno y duro a la vez, pleno de miseria y humanismo; reflejándose en el espejo convexo de la realidad.

Empecé a leer a Marsé por el final de Si te dicen que caí  (es un defecto mío empezar las cosas mal y del revés) y lo acabé llorando porque no iba a forjarme en mil batallas. Dentro de ese libro, que he tenido que releer varias veces para intentar comprender (todavía no lo he logrado) cuando la ensoñación se fundía con la realidad brutal, cuando los niños meaban el yugo y las flechas (la araña negra) o cuando los faieros planeaban un golpe contra el Régimen.

Luego llegó Teresa. Y me creí un Pijoaparte, pero no era ni inmigrante, ni guapo, ni tenía a una burguesita politizada a la que pasear por Barcelona (Logroño no está mal, pero subir al parque Güell en un descapotable acompañando a una rubia que aúna todos tus deseos, no es ni de lejos, comparable). El autor habla de Últimas tardes con Teresa como un libro confortable al que tiene cariño, porque representa su vivencia personal de ese futuro que está por llegar, cuando los sueños no se han desvanecido. De hecho, es tema recurrente en la imaginería de su obra, puesto que, en el epígrafe del Embrujo de Shangai, en una cita de Luis García Montero, dice lo siguiente: La verdadera nostalgia, la más honda, no tiene que ver con el pasado, sino con el futuro. Yo siento con frecuencia la nostalgia del futuro, quiero decir, nostalgia de aquellos días de fiesta cuando todo merodeaba por delante y el futuro aún estaba en su sitio.

Más tarde recuperé de la biblioteca de mi abuelo La muchacha de las bragas de oro. Leí con avaricia El embrujo de Shangai. Y Rabos de Lagartija , La oscura historia de la prima Montse, Encerrados con un solo juguete, Canciones de amor en el Lolita´s Club, Algún día volveré y El Amante Bilingüe son los libros que más cerca tengo en la estantería, la que hoy he vaciado, para sumergirme en universo de ensoñaciones, recuerdos y futuros que conforman todos ellos.

Fuentes del texto:
www.elpais.es
www.elmundo.es
Fuentes de las imágenes:
www.elpais.es

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