Javier Rivera, gozne entre gallegos y asturianos

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En los puentes más señalados, en Navidad o en Semana Santa, cuando regreso
–desnortado– al Norte, suelo citar al periodista Javier Rivera (Cervo, Lugo, 1960) en mi San Tirso nativo.

San Tirso de Abres (Asturias) es, en palabras de nuestro malogrado colega local Álvaro Aenlle, un pueblo “de mucho hablar y poco hacer”. Esta ajustada definición de Aenlle –quien fundara en el concejo, en 1917, el periódico anticaciquista La Argallada– le sirve a uno para alertar a sus invitados de los chismes, de las miradas insidiosas a las que probablemente tengan que someterse en el bello valle al que da forma el río Eo. Con la llegada de Rivera, hombre de físico privilegiado y verbo crítico (que no cítrico), la expectación está más que asegurada. ¡Ya quisiera uno que sus poemas produjeran en el lector esa extraña mezcla de pavura y exasperación!

En septiembre, se cumplirán tres años del nombramiento de Javier Rivera como director de La Comarca del Eo, el semanario informativo y cultural fundado en 1919 por Francisco Lanza, galleguista bibliófilo. Esta publicación ribadense es editada actualmente por El Progreso de Lugo, el diario en el que Rivera ha desarrollado la mayor parte de su carrera periodística. Tras más de veinte años como delegado del periódico en la edición de A Mariña, Rivera se trasladó en 2008 a la redacción central de Lugo –donde yo tuve la suerte de tenerlo como maestro–, precisamente un mes antes de que sustituyera a Juan Soto como director de La Comarca del Eo. Desde entonces, este Javier Rivera –licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid– compagina, en la misma empresa, los dos cargos.

–¿Qué le aporta a un redactor y columnista de uno de los diarios referentes de Galicia la dirección de un semanario?
–Fundamentalmente, La Comarca del Eo me permite estar vinculado a la información y a la actualidad de un pueblo, Ribadeo, con el que tengo una relación familiar. Trato de mantener una vivencia directa y un interés especial por todos los temas, dimes y diretes de la vida de este concejo lucense. Mi gran ilusión es llegar a 2019 y ver cumplido el centenario del semanario, con el fin de mantener vivo el rico legado cultural de Francisco Lanza (el autor de Ribadeo antiguo, la obra vertebral de la historia del concejo).

–El río Eo sirve de frontera administrativa –no cultural, pues la lengua materna de la comarca es el gallego– entre el Principado de Asturias y Galicia. En ese sentido, no podemos obviar que La Comarca del Eo es, desde sus albores, una publicación leída indistintamente por vecinos de ambas comunidades.
La Comarca del Eo es una publicación concebida en torno al Eo y a los municipios ribereños. Estamos hablando, claro, de una unidad geográfica, cultural y casi social, independientemente de todo lo que sea administrativo. Esos lazos incluso se han estrechado con la apertura del puente de los Santos, que facilita el trasvase de gente entre ambas orillas de la ría, entre los municipios de Ribadeo y Castropol [que pertenece a Asturias]. Nuestro semanario es un medio bilingüe en el que se admiten colaboraciones tanto en gallego como en castellano. Y nuestra ilusión es mantener la cultura y la forma de vivir de todo el entorno social al que nos dirigimos.

–En la ribera del Eo, se venden las ediciones comarcales de La Voz de Galicia, de El Progreso y del periódico asturiano La Nueva España. En comparación con estas publicaciones diarias, el semanario que diriges tiene un factor diferencial: la opinión.
–Así es. Nuestra principal línea de acción es dar cabida a los columnistas y a los comentaristas de la comarca, así como a los colectivos sociales y a los partidos políticos locales. Una vez facilitado esto, intentamos abordar las noticias desde esas perspectivas. Quiero decir: normalmente recogemos colaboraciones que aluden a noticias que ya se publicaron en otros medios durante la semana, pero las enfocamos desde el punto de vista de la opinión. Hoy nos interesaría ampliar nuestra cartera de colaboradores en el occidente asturiano (en Vegadeo, en San Tirso y en Castropol).

–Hablemos de la crítica situación que vive hoy el periodismo escrito. ¿Cuál crees que es su tabla de salvación en estos tiempos tan inciertos?
–Hoy el periodismo escrito tiene, como siempre, su gran tabla de salvación en el intento de contar historias, de narrar cosas con criterios de calidad. Enlazando con la pregunta anterior: lo que tiene buscar siempre un medio es el factor diferenciador. Los diarios estatales ya han explotado las vetas que les permiten las ediciones locales, porque al lector fundamentalmente lo que le interesa es informarse sobre lo que ocurre en su entorno. Eso es lo que nos salvaguarda como ciudadanos y lo que hace que no entren en competencia directa los medios.

–La noticia positiva, en términos de calidad, es que el lector cada vez demanda más los reportajes humanos y de trazo literario.
–Eso va en paralelo con la pérdida de prestigio de la clase política. Quizás, si partimos desde la Transición, nunca tan bajo habían caído los políticos. Y no me refiero sólo a la calidad de la argumentación: los grupos de influencia social ya no suelen integrarse en los partidos, pues éstos han pasado a ser del dominio de unos pocos. Cada vez se ven menos catedráticos y gentes formadas en el mundo de la política. Parece que se reduce todo a unos pequeños grupos de poder y de influencia que intentan controlar la imagen, en lugar de desarrollar proyectos o líneas de futuro. Yo creo que se debe apostar por el periodismo humano sin descuidar, eso sí, la denuncia de tantos casos de corrupción. Unos casos que, a veces, dependiendo de la línea ideológica a la que estén adscritos ciertos diarios, terminan deviniendo en guerras mediáticas. 

–Además de la crisis publicitaria, al periodismo escrito le afecta el conflicto derivado de la relación con Internet.
–Efectivamente. Y es así porque, en tanto y en cuanto un soporte informativo se incorpora a la Red de forma gratuita, todos los beneficios que pagan los usuarios están siendo para Telefónica, para Google y para los distribuidores, no para los emisores de la información. Yo propondría que Internet fuese más barato y que se pudiesen cobrar, además, los contenidos, como hace El Mundo (con Orbit) o The Guardian. A partir de equis números de clientes, este tipo de periodismo podría ser rentable. Mientras no se normalice esta situación, los medios vivirán una grave crisis y no habrá un futuro claro en Internet.

La Comarca del Eo carece de página web. ¿Favorece siempre la normalización de la Red al periodismo local?
–La inmediatez es un punto positivo. Y volvemos a lo de antes: el medio debe volcar la noticia de forma inmediata siempre y cuando le recompensen (bien por la vía publicitaria, bien por la vía de los suscriptores que tenga). En el caso del periodismo diario, es conveniente jugar con los contenidos integrales (textos, imágenes y vídeos). Tocante al caso concreto de la La Comarca del Eo, lo que interesa es tener una cita habitual en el papel con los lectores: esa es nuestra esencia. Lo importante es que sostengamos –con sus matices culturales e informativos– la publicación, pues estamos hablando, junto a El Heraldo de Viveiro, del semanario decano lucense.

En estos tiempos inciertos, ¿qué consejo darías al estudiante de Periodismo?
–Yo le recomendaría que nunca deje de ser curioso. El periodista es un observador de la realidad, y, por tanto, tiene que tener una curiosidad crítica por todo lo que le rodea. Es la nuestra una profesión vocacional, de manera que debe mantenerse viva la ilusión y la pasión. ¿La fama? No es conveniente tener una perspectiva cortoplacista: el periodista debe aprender y mejorar día a día.

–En diciembre, se cumplirán cien años del nacimiento del escritor y periodista mindoniense Álvaro Cunqueiro –tan admirado por nosotros–, quien escribiera en las páginas del Faro de Vigo estas líneas tan reveladoras: “Las cosas, los periódicos, la noticia, además de su rostro tipográfico, tienen una cara secreta, el envés (…) Es la otra cara de la realidad, la sustancia de la noticia, lo que queda, la salvación de los periódicos cuando los periódicos, una vez hojeados, entran para siempre y escarmientan en el ¿merecido? territorio del olvido”.
–Cunqueiro aportó al periodismo su visión poliédrica de las cosas, su conocimiento cercano de lo etnográfico y de las raíces culturales. Esos son valores periodísticos elevados, en su caso, a la categoría literaria. El autor de Merlín e familia hizo un magnífico recorrido lingüístico por toda Galicia, legándonos los nombres de los lugares, las expresiones de las gentes…

Tras una caminata placentera –pese a algunas miradas insidiosas– por las más céntricas calles de San Tirso, Javier Rivera y servidor llegamos al fin del trayecto que uno había marcado: Robaín, que es como se conoce a la casería y al lugar donde viven mis abuelos maternos.

Habida cuenta de que en la ribera del Eo sustituimos la terminación –iño por –in (verbigracia: camín en vez de camiño), sería lógico pensar lo siguiente: Robaín es una variante de Robaíño, que, al igual que los otros lugares, barrios o aldeas de San Tirso (As Menciñas, A Sela, Naraío, Lourido, Espasande, As Veigas, O Castro, Carracido, A Mourela, O Chao…), se encuentra en la toponimia oficial gallega. Claro que mi abuelo Paco me contó que la nomenclatura del lugar viene dada por una tal María Robaín, quien fue la primera dueña de esta casa centenaria, la cual sería comprada luego por mi bisabuelo Tomás tras su regreso de la experiencia migratoria en Buenos Aires. En vista de que en el lugar sólo había (y sigue habiendo) una casa, es de suponer que el apellido de esa María, Robaín, trascendió en todo el concejo de San Tirso (o Santiso, que es el topónimo auténtico, como bien saben mis vecinos más ancianos). En cualquier caso, toponímicamente, Robaín no desentona con el resto de pueblos y lugares del municipio, que Robaíño se encuentra –como dije antes– en el conjunto de los nombres propios de Galicia: en Moaña (en la comarca pontevedresa de O Morrazo) hay unas tierras llamadas de ese modo. Por lo demás, decir que estas reflexiones pertenecen a un humilde cronista, no a un filólogo, es casi una tautología.

Robaín –parapeto de mi niñez y cubil de mis últimos veranos– es uno de los lugares privilegiados de San Tirso, en parte porque se encuentra en un alto, apartado –pero no lejos– de las demás casas del principal núcleo del concejo. Llano es el terreno. Y fértil. Pues el arroyo que dicen del Lobo (o rego do Lobo) está a mano derecha, a escasos metros del hogar, de ahí que uno siempre oiga pajarería cerca. Las fincas de A Redondela, la huerta de O Pombal (es decir, El Palomar), la vega de O Cochuego, la aira (esto es, la era), la prodigiosa luz del monte… ¡Todo es verde en Robaín!

Es, pues, una ocasión idónea para descansar, para dejar a un lado las letras, pienso al entrar en la antigua casa de labranza. Pero, indefectiblemente, Javier Rivera no tarda en formular inteligentes preguntas a mi locuaz abuelo Paco (el hijo de Tomás), el último albéitar santirseño. La eterna curiosidad del periodista, ya se sabe. La búsqueda de un titular interpretativo. La bendita deformación profesional. El gozne entre el hablar y el hacer.

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