Itziar Ruiz-Giménez: “Usamos unas gafas inadecuadas para explicar la realidad africana”

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Ayer se celebró en La Casa Encendida la presentación de  Más allá de la barbarie y la codicia: historia y política en las guerras africanas, el nuevo libro de Itziar Ruiz-Giménez, que se acerca a los conflictos del continente vecino para intentar ofrecer una visión más contextualizada sobre ellos que la que se divulga como consecuencia de las “literaturas dominantes” actuales.

 

 

Ruiz-Giménez, coordinadora de Grupo de Estudios Africanos (GEA) de la Universidad Autónoma de Madrid, presentó la obra flanqueada por el periodista Alfonso Armada y por Jesús Núñez, director del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH) y experto en temas de seguridad y geopolítica. El objetivo principal del acto no era tanto parafrasear el contenido del libro como generar un diálogo y un debate abierto con los participantes que se habían acercado hasta el auditorio del espacio cultural madrileño.

La autora resumió la esencia de su trabajo en unos pocos minutos: se trata, explicó, de un libro que expone cuáles son las narrativas dominantes sobre el origen de los conflictos africanos (por un lado, la “narrativa de la barbarie” y por otro, “la narrativa de la codicia”, tan a menudo presentes en los medios de comunicación) y trata de dialogar con ambas exponiendo una óptica alternativa. El primer tipo de discurso, el de la barbarie, se habría utilizado más a principios de los años 90, justificando los conflictos internos de África con las presuntas e irreconciliables diferencias culturales entre, por ejemplo, grupos étnicos. La segunda narrativa habría estado más presente a mediados de dicha década: los “señores de la guerra” africanos son quienes mantienen vivos los conflictos, y detrás de ellos no hay sino razones de tipo materialistas (la avaricia, el deseo de abarcar recursos naturales, el afán de poder).

Dichos enfoques, “insuficientes y reduccionistas” según la autora, influyen en la agenda política internacional en su proceso de construcción de la paz; el libro recoge las fortalezas de ambos -pues desde luego poseen puntos fuertes-, pero, en palabras de Ruiz-Giménez, “cada conflicto tiene su propia historia”, por eso éstos no se pueden explicar adecuadamente sin atender a una serie de dinámicas locales, regionales, nacionales y hasta internacionales.

El libro, pues, se propone “recuperar la historia y la política” del gran gigante negro: “lo económico está presente, pero sin entender el resto de factores es más difícil afrontar la mayoría de los conflictos”. Las guerras de África no son internas, ni responden a una naturaleza humana salvaje en la que no se puede mediar, ni esconden deseos de posesión de riquezas, contrariamente a lo que se cree –a lo que dichas literaturas, casual o deliberadamente, incitan a pensar-: “los actores [internacionales] son muy poderosos en el escenario de la violencia africana”, explicó la autora.

Alfonso Armada, que ha pasado por periódicos como El faro de Vigo o El país, valoró su lectura de la obra elogiando a la autora por su elocuencia; tras aportar su experiencia personal, apuntó que en su opinión, realmente “no hay narrativa porque África sigue siendo un invitado especial en los periódicos; su presencia [en ellos] es su ausencia”, refiriéndose a la carencia absoluta actual de presencia de información mediática sobre lo que acontece en los países del continente. Como añadido, “ahora se vuelve a los temas nacionales, al egoísmo”, lo que genera “un desconocimiento y un desinterés” enormes sobre lo que allí pasa. “La mirada a África implica una actitud, una ideología y también unos gastos”; con la situación económica actual, según comentaba, hemos vuelto la vista hacia temas más próximos y más urgentes.

Fue Juan Núñez quien valoró el libro como importante “solo por tocar el tema”, ya que, subrayando a Armada, “el tema ya no se toca [en los medios], y si se hace es solo para contarnos el último cataclismo. [África] sigue siendo un agujero negro, y toda luz que pueda arrojarse será bienvenida”. En contrapartida, como debilidades del libro tan solo aportó la necesidad de pluralidad: de “tener más voces”. Es decir, ¿aceptan las narrativas imperantes los propios autores africanos?

Tras sus intervenciones, se abrió el turno para la reflexión. ¿En qué medida perdura esa literatura en los medios de comunicación que reduce los conflictos africanos al esquema “la explicación del conflicto es que hay dos grupos luchando”? ¿Hasta qué punto está descontextualizada la información que nos llega? En el proceso de construcción de la paz, ¿no resulta paradójico que éste se militarice mientras que se legitima el uso de la violencia en las relaciones internacionales? Debido a la tridimensionalidad de dicho proceso –seguridad, política y económica-, después del 11S, que coloca en un primer puesto de relevancia la seguridad, los países en ‘caos y anarquía’ son el caldo de cultivo de las potencias que amenazan a Occidente. Según observó Núñez, realmente los demás países “actuamos [en relación a África] para solucionar nuestros problemas, no los suyos”, poniendo como ejemplo la inmigración ilegal: cuando las pateras alcanzan España, es algo que nos implica. Si nuestros intereses no están en juego, simplemente “establecemos un cordón sanitario para que los países conflictivos no exporten inestabilidad, y que se maten entre ellos”, explicó el autor, indicando una falta de voluntad política en el plano internacional, aspecto en el que coincidió cierto número de los asistentes.

En el debate final, María Serrano, autora de uno de los capítulos del libro, fue preguntada sobre los refugiados. Las literaturas mencionadas, como se explicó, dirigen las políticas hacia ellos: en los 80 llevaron al desarrollo de campos donde pudieran establecerse; luego, este colectivo de personas huidas de sus países de origen fue criminalizado, al ser retratados como individuos que no permanecen pasivos en el exilio, sino que también tienen proyectos propios de cambio político. Otro de los aspectos fundamentales que se señaló al final del acto fue el de la validez y legitimidad de la reconstrucción de los llamados “estados fallidos”: al intentar crear modelos estables de países desde fuera, ¿es nuestro modelo -democracia participativa, economía de mercado, norma sociocultural occidental- el más adecuado? El paso previo a intentar reconstruir aquello que parece perdido y abocado al fracaso y a la miseria, explicó Ruiz-Giménez, es “deconstruir ciertos “tipos de discursos” que no solo empañan la imagen de un continente entero, sino que distorsionan una realidad que reclama desde hace décadas nuestra atención.

Fotografía: Rocío Martínez

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