Iron Man, la vuelta del héroe más narcisista

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Iron Man, el superhéroe de la factoria Marvel (ahora perteneciente de Disney) que ya hiciera disfrutar a propios y extraños en 2008, retoma su historia tal y como la dejó en su momento; con el millonario Tony Stark dando a conocer al mundo su identidad secreta.  Así, disfrutando de su nuevo status y de la admiración del mundo entero, el personaje interpretado por Robert Downey Jr. se enfunda de nuevo su armadura con el objetivo de reventar las taquillas pre-veraniegas.

¿Qué nos ofrece esta segunda entrega? Pues más de lo mismo: acción a raudales, sentido del humor y a un Robert Downey Jr. en estado puro. Porque no nos engañemos, el papel de Tony Stark/Iron Man le viene como anillo al dedo al actor neoyorkino; al igual que el que le brindó Guy Ritchie en su Sherlock Holmes (si no fuera porque uno es un arrogante millonario y el otro un arrogante detective de la época victoriana, casi podríamos decir que estamos ante el mismo personaje). Ahora bien, es esta libertad que ha tenido el actor para abordar su personaje la que le da alma al film. Si borramos a Downey Jr. de los títulos de crédito la cinta perdería muchos enteros y quedaría coja sin remedio.

Iron Man 2, siguiendo la estela de su predecesora, aborda el tema de los superhéroes desde su vertiente más lúdica y familiar, alejada de las lecturas más filosóficas / políticas de Watchmen o del Batman de Nolan y de los dilemas morales o las “responsabilidades que conllevan un gran poder” que Sam Raimi imprimió a su Spiderman (y anteriormente a Darkman) e incluso el Hulk de Ang Lee. Aquí la parte oscura del superhéroe deja paso a la faceta más divertida y emocionante, de tal forma que uno pueda terminar de ver la película queriendo ser superhéroe de mayor.

Ahora bien, si esta era la máxima que perseguía Jon Favreau en la primera entrega, en esta secuela la ambigüedad del héroe también se intenta abrir paso (seguramente por imposición de alguno de los productores). Y es que la influencia que ha supuesto El caballero oscuro al subgénero es ineludible. Aquí nos encontramos con el héroe que, conducido por las circunstancias,  reniega de serlo al estilo de lo que hiciera Tobey Maguire en Spiderman 2. Para intentar darle una mayor complejidad al personaje, además, los guionistas se han servido de los conflictos del pasado de Tony Stark (la sombra de la relación que mantenía con su padre está presente en gran parte del film), y unos problemas médicos que, bien mezclados, llevan a la inexorable autodestrucción del protagonista.

Todo bien si no fuera porque se queda en un “quiero y no puedo”. Jon Favreau no termina de lanzarse ni por un lado ni por otro. La apuesta parece más cosa de los directivos quienes al final no se decidiero por dar el paso. No olvidemos que se trata de un producto con pretensiones de agradar a grandes y pequeños. Tanto es así que uno puede acabar saturado de su tono infantil y palomitero. ¿A dónde nos lleva esto? Pues a una película que hasta pasada la primera media hora no termina de arrancar, una evolución del héroe que hace el amago y no arriesga y un final repleto de explosiones y grandes efectos a la altura de la primera Iron Man… y salpimentado con sinfín de chistes sin gracia.

Eso sí, Iron Man 2 tiene sus grandes aciertos. Tres para ser exactos: Robert Downey Jr., Mickey Rourke y Sam Rockwell. Del primero poco más se puede añadir, es la antítesis de otro mito de los cómics: Batman. Si al hombre murciélago le mueve su afán altruista y su extremado sentido de la justicia; al “hombre de acero” le atraen la fama y la justicia a partes iguales. Mientras que Iron Man es la máscara que esconde al hedonista Tony Stark; Bruce Wayne es la máscara que se esconde tras torturado y solitario Batman. ¿Y por qué esta comparación? Las similitudes iniciales entre ellos son más que evidentes, aún cuando la evolución y forma de ser de ambos difieran tanto. Ambos tomaron la decisión de enfrentarse al crimen por sendos traumas (uno al descubrir que “su legado” al mundo no eran más que muertes y guerras y el otro por un sentimiento de venganza tras el asesinato de sus padres). Además son herederos de grandes fortunas y hombres de éxito en sus empresas, de las cuales se sirven para desarrollar y equipar los gadgets de sus alter-egos superheroicos.

Bien, dejando ya de lado a Stark y retomando al resto de protaogonistas del film, Mickey Rourke encarna al perfecto arquetipo de villano de cómic y borda su acento ruso. Mientras, el personaje de Rockwell podría venir a ser la versión caricaturesca del Jeff Bridges de la primera entrega. Justin Hammer es un fabricante de armas tan creído como el propio Stark, pero falto de su carisma y con una ceguera de poder que no traerá nada bueno.

Mención para esta “película de productora” merecen también Samuel L. Jackson y Scarlett Johansson (quien se ha desquitado tras The Spirit, donde no pudo saltar ni pegar al tiempo que lucía palmito). Auque más que por sus correctas interpretaciones es por el ejercicio de marketing y publicidad que se hace la major a sí misma entrelazando la trama de Iron Man 2 con la futura Los Vengadores (de la que el héroe multimillonario es miembro fundador).

Caso curioso también es el del personaje del coronel Rhodes. Realmente importa poco si lo interpreta Don Cheadle o Terrence Howard. En este tipo de producciones los actores son intercambiables como un par de cromos. Otros casos célebres son los de Eric Bana y Edward Norton interpretando a Hulk o las distintas encarnaciones de Batman: George Clooney, Val Kilmer y Christian Bale (omito a Michael Keaton ya que su figura sí ha quedado ligada al hombre murciélago para la historia del cine).

La conclusión que se saca después de visionar la cinta es tan simple como ella: blockbuster para pasar una tarde cualquiera. Y ya que estamos con clichés, me apropio de esta frase tan manida como las propuestas de Iron Man 2… mucho ruido y pocas nueces.

Imágenes: Paramount

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