Intoxicación sonora de festivales

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Nuestro país está viviendo una época en la que florecen festivales musicales por doquier, de todos los colores y gustos, un entramado en constante dinamismo que nunca antes se había vivido. Una estampa que otras naciones como Inglaterra o Alemania ya disfrutaban desde hace tiempo. Pero no todo es oro lo que reluce, hay festivales para aplaudir, otros en la tierra media y algunos para reciclar o simplemente para tirar a la basura.

Hace ya diecisiete años que nació el Festival Internacional de Benicàssim, aquel que abrió la caja de pandora en un momento en el que España era casi un desierto festivalero, con permiso del Sónar, del Pirineos Sur, del Festimad, del BAM y del extinto y malogrado Espárrago Rock. Los hermanos Morán lo crearon con una filosofía inicial excelente: establecer un festival patrio que se asemejase a los que había repartidos por Europa, con calidad y cantidad nunca vistas aquí. Y lo consiguieron, lograron hacer del FIB un estandarte inigualable que ha triunfado primero en nuestro país y luego entre muchos de los mejores festivales europeos.

Poco después llegaron el Derrame Rock Festival, el Doctor Music Festival, el Festival Contempopranea, el Viña Rock, el Sonorama Ribera, el Primavera Sound, el Azkena Rock Festival, el Faraday Festival, y así un largo etcétera. Sin embargo, desde hace cinco años están surgiendo infinidad de nuevos festivales con hambre de triunfo que están equiparándose en poco tiempo a sus parientes decanos. No obstante, el ciclo en el que vivimos ahora es de lo más propicio para ello, ya que el panorama musical está en pleno proceso de cambio, de aquellos instantes en los que las multinacionales discográficas lo dominaban todo al momento presente en el que están en pleno proceso de declive por la imposición de las nuevas tecnologías y de Internet, donde los grupos y artistas se adaptan a una manera de hacer mucho más alternativa, y obtienen una mayor rentabilidad en los conciertos y festivales.  

Muchos de los festivales de música que se celebran en España, sobre todo en época estival, y que han brotado en este último lustro tienen mucho que demostrar para asentarse de forma definitiva, sobre todo en esta época de crisis, porque hay de todo en esta viña, desde los excelentes hasta los más mediocres con aires de grandeza. Entre los ejemplos dignos de aplaudir se encuentra el encomiable esfuerzo que está realizando el personal del Low Cost Festival para quedarse entre nosotros. Comenzaron hace ya tres años en Alicante con humildad y buen hacer, y el pasado año se mudaron a Benidorm donde les llegó su confirmación. Este año han demostrado que tienen cuerda para rato, porque se han colado entre los cinco festivales mejor valorados de España por emplazamiento, cartel y organización, y todo ello a un módico precio.

En la misma línea se encuentra el SOS 4.8, que con sólo cuatro años de vida está conquistando adeptos que siempre hablan maravillas del festival. Razón no les falta, porque el evento que se realiza en Murcia ha aprendido y mucho de sus hermanos mayores, aunque esta pasada edición se les fuera la mano con la asistencia y quedara un tanto deslucido con la masificación reinante. A su vez, el Vigo Transforma comienza a perfilarse como uno de los grandes con calidad tras una segunda edición fuera ya de los festejos xacobeos del pasado año, o el Santander Music Festival, que está fraguándose un nombre importante entre los nacionales desde que abriera sus puertas en el año 2008, como ya lo ha hecho el Bilbao BBK Live en tan solo cinco años de existencia gracias al trabajo de Last Tour International. Y como estos muchos otros que tendríamos que ir apuntando en una numerosa lista. 

Aunque, mención aparte, existe otro tipo de evento musical organizado para intentar competir sin miramientos con los grandes desde el minuto cero y tirando la casa por la ventana, como ocurrió en su momento con el Summercase, aquel salomónico festival organizado por la empresa barcelonesa Sinnamon, que le duró al FIB literalmente tres asaltos a pesar de programar en su corta carrera lo más granado de la escena independiente con marcada vocación británica. Estos son los que mueren por su propio éxito de cantidad y calidad al intentar ser lo que aún ni siquiera eran por asomo, por mucho que les cueste admitir a sus defensores y organizadores.

Pero no todos los festivales de música que se celebran en la actualidad contienen una combinación perfecta de calidad y cantidad. Los hay que navegan en tierra de nadie por contratar un plantel de artistas anodinos, por celebrarse en un emplazamiento más bien poco adecuado o por detentar una organización pésima; o bien por la suma de todos estos factores que da como resultado un tercer tipo de evento musical que raya lo calamitoso, de los que también hay un nutrido número entre nuestras fronteras.

En esta última vertiente se encuentran clamorosos casos, como ha ocurrido con el nacimiento del Dcode Festival, que se celebró en Madrid a finales del pasado junio, y que recibió un aluvión de críticas negativas ante una organización que no supo establecer un cartel homogéneo y más atractivo, falló en la seguridad del recinto y pretendió dar de comer a sus escasos 9000 asistentes con bocadillos caseros a cuatro euros la unidad, todo ello bajo un calor infernal porque la programación de los conciertos comenzaba nada menos que a las cuatro de la tarde. En ese mismo infierno convirtió este año la organización el Día de la Música Heineken, por la cabezonería de encuadrarlo en un entorno idílico pero poco adecuado para estos menesteres como es el Matadero Madrid, además de programar conciertos en unos horarios en los que el calor achicharra a cualquiera en la capital. Aquello se parecía más a una sauna. Les sigue a la zaga el Festival En Vivo que se celebró el pasado año en Getafe, dentro de un secarral y polvareda constante a unas horas intempestivas para las actuaciones. Calor y más calor. Hay emplazamientos y recintos mucho más adecuados en la capital y alrededores que los promotores podrían estudiar, con zonas verdes y sombras, amén de corregir una programación horaria para evitar el riguroso fuego madrileño.

Y fuera de Madrid se han dado otros muchos ejemplos negativos, como es el caso de la segunda edición del Arenal Sound Festival, que habrá sido todo un éxito de asistencia en cuanto a público se refiere, con más de noventa artistas nacionales e internacionales que hicieron disfrutar a más de sus 40.000 asistentes en conciertos multitudinarios. Pero aquellos laureles se vieron deslucidos por una decepcionante organización en sus cuatro zonas de acampada, que este año ofreció a los casi 30.000 ‘sounders’ que se decidieron por esta opción de alojamiento pésimos servicios y condiciones de habitabilidad mínimas, en un ambiente que rozó la insalubridad y el hacinamiento.

Cualquier persona habitual en un festival de música, de los muchos que se celebran cada verano en nuestro país, o cualquiera de los muchos festivaleros que se inician ahora en estas lides, compra su entrada por un cartel atractivo o por una fuerte personalidad asentada del propio festival. Hasta aquí todo es correcto, pero ese mismo cliente adquiere su abono para que el organizador del festival le ofrezca de manera implícita unas condiciones mínimas de confort en un entorno adecuado para la celebración de los conciertos y/o para disfrutar de una zona de acampada si así se brinda, y no tratarles como borregos en un redil o en el peor de los casos como a tontos de capirote. La línea oficial no puede ocultar todos estos agravios ni minimizarlos, son aspectos a mejorar de forma exponencial si quieren celebrar con notoriedad de asistencia próximas ediciones de un macro evento de estas características, ya que el camino se hace al andar.

Se deben, se pueden y se tienen que cuidar todos estos aspectos delicados en todos los casos, para así convertir un festival de calidad y cantidad en verdaderas fiestas sonoras, situándolos de esta forma entre los más punteros de nuestro país y un ejemplo en Europa. Hay que hacer madurar estos eventos que aún no han cumplido la mayoría de edad para no convertirlos en meras verbenas turísticas o en ferias de borrachera musical que se diluyan en el aire y en el tiempo por su incapacidad organizativa. Es mucho más fácil de lo que parece, los costes de inversión serán mayores pero los resultados de futuro estarán asegurados.

Óliver Yuste.

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