Inquietud ante la vergüenza

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Esta semana he sentido vergüenza hasta en tres ocasiones. Primero, como hispanohablante; segundo, como periodista; y tercero, como persona con inquietudes. Hasta tres Premios Cervantes han ocupado la portada de la sección cultural de los periódicos en España esta semana: un chileno, una española y un argentino. Lamentablemente, por mis manos no ha pasado ningún libro de Gonzalo Rojas, ni de Ana María Matute, ni de Ernesto Sábato.

Los dos escritores sudamericanos han fallecido esta semana; y la española ha recogido el tercer Premio Cervantes femenino desde que en 1976 se instaurara. Eso sí, con unos días de retraso para que los políticos pudieran apurar sus vacaciones, cargándole la responsabilidad a la agenda real (¿De verdad el Rey no tenía hueco el 23 de abril para una cita a la que siempre ha acudido y de la que se conoce su fecha desde que ejerce como tal?).

Leyendo las loas de otros compañeros escritores, he descubierto que Gonzalo Rojas venía a ser el sucesor de Pablo Neruda en la poesía chilena; y que Ernesto Sábato ha sido una de las figuras más comprometidas con la historia de Argentina en el siglo pasado. También se ha podido comprobar de primera mano el cariño que todo el mundo cultural aquí en España profesa a Ana María Matute y sus cuentos, resaltando su inventiva. “El que no inventa, no vive” ya ha pasado a la historia de las frases con más calado en los discursos de entrega del Cervantes.

La historia de los países no solo está formada por los políticos de turno. Chile, España y Argentina tienen tanta cultura detrás que siempre resultará más interesante profundizar en Rojas antes que en Michelle Bachelet; en Matute antes que cualquier Zapatero o Rajoy; o en Sábato antes que en cualquier Fernández de Kirchner que quiera erigirse en protagonista. Por fortuna, las desapariciones de los dos Premios Cervantes sudamericanos pueden servir para que alguna conciencia se remueva y se ponga manos a la obra para profundizar en sus libros. Menos mal que para la gente de la cultura la muerte no significa su desaparición total, sino el certificado de inmortalidad de sus obras, que siempre estarán ahí, perdonándonos el no haberlas disfrutado antes.

Pero el remordimiento no viene solo de estas noticias agridulces. Corroborar como el Día del Libro tiene mucho más tirón en Barcelona que en Madrid da envidia. Da envidia ver cómo Albert Espinosa es el gran triunfador de Sant Jordi, aprovechando el tirón de una serie que se emite en TV3, la televisión pública catalana; mientras que en la madrileña no es que no haya ninguna producción de ficción a la que asemejarla, si no que, directamente, no hay ficción en absoluto más allá de sus Telenoticias.

En el terreno de la no ficción, el libro que más triunfa en este inicio de año es Indignaos, un pequeño ensayo del francés Stephane Hessel, a colación de la desmovilización en Europa. ¿Por qué no aparece una firma española inquieta capaz de recoger este testigo? ¿Tan dormido está el ensayo español? La sociedad española, comenzando por su juventud, debería ir comenzando a tomarse este juego en serio, porque lo que nos jugamos es el futuro, cosa seria.

Rojas y Sábato ya no están; Matute pronto tampoco. Pero tiene que aparecer gente nueva capaz de inventar, capaz de hacer soñar a la gente, capaz de derrotar a golpe de verbo al mando de la televisión y contribuir a que, dentro de diez años, el panorama sea, si no blanco, al menos un poco menos oscuro de lo que es ahora.

 

Fuente del texto: Elaboración propia

Fuente de las imágenes:

http://lacomunidad.elpais.com/blogfiles/aninesmacadam/gonzalo-rojas.jpg

http://www.artespain.com/wp-content/uploads/Ana-Maria-matute-due%C3%B1a-del-Cervantes.jpg

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