Incongruencia

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Somos animales: finísimos ejemplos de imperfección mundana. Es más, quizás como animales parasitarios, nos devoramos los unos a los otros, queriendo transmutar nuestra propia personalidad. Habilidad innata en nosotros. Casualidad propia de nuestra torpeza. Queremos ser imagen de Dios, queremos ser él. Educados con odio, nuestros recuerdos del pasado transitan entre el humo de la diferencia y la absurda realidad: somos mortales. Allá afuera sólo hay tristeza y crueldad. Allá, en el valle gris de la ciudad, en la pradera desierta del campo, en el lago más profundo y vacío de la Amazonía, no existe riqueza, no existe nada, sólo una idea, sólo una falsa verdad.

Abrimos la puerta con una llave falsa y queriendo barajar el por qué de estar con vida, distraemos nuestra mente en circunstancias que nos alejan aún más de nuestra alicaída humanidad. Cuando los años están por acabarse, el exilio nos viste con flor de muerto y la palabra trascendencia recién aparece en nuestro vocabulario. Las garras del inefable destino juegan en contra de nuestras conveniencias y es ahí donde nace lo más terrible: morimos sin ni siquiera saber para qué vivimos.

Entre tanto, y con la juventud cubierta con el maquillaje del desenfreno; el estreno del odio al silencio y a la calma. Una sociedad limitada, leyes morales de la inmoralidad que discriminan y parametran más al ser humano. Tabúes derrotados por querer dar la contra a las bofeteadas limitantes de la infancia. Disfuncionalidad familiar, quemaduras de tercer grado, anemias mentales: desastres que la casualidad ignora porque quiso dárselas al destino.

Atentos nuestros ojos a retroceder o a ponernos tras el espejo, tránsito errante e inequívoco final: el comienzo de nuestra decadencia. Nihilismo, caballero dominante; escepticismo, cruel navegante. Inundados por la niebla que disipa nuestros sueños, no existe fe, no existen dueños de lo que queremos ser. Ni nosotros mismos podemos serlo. El oído absoluto de la verdad capta la melodía de nuestro dolor: ¿adónde vamos?

Sin escape de la absurda realidad, sometidos a los engaños que se escabullen de nuestra conciencia, el cielo nos aguarda como último refugio. Lo alto nos atrae como tentativa al abismo de querer dormir para siempre y en paz. Así, nuestra cruda realidad es estar divagando entre fantasías y placeres que palian nuestro desconocimiento sobre lo que somos y nuestra existencia. 

Fuente de imagen:
www.periosia.com
http://blog.yaaqui.com/

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