Igualdad mediante cuotas

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La implantación de una cuota comunitaria femenina se ha convertido en debate en el Parlamento Europeo desde que la comisaria Europea de Justicia, Viviane Reding, expresó la necesidad de reforzar la paridad en los consejos de administración empresarial. Ante las evidentes desigualdades de género en las altas esferas, Reding instó a todos los países a corregirlas urgentemente o, en su defecto, Bruselas legislará para erradicar los desajustes mediante la fijación de cuotas.

La Comisión Europea decidió mantener abierto un proceso de consulta pública para que empresas, gobiernos, organizaciones y otros agentes sociales propusieran cómo aumentar la paridad, pues el porcentaje de mujeres en las cúpulas empresariales, lejos de acercarse al cuarenta por ciento (lo que supondría una relativa equidad), resulta extremadamente deficitario.

El pasado 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, Reding se mostró decepcionada ante esta realidad social que permanece inmutable y advirtió, de manera rotunda, que la Comisión Europea no dudará en recurrir a un sistema de cuotas femeninas si la situación no cambia antes del próximo año: “No soy muy fan de las cuotas, pero me gustan mucho los resultados que alcanzan”. Tan solo un 3,4 por ciento de las empresas europeas están lideradas por mujeres. Para Reding la autorregulación de los desequilibrios por parte de las empresas ha resultado más que insuficiente. Pese a los intentos y a las “buenas” voluntades de los países miembros, las cifras, desoladoras, y la realidad social, conservadora y retrógrada, no varían un ápice.

Tras el ultimátum de la comisaria de Justicia y tras el proceso de consulta que abrió la Comisión, el Parlamento Europeo se ha manifestado y, en votación, ha refrendado dos polémicos informes: uno de ellos pide un 35 por ciento de mujeres directivas en 2015 y un cuarenta por ciento en 2020; el otro exige que se reduzca al menos un diez por ciento la brecha salarial entre hombres y mujeres. El primero, respaldado por un margen estrecho, plantea, además, las dificultades de la mujer para avanzar profesionalmente, pero ha sido rechazado por los eurodiputados más conservadores por incluir cuestiones “controvertidas”, como el derecho al aborto. Todavía no hay nada decidido, la votación de la eurocámara se ha utilizado como avance, pero no es vinculante. Algunas voces detractoras de estas medidas aseguran que las mujeres han de estar representadas horizontalmente, no sólo en la dirección, pues a escalas inferiores también se detectan estas desigualdades.

El debate sobre la implantación de cuotas femeninas es importante sea cual sea la determinación de la Comisión Europea. Necesarias en apariencia, las cuotas suponen la aceptación de una realidad social o, mejor dicho, de un sistema económico patriarcal incapaz de “autorregularse”, entendiendo la regulación en términos de no discriminación. Resulta paradójico hablar de cuotas femeninas en una sociedad que se presupone “cívica”, “moderna” y “evolucionada”, donde las oportunidades no deberían estar regidas por cuestiones de género o de identidad.

En este sentido, las cuotas supondrían una compensación ante la discriminación histórica de la mujer y, por consiguiente, la aceptación de una gran derrota. El problema se revela estructural. ¿Su solución? Más bien utópica, aunque quizás la mejor manera de atajarlo sea asumir su envergadura y su carácter histórico; así, mediante un planteamiento más profundo y desde las bases, incidiendo en la educación y en los procesos de socialización primaria, el cambio dejaría de ser un simple ideal. Las medidas legislativas y las imposiciones externas, cuyos efectos se miden sólo a corto plazo, han de ser un medio para alcanzar la igualdad, no un fin que incite a creer que éste ya se ha alcanzado.

Fotografía: Pietro Naj-Oleari

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