Huracanes y hecatombes

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¡Ay, Haití! He aquí parte de la frase más sonada de los últimos meses, la que todo el mundo llevaba escrita en una chapa, en pancartas, en pegatinas. El estribillo de la canción en honor a uno de los peores desastres naturales de los últimos años, la desgracia que sirvió de inspiración a esos músicos que, como todos sabemos, acostumbran a componer sobre la fatalidad de la vida del ser humano. A esos cantantes que se unieron para ayudar a aquellos que se quedaron sin hogar y sin familia, y, de paso, subieron al número uno de las listas de éxitos musicales del panorama musical español. Y también estaban las recolectas, firmas, comunicados políticos y demás parafernalia en apoyo a los afectados. ¿Alguien dio más? No hace ni un año que ocurrió, y hoy, como si de una moda pasajera se tratase, todos lo hemos olvidado.

Más que unos meses, ayuda y apoyo constantes es lo que necesita un país para recuperar algo del status quo en que se encontraba antes del huracán. ¿Qué deben sentir aquellos que realmente están ayudando en este pequeño país roto, cuando ven que literalmente tras la tormenta llegó la calma? Y llegó tan bien que todas las voces solidarias y mediáticas que se alzaron en su auxilio se ahogaron en sus propios gritos. Ya no sólo se trata de los afectados, que bastante tienen, sino que además pasan al olvido los que ya de por sí son héroes anónimos. Hablo de periodistas, médicos, militares y gente que desinteresadamente decidió marchar a Haití a tratar de aportar algo de ayuda a un país que cada día lucha por no quedar sepultado bajo los escombros. ¿Dónde quedan los titulares para los que tuvieron que quedarse aquí, para los que todavía lo sucedido en Haití les importa?

Cuando la ayuda en Haití intenta empezar a abrirse paso entre el cólera, vuelve otro huracán que deja tres muertes, no tres mil (adiós titular). Y Tomás pasó un viernes en el que a España vinieron el Papa y nada más y nada menos que la importantísima gala de premios de la MTV… 

Así que como lo de Haití es un tema muy triste que nos pilla lejos y además no podemos hacer nada, pensemos en otras cosas más entretenidas: ¿qué tal en el cólera? ¡Ah, sí! La peli del libro de García Márquez, pero la estrenaron hace mucho, mejor hablemos de otra cosa…

¿Qué tal esto? Vamos a discutir con nuestra pareja como mínimo durante una semana por el orden de los apellidos de nuestros hijos. Por cierto, menos mal que podemos elegir el orden, creo que tener un apellido antes que otro sin necesidad de tanta burocracia será lo menos traumático para mi hijo. Además, pronto no se tendrá que preocupar por los exámenes de ortografía. Para eso estamos quitando las tildes y cambiando el nombre a las letras. Si es que en el fondo, tenía yo razón cuando tenía cinco años, ¿para qué poner tildes?

Por otro lado, esos míticos nombres tan problemáticos que en su día publicaba Muy Interesante dejarán de serlo. Por ejemplo, Isolina Gato Sardina podrá ser Isolina Sardina Gato; José Luis Lamata Feliz, ahora José Luis Feliz Lamata y Margarita Flores del Campo, será Margarita del Campo Flores. Y no sólo eso, los que elijan seguir el orden alfabético (si es que no nos lo desordenan también) en los apellidos de sus hijos, sepan que estos serán los primeros en la lista de alumnos de clase. Todo son ventajas. Con todos estos cambios y los que no he nombrado, salimos de la crisis económica seguro, y, además, salvaremos Haití.

Fuente de la imagen:
https://tumundovirtual.wordpress.com

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