Historias de lectores y de libros

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Probablemente no hay nada más bonito para un lector que encontrarse con otros lectores. ¿Y si estos fuesen además bibliófilos? ¡Nada podría ser mejor! Esta fascinante idea proviene de la obra que hoy reseñamos: La chica que leía en el metro de Christine Féret-Fleury. Esta novela, ilustrada con belleza por Nuria Díaz y publicada por Debolsillo, está dedicada a los libros, a coleccionarlos, a regalarlos, a inspirar su olor, a enamorarnos, a sumergirnos en ellos.

La protagonista, Juliette, se desplaza habitualmente en metro y, en el trayecto, se dedica a descifrar los títulos que acompañan a otros viajeros: les observa, contempla su concentración, advierte cómo éstos leen sus ejemplares. Un día, decide romper con la rutina diaria y dejarse llevar, comenzando una increíble aventura, repleta de títulos, que le hará conocer a otras personas mientras se descubre a sí misma, romper con sus ataduras y cambiar lo que no le hace feliz de su vida.

Féret-Fleury construye una obra amable, amena y entretenida, con momentos tiernos y melancólicos, en la que los acontecimientos se desarrollan sin sobresaltos. Aunque los libros tienen el principal protagonismo, la vida de algunos personajes se entremezcla en la trama, consiguiendo que el lector les coja aprecio y desee saber más de ellos. Historias como esta nos animan a compartir libros con amigos y conocidos, a infiltrar el gusanillo de la lectura a aquellos que aún no lo han descubierto.

Se agradece que se mencionen los títulos que los personajes leen o regalan, y que sus argumentos o autores se inmiscuyan en la historia de Juliette y sus compañeros: así, se mencionan escritores como Émile Zola, Daphne du Maurier, Agatha Christie, Honoré de Balzac, Arthur Rimbaud, Thomas Mann, Federico García Lorca o Virginia Woolf, y obras para todo tipo de público como Pippi Calzaslargas de Astrid Lindgren, Suite francesa de Irène Némirovsky, Dublineses de James Joyce, El libro de la almohada de Sei Shonagon, Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll o Nada se opone a la noche de Delphine de Vigan.

Esta escritora francesa demuestra que no es solo una escritora cultivada, sino que es una magnífica lectora. Al final de la novela, de hecho, distingue algunas obras, de diversos géneros, que evidencian la heterogeneidad de sus lecturas y la indiscutible riqueza que esto aporta a su último título. Féret-Fleury logra que ese amor que siente por los libros se transmita, y ojalá que, gracias a La chica que leía en el metro, se sumen muchos más nuevos lectores.

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