Historias de la Calle

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Era un día de sol. Madrid se veía tan hermosa y repleta de gente como siempre. Muchos turistas. Numerosos lugareños corriendo de aquí para allá. Así es esta ciudad.
Sentado a los pies de los cines Callao, José de Valencia sonreía a todo aquel que pasaba frente a él. Con su tarrito de monedas a un costado y una quietud que le venía de la costumbre, daba la sensación de estar aburrido. Sin embargo, José se entretenía mirando a la gente, cómo visten, a dónde van, sus rostros, sus expresiones. De vez en cuando, el anciano dirigía una palabra a su compañero de escaleras. José viste unos pantalones grises algo gastados, un jersey color ladrillo que parece comprado en un antiguo mercadillo y una chaqueta marrón que hace juego con su gorra. Lleva las barbas largas, blanqueadas por el pasar de los años. Su rostro está curtido, por el sol fuerte del verano, por el frío de las noches que pasa a la intemperie. Vive en la calle Preciados, debajo de un toldo. Por las mañanas pide dinero en Callao, por las tardes al lado de un centro comercial. Lo que gana le alcanza para tabaco y para su cervecita nocturna. Él se considera privilegiado a pesar de tener que vivir en la calle, ya que está rodeado de gente solidaria. Desconocidos le dan comida cada día: bocadillos, comida china, restos de carne asada. “El que no come en Madrid es porque no quiere” dice éste simpático señor. Por las noches ve la televisión en un bar. El dueño le deja estar el tiempo que quiera siempre que se beba al menos un vasito de cerveza.

Llegó a la capital hace más de dos años, engañado por un hombre que decía ser su amigo. No venía de su tierra natal, sino de Mallorca, tras pasar quince años. Allí había hecho muchos amigos, entre ellos bastantes argentinos. Los recuerda y se le ilumina el rostro. Pero al instante, vuelve a ponerse serio y cuenta que tuvo un accidente ejerciendo el oficio de albañil en la isla. Un dolor en la pierna lo acompaña desde entonces. Como no rendía bien, lo echaron del trabajo. José tenía unos ahorros y un amigo lo convenció para invertir en Madrid. Al llegar, lo dejó “tirado” y se llevó todo su dinero. Ahora, José, está peleando para que le den una ayuda social o una paga del Estado. Podría haber vuelto a su casa en propiedad, en Valencia, con su hija, su yerno y sus nietos “pero no quería molestar”, dice. Lo que sí le pidió a su hija, un día que fue de visita cuando aún vivía en la isla, que no permitiera que su ex mujer viviera con ellos. Una vez se la encontró instalada en su casa y la echó. Como no quería irse, José se puso nervioso y le entraron ganas de matarla. Casi lo hace, pero pensó en su hija, en sus nietos y en que no quería acabar en la cárcel por una mujer que no valía la pena. Afortunadamente, José supo controlar sus impulsos. Ahora dice que no quiere volver a Valencia, porque tiene miedo de encontrársela en su casa y no quiere que ocurra una desgracia. Además, no quiere que su hija lo vea así. “Cuando tenga la paguita, a lo mejor vuelva a verlos, pero no quiero preocuparlos diciéndoles que vivo en la calle”. José es una persona muy culta, sabe de todo un poco; de cuadros, de pintores, de zonas turísticas de la capital. Nos recomienda museos de Madrid, como el Zoroya, “el mejor de Europa”, dice. Habla del Palacio de cristal del Retiro y también de la Puerta del sol, donde cada Noche Vieja se toma las uvas al ritmo de las campanadas, aunque este pasado año no pudo ir porque había mucha vigilancia y no le dejaban pasar con una botella de cerveza que le habían regalado por las fechas.

José es un mendigo, un “sin techo”, un hombre de la calle. Él dice que es feliz porque está vivo, porque come cada día, y porque vive en una ciudad hermosa, donde siempre conoce gente nueva. Aún así, sabe que puede estar mejor y tiene esperanzas de que algún día su vida vuelva a cambiar y ésta vez sea para bien.

1 Comentario

  1. Podría decir simplemente que el artículo me gustó y te felicitaría por ello, pero por que me gustó? porque aunque esté dirigida esta publicación a un número reducido de personas, ese número verá a un mendigo pidiendo una simple ayuda, recordará tu artículo y no mirará hacia la acera de en frente. Felicidades.

  2. Romy, me encantan tus artículos!!! Porque nunca nos los envías? Acaso es timidez o humildad?

    En todo caso me encanta este en especial, ya he hablado con indigentes un par de veces y hace tiempo que veo uno por mi barrio muy curioso y nunca tengo tiempo para pararme a hablar con él.
    Este hombre negro, alto, con larga barba y demasiados años encima, lleva un par de maletas, las cuales he visto que no siempre utiliza. Se suele sentar en una escalera a dibujar mirando hacia la calle, pero nunca he podido ver sus dibujos. No mendiga, o al menos no lo he visto y quizás por eso me intriga tanto su historia.

    Muchas veces lo que esta gente necesita es solo un poco de compañia. Somos tan egoístas que ni siquiera eso podemos dar?

    Un beso grande.

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