Homenaje a mis abuelas

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¡Qué grandes mis abuelas!

Hijas de una misma patria, de una misma escuela, de un mismo maestro.

Labradoras de la tierra, trabajadoras del campo y pastoras del rebaño.

Maestras del buen hacer, del cariño y del cuidado.

Sumisas a sus maridos. Dedicadas a sus hijos,haciendo cuentas y cábalas para que no les faltasen sus papas.

¡Las mejores equilibristas, sin duda!

Trasportaban en sus cabezas cestos de ropa para llegar al arroyo donde lavaban a mano.

Los burros y sus propios pies, eran el único medio de transporte que tenían.

¡Todo en ellas era trabajo y esfuerzo!

Y que decir de sus partos, donde la única anestesia era su coraje y valentía,

sin una mano a la que poder agarrarse cuando el dolor venía.

!Que grandes mis abuelas!

Sus primeros hogares fueron chozos, las cunas de sus niños canastos de corcho.

Todos juntos alrededor de la lumbre, comiendo del mismo plato,

donde los cuentos y las leyendas les hacían compañía.

!Que momentos más entrañables a pesar de las carencias!

Siempre con el respeto máximo de sus hijos, algo que hoy se ha desvanecido.

Expertas en hacer quesos, potajes y ese cabrito o cordero a la caldereta.

Siempre con una sonrisa sincera cuando las visitaba su nieta

y a la espera de una moneda, para decir al mundo: me ha convidado mi abuela.

Vivieron una guerra civil y superaron con valentía todo lo aquel conflicto dejaba.

Perdieron muy jovencitas a sus madres y tuvieron que sobreponerse al dolor rápido, porque la vida en el campo y el cuidado de sus hermanos así se lo pedían.

¡Que grandes mis abuelas!

¡Que generación más luchadora!

Esfuerzo, dedicación, trabajo, conformismo, ímpetu, garra, definían a mis abuelas.

Mi despedida con ellas fue en en mismo lugar, en la misma cama.

Ambas dormidas, sus cuerpos desplomados, cansados de los avatares de la vida.

Al entrar en la habitación, una abrió esos ojitos azules, pequeñitos porque se estaban apagando, pero de un azul intenso.

Unos ojos que estarán siempre grabados en mi retina, al igual que esa sonrisa que dibujó su cara al verme.

La pregunte quién soy y dijo mi nombre. Tranquila y feliz volvió a quedarse dormida.

Sabía que me estaba esperando, que quería verme.

La abuela de los ojos verdes, al notar mi presencia abrió los ojos, también pequeñitos de tanto dolor como estaban recibiendo, pero de ese color esperanza que anima a no dejar de luchar hasta el final, como hizo ella, una luchadora incondicional en toda su vida.

Con ella sí hable un poquito, me decía que estaba bien, me preguntaba cómo estaba todo el mundo.

Cuando avanzaba la conversación, le volvía el sueño y sus ojos se cerraban. La observé atentamente y me despedí de ella en silencio, igual que lo hice con la abuela de los ojos azules.

Sabía que era la última vez que las veía con vida,

pero me iba muy satisfecha por que me hubiesen conocido y por saber que acudí a su despedida.

¡Ay mis abuelas, que grandes abuelas!

¡Qué orgullosas podéis estar del legado que dejasteis!

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