Historia de un asesino

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Veinte años median entre  la aparición de la novela de Patrick Süskind en las librerías del mundo y su adaptación a la pantalla grande. Veinte años de un libro que, con una prosa exuberante y madura, casi tan embriagadora como el perfume del título, nos narra la vida  de Jean-Baptiste Grenouille, un joven de clase baja poseedor de un olfato excepcional, que acababa obsesionado con confeccionar un perfume que capturara la esencia corporal de varias jóvenes vírgenes. Tom Tykwer ha conseguido que, siendo fiel al espíritu de la novela, nazca una experiencia completamente distinta con su adaptación a la gran pantalla de “El Perfume”.

Jean-Baptiste Grenouille (Ben Whishaw) nació en mitad del hedor de los restos de pescado de un mercado y fue abandonado por su madre en la basura. La autoridad se hizo cargo del bebé y sentenció a su madre a la horca. El chico creció en el ambiente hostil de un hospicio, en el que nadie le quería. Había algo que le hacía diferente: no tenía olor. Sin embargo, Jean-Baptiste poseía un olfato excepcional. A los 20 años consigue trabajar para el perfumero Baldini (Dustin Hoffman), quien le enseña a destilar esencias. Pero él quiere atrapar otros olores: el del cristal, el cobre… pero, sobre todo, el de ciertas mujeres. A cambio de un centenar de fórmulas de nuevas fragancias con las que Baldini podría hacerse rico, éste le escribe una carta de recomendación para que pueda aprender el arte de enfleurage en la capital mundial del perfume: Grasse. Una vez allí, conseguirá su objetivo: un magnífico perfume cuyo ingrediente es la esencia de jóvenes muchachas.

Es realmente dificil hacer una película cuyo protagonista es amoral y despiadado, pero Tom Tykwer logra hacerla funcionar, alejándose de intentar hacer juicios. Su protagonista es un hombre obsesionado con su arte y en la persecución de su sueño: un aroma totalmente nuevo cuyo poder sobre la voluntad pueda usarse para esclavizar a la humanidad. Sin embargo, Grenouille, el hombre del olfato sobrenatural, no busca fama, dinero o poder… simplemente perfeccionar su técnica y satisfacer su obsesión. El director conduce con aplomo esta historia, cuyos escenarios van desde sórdidos laboratorios hasta plazas enteras donde se prepara la ejecución del protagonista. Cada cuadro cuida el detalle y la espléndida estética visual que logran transmitirnos la obsesión del asesino. Sin grandes efectos especiales, Tykwer nos “muestra” el mundo de los olores y su poder en el protagonista.

El casting, sin contar con grandes nombres de la industria de Hollywood (a excepción de Dustin Hoffman y Alan Rickman) es acertado. Ben Whishaw consigue hacer una brillante e inquietante interpretación del asesino, Las protagonistas femeninas, Rachel Hurd-Wood y Karoline Herfurth tienen algunos buenos momentos pero sus personajes no están muy desarrollados y se vuelven meros auxiliares de la trama.

Quizás las únicas fallas de la cinta llegan al final, cuando la narrativa cambia bruscamente a farsa, entregándonos escenas de tal irrealidad que chocan de lleno con el desarrollo que habíamos disfrutado hasta el momento. Y lástima también que momentos tan importantes como el que tiene lugar en la plaza mayor de Grasse queden atrapados entre lo que exige la historia y lo permisible en una gran producción como ésta. Ciertamente la conclusión es impactante e inolvidable, pero difícilmente a tono con la precisa narrativa del resto de la historia. Sin embargo, al final de la proyección, uno tiene la sensación de haber presenciado una obra de un acabado excepcional, lujosa en su descripción de lo miserable y lo tortuoso, y a uno de los mejores protagonistas masculinos del año, sin olvidar una estupenda banda sonora.

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