Hiroshima, Nagasaki… ¿Fukushima?

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Otra vez Japón. Como si de una macabra ironía del destino se tratase, el país del sol naciente ha vuelto a mantenernos en vilo ante la posibilidad de haber protagonizado otra de las mayores crisis nucleares de la historia. En esta ocasión, la hecatombe no habría sido fruto de la fatal condición humana, tal y como ocurrió en los dos episodios que finiquitaron la Segunda Guerra Mundial. En Fukushima, este desolador escenario ha sido provocado por la propia madre naturaleza: un terremoto de 8,9 grados en la escala de Richter, el de mayor magnitud registrado hasta la fecha en Japón (donde los movimientos sísmicos se encuentran a la orden del día) y el cuarto a nivel mundial, desencadenó un tsunami con olas de hasta 10 metros de altura. El resto de la historia es sobradamente conocido a la vez que, desde Europa, nuestros dirigentes de Bruselas contribuían a sazonar generosamente la tragedia con su particular dosis de histerismo calificando el suceso literalmente como el “Apocalipsis”.

Las noticias provenientes de Fukushima ya no copan las portadas de los periódicos, ni forman parte, como hace apenas un par de meses, del contenido casi íntegro de los telediarios. Sin embargo, los peligros de la catástrofe aún persisten. Sin bien es cierto que, por fortuna, se ha logrado evitar este Apocalipsis al que se llegó a hacer referencia, noticias no demasiado halagüeñas continúan llegando desde este rincón del planeta. Lo más reciente, la interrupción de las labores de limpieza de agua contaminada por unos excesivos niveles de radiación (de los cuales se desconocen aún las causas), el aumento del número de trabajadores de la central contaminados por radiación (ya son 8 los afectados) y las filtraciones al mar de parte de las más de 100.000 toneladas de agua radiactiva acumulada. Como consecuencia de esto último, se han llegado a encontrar restos de cesio radiactivo en ballenas del Pacífico a 650 km de distancia de la central damnificada.

Era de esperar que, ante la magnitud de la tragedia, el debate sobre la seguridad de la energía nuclear volviese (si es que alguna vez se fue) a ser candente actualidad. Los gobiernos de las principales potencias mundiales, bien a través de comunicados o de la ejecución de determinadas medidas, se posicionaban, de uno u otro modo, a favor o en contra de tan polémica fuente energética. Sin duda, una de las determinaciones más sorprendentes fue el aviso, por parte del gobierno alemán, de cerrar todas sus centrales nucleares para el año 2022. Nuevamente ha tenido que ocurrir una catástrofe de dimensiones descomunales para que, de una vez por todas, se tomen cartas en el asunto (y eso sólo en el mejor de los casos).

Quien escribe ha nacido y se ha criado en una provincia que hasta hace no mucho tiempo albergaba cuatro centrales nucleares, de las cuales tres continúan aún operativas y no se hallan precisamente exentas (muy especialmente la ubicada en Vandellós) de proporcionar algún que otro susto a la población de la zona. No niego que, justamente quizá por este motivo, trate este tema con especial sensibilidad, aunque no por ello alejándome de los juicios de la razón. Con ello quiero decir que la sociedad debería ser algo más reticente a la hora de creerse algunas afirmaciones a las que recurren hasta la saciedad los defensores de lo nuclear, muy especialmente la tan manida referencia al elevado coste económico de las renovables. La inversión inicial que requiere la infraestructura de las energías alternativas es bastante elevada, cierto, pero la producción energética posterior es relativamente barata comparada con la nuclear (hay que tener en cuenta que el coste de construcción de una central nuclear es el 55% de la inversión total, con una vida de útil de 40 años). Además, no se puede generalizar y tratar a todas las renovables por igual como si todas ellas compartieran las mismas características: la energía solar, por ejemplo, es bastante más cara que la nuclear (según los últimos estudios, para un coste determinado se puede producir el doble de energía nuclear que solar), pero eso no ocurre con la eólica, con la que se puede producir aproximadamente un 20% más de energía con el mismo coste.

Hay que tener en cuenta también que los riesgos implícitos de la energía nuclear hace que los gastos en seguridad sean cada vez más elevados, ya que los nuevos reactores que se fabrican han de estar preparados para soportar un número cada vez mayor de efectos imprevistos. Precisamente la cuestión de la seguridad es la que más preocupa a los detractores de lo nuclear. Sus defensores se escudan argumentando que las probabilidades de accidente nuclear, en el peor de los casos, es de uno cada 25 años e incluso, según algunos estudios, la probabilidad es aún menor (aproximadamente un 50% de posibilidades de que ocurra una crisis como la que nos atañe a lo largo de un período de 40 años). Con estos datos en la mano podemos llegar fácilmente a la conclusión que una persona que viva entre 75 y 80 años (la esperanza de vida en los países desarrollados es incluso mayor) será testigo de entre uno y tres accidentes nucleares a lo largo de su vida. No parece un dato muy esperanzador.

A pesar de considerar las energías renovables como las evidentes sucesoras de las energías tradicionales, aún quedan algunos problemas por resolver. Uno de ellos es el de los ciclos intermitentes de producción, es decir, las limitaciones de producir energía cuando no haga viento o cando no haga sol. Sin embargo, se da la paradoja de que el caso contrario también es percibido como un inconveniente. Esto es, las centrales nucleares tienen que estar produciendo electricidad constantemente y es muy difícil poder adaptar la oferta a los picos y a los valles de la demanda. Las energías renovables podrían complementarse perfectamente con las hidráulicas o las térmicas en el caso de que no dieran abasto por sí mismas, evitando así también que se tenga que “tirar” energía producida y no consumida.

Desde el punto de vista de la contaminación atmosférica, habría que abordar una doble cuestión: por un lado, ni que decir tiene que los residuos radiactivos son altamente nocivos y potencialmente muy peligrosos para la salud humana y que su tratamiento o almacenamiento suponen un coste adicional considerable. Por el otro, es falso argumentar que se trata de una energía “limpia” que ayuda a combatir el cambio climático, puesto que los gases causantes del efecto invernadero provienen en un 90% de los medios de locomoción por carretera (precisamente la vía por la cual se transporta el material nuclear), mientras que tan solo el 10% restante procede de centrales térmicas.

No es ninguna utopía pensar que, con auténtica voluntad, las denominadas “energías verdes” pueden ir sustituyendo paulatinamente a la nuclear (tan solo un tercio de la energía producida en Europa procede de centrales nucleares). Sería conveniente que el dinero público destinado a subvencionar las energías tradicionales se utilizara en la investigación y desarrollo de las nuevas energías. De esta forma, éstas podrían ser cada vez más baratas y podrían convertirse pronto en una realidad mucho más cercana de lo que ya son hoy en día. En ese sentido, es importante resaltar la importancia que va a tener en las próximas décadas la irrupción de la energía nuclear de fusión (en contraposición a la de fisión, de la que hemos venido hablando hasta ahora). Cuando finalmente se disponga de una tecnología realmente competitiva, obtendremos una energía nuclear mucho más segura, ya que, en caso de imprevisto, la reacción se detiene al cortar el suministro de combustible sin depender ésta de ningún sistema externo de seguridad susceptible de errores, además de un nivel de residuos mucho menor.

A pesar de las, a priori, ventajas de las energías alternativas, los defensores de las nucleares continúan abogando por su necesidad. Recuerdo un antiguo profesor de la Universidad comparando la energía nuclear con el fuego, un elemento potencialmente muy peligroso pero que, con el paso de los siglos, el hombre ha aprendido a dominar y a utilizarlo en beneficio propio. Es posible que así sea, pero, existiendo alternativas viables menos arriesgadas, ¿merece la pena arriesgarse?

Fuente de la imagen:
www.elarsenal.net

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