¿Hasta qué punto deben llegar las competencias de la sanidad privada?

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En primer lugar, alejándonos de cualquier punto de vista influido por ideas políticas o idealismos de estructura social, debemos pensar en cuál es el sistema sanitario que beneficia en mayor medida al principal afectado, el usuario; aquel enfermo que se presenta en los centros sanitarios dejándose manejar por un entramado mezcla de burocracia con profesionales más o menos cualificados. Pero eso es otro tema que no ocupa hoy.
Una gestión privada de la sanidad va encaminada, necesariamente, a una rentabilidad económica dejando a un lado la dimensión humana y el carácter de servicio comunitario que por definición va unida a un sistema de salud moderno europeo. Este tipo de modelo de dirección olvida la calidad del servicio en gran medida. Esta situación repercute directamente en el usuario que demanda una serie de prestaciones difícilmente ofertadas por el sector privado. El único punto, a grandes rasgos, del modelo privatizado que podemos ver con buenos ojos es el mantenimiento económico sostenido, la búsqueda de una eficiencia sanitaria, un objetivo muy necesario.

En cambio, la gestión pública mira desde un punto menos prioritario la faceta económica. En este modelo priman los resultados médicos, un buen servicio unido a un equipo de investigación que difícilmente hubiera sido costeado por una empresa privada. Los objetivos de la sanidad pública gestionada de esta manera no se plantean de primera mano unos resultados económicos favorables, sino que el usuario se sienta lo más cómodo posible y sea atendido por el personal mejor preparado posible utilizando los medios más actuales que nos permite la ciencia.

No todo es tan bonito, ningún modelo es la piedra filosofal de la gestión. Seguramente la solución pase por plantear un sistema en mayor o menos medida mixto, que no deje de pisar la realidad económica, pero que en ningún momento pierda la esencia de lo que es: un servicio legítimo a la comunidad.

Aunque realmente de lo que se “goza” en nuestro país a día de hoy no es de una sanidad pública totalmente, sino que tiende a medida que transcurre el tiempo a privatizar determinados servicios. Ésta se sustenta bajo los pilares de, a mi parecer, uno de los mayores logros sociales de la democracia: una cobertura sanitaria universal, independiente de tu origen, defendida por unos médicos formados bajo un estricto programa, envidia de nuestros vecinos, que garantiza una atención de calidad.

Deben nuestros políticos aprender a seguir avanzando juntos, conquistar metas comunes dejando a un lado sus colores, porque éste es un asunto de gran interés, del que todos, tarde o temprano, tendremos que hacer uso de él.

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