Hardcore en las cenizas

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Éxodo es el relato autobiográfico de DJ Stalingrad (seudónimo del periodista Piotr Siláiev) y el retrato de la vida desesperada y la huida hacia ningún lugar de parte de la juventud postcomunista de Moscú, cuyos padres (el “hombre soviético”, una especie en sí misma surgida de las cenizas de la transformación) fueron incapaces de adaptarse a la nueva realidad que reina en Rusia: el capitalismo más salvaje que funciona gracias al extorsión, el robo y los sobornos. El autor, desde muy joven en la escena hardcore punk rusa y miembro de una banda del género, desgrana algunos de los episodios más turbios de su pasado girando con su grupo o buscando pelea.

58-éxodo-largeProbablemente has visto alguna vez uno de esos vídeos rusos en los que skinheads nazis (boneheads) se pelean salvajemente en alguna estación de metro de Moscú. Si te has sentido sobrecogido por esas imagenes, quizá deberías leer este libro para intentar entenderlo, si es que eso es posible. Los nazis campaban a sus anchas por la capital rusa protegidos por las autoridades, y alguna crew no estaba dispuesta a tolerar eso. Por las páginas de este libro fluyen la sangre, las drogas, la música, y la tarea de marcar la línea que separa el activismo político de la violencia más salvaje y descerebrada.

La banda de DJ Stalingrad organizaba conciertos en cines abandonados (como aquel mítico concierto de Minor Threat en un cine porno abandonado de Washington) o en alguno de los pueblos fantasma surgidos tras la caída de la Unión Soviética. Acudían a partidos de fútbol para poder pelearse en los alrededores del estadio, aunque jamás vieron un derbi; huían de las autoridades y emulaban las delirantes actuaciones y aventuras del malogrado músico punk GG Allin (cuyo nombre de nacimiento era Jesus Christ Allin, por cierto), quien solía acabar sus conciertos de dos maneras: en una pelea o en una comisaría. Tanto una cosa como la otra solían estar plenamente justificadas. También aparece en el libro el gran bluesman texano Blind Willie Johnson, un artista sobrecogedor y extraordinario que tuvo una muerte terrible y conmovedora, en la que hubo miseria y racismo a partes iguales. Parece como si el autor hubiera decidido comportarse como GG Allin antes que perecer como el bluesman, apenas acariciando el triunfo.

Curiosamente, no fueron las peleas multitudinarias las que le llevaron al exilio y solicitar asilo político en Finlandia, ni las drogas u otros delitos, sino el activismo. Poco a poco, los protagonistas parecen quedarse aislados dentro de su propio ambiente: las redadas policiales, la aparición en las peleas de armas de fuego, la transformación (por cierto, un fenómeno análogo en Europa) de las okupas combativas en antros llenos de neohippies adoradores de Gaia y abrazadores de árboles, consiguen que se replanteen sus vidas.

La narración se interrumpe a veces con notas a pie de página en las que el Stalingrad relata con un estilo más periodístico ciertos aspectos de la época que se está narrando: el hardcore punk en Moscú, los disturbios en Tesalónica o las entradas y salidas en Finlandia. Este es su primer libro: vio la luz por primera vez en internet, de donde dio el salto a la revista literaria Znamia y después a la editorial Ázbuka, supongo que por alguna especie de milagro. En España ha sido editado por Automática Editorial, y su publicación es todo un acierto. Un libro desagradable, escueto, tierno y bien escrito, capaz de hacerte soltar una carcajada y de revolverte el estómago al mismo tiempo. Un autor que seguramente tiene aún mucho que mostrar, y una invitación a reflexionar sobre Rusia.

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