Hamlet del inframundo

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Peter Brook dijo que para entender Hamlet era fundamental olvidarse de todo lo que sabíamos de él, incluso de Shakespeare, concebir el personaje como si se tratara de una persona que existió de verdad. Tal vez hablara de su montaje en particular, no obstante, de lo que no hay duda es que este planteamiento es necesario para conectar con la versión de Tomaz Pandur.
El espectador ha de enfrentarse a este
Hamlet sin ideas preconcebidas pues la propuesta de Pandur no se parece a ninguna otra.
Y no por que el príncipe de Dinamarca sea encarnado por una mujer (eso ya ocurrió en 1960 con Nuria Espert en el Grec barcelonés), sino porque la escenografía, el simbolismo de los objetos, los caracteres de los personajes, en definitiva, todo el mundo que el director recrea, se asemeja más al inframundo que al mundo en sí mismo.

La escenografía deja sin palabras. Pandur apuesta por un decorado minimalista en el que el rojo y el negro se convierten en protagonistas y del que pueden emerger bicicletas “voladoras” o barras de bar provenientes del infierno. Las naves de El Matadero adquieren distintos planos de profundidad a través de la composición de las escenas. En el primero, nos muestra a Hamlet golpeando un saco de boxeo, mientras que en el siguiente, más lejano, los actores descubren sus cuerpos desnudos con vestiduras similares a uniformes nazis. Una balsa de agua rodea la escena y adquiere gran significado en el transcurso de la obra, se convierte en la barrera que distancia a Hamlet y su supuesta locura del resto de personajes. Cada pequeño elemento parte del entramado favorece a crear un universo de oscuridad, sexualidad pronunciada, representada en las manzanas, y violencia. En ocasiones, las piezas adquieren tal importancia que llegan a alejarse del texto.

Los dos actos están claramente divididos, no ya por el cabaret que los propios actores organizan en el descansillo y que ameniza sin duda la representación, sino por el recurso del director con el que se rompe la cuarta pared. Hamlet presenta a los comediantes, que llegan para divertir a la corte, no obstante, los presenta con sus nombres reales, él mismo se introduce como Blanca Portillo, y esto devuelve al espectador a la realidad del teatro como espacio. El primer acto se centra más en el artificio y en la pasión de los protagonistas mientras que el segundo acto resulta mucho más contenido y profundo, lo cual, deja mejor sabor de boca al que los presencia.

Blanca Portillo realiza un trabajo espléndido. Dota al personaje de vigor y sensibilidad propia sin caer en lo femenino. Su transformación en el príncipe de Dinamarca va más allá de lo físico y de lo tangible. El espectador olvida el sexo de la actriz incluso cuando aparece desnuda pronunciando el monólogo del “Ser o no ser” (escena bellísima por la que simplemente merece la pena ver la obra). Portillo es el mayor atractivo de la obra y el soporte del resto de actores, que presentan interpretaciones irregulares.

Esta versión de Hamlet no deja indiferente a nadie. Es capaz de provocar rabia, indignación, pero al mismo tiempo, desconcierto y fascinación. Sólo por eso y por el espectáculo majestuoso que se recrea en la escena, merece la pena ir a verla.

Fuentes de las imágenes:
http://entrebambalinas.net/img/bambalinas/971.jpg
http://ecodiario.eleconomista.es/imag/efe/2009/02/10/1915027w.jpg

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