Hambre de cuerpo y alma

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El escritor noruego Knut Hamsun (1859), Premio Nobel de Literatura en 1929, por su obra La bendición de la tierra, tiene un libro maravilloso a la par que inquietante llamado Hambre.
Hambre se sitúa en Christiania – antigua capital de Noruega- y el protagonista es un hombre sin nombre, un anónimo cualquiera del que se desconoce su origen y pasado, tan sólo se ofrece el dato de que escribe artículos y folletines para un periódico. Un individuo que siente a golpe de fuerza la soledad en medio de la muchedumbre, de la sociedad. Un hombre solo frente al mundo hostil de la ciudad.
El relato arranca con el inicio del otoño, estación donde todo muere y marchita. El protagonista se despierta en un cuchitril donde habita y las primeras palabras que expresa son el recuerdo del hambre que pasó en un tiempo ha: ‘fue en aquella época cuando yo vagaba pasando hambre por Christiania, esa extraña ciudad que nadie abandona hasta quedar marcado por ella…’

La escasez de alimento, las triquiñuelas para obtenerlo y sus consecuencias son el eje central de esta historia. El anónimo deambula por las calles de una ciudad gris, fría e inclemente en busca de sustento, y a esta hambre se le unirá el frío. La falta de comida que se alargará en el tiempo, hará estragos fuertes y provocará progresivamente su rechazo a la misma, llegando a causarle náuseas, vómitos e incluso la intolerancia al agua y su propia saliva. Su cuerpo y alma se transformarán en un cúmulo de huesos esqueléticos, un físico demacrado que se va consumiendo con su ser, sintiendo muy próxima la muerte.

Hambre puede interpretarse como un vacío espiritual de una vida plagada de carencias y déficits. Vida mutilada que no permite el desarrollo y crecimiento del individuo.

A través de los recuerdos, los monólogos, su diálogo interior que raya con la esquizofrenia, y las conversaciones con los distintos y curiosos personajes que encuentra en su camino -El guarnecedor de zapatos, Ylayali, La Señorita, Comodoro o el Tijeras- uno llega a pensar si estas personas son fruto de su imaginación, de su fantasía; o por el contrario, si son reales.

Su miseria y penuria la padece tan intensamente, que esas raíces que han penetrado muy dentro le conducen a inventar sujetos e historias de ficción, además de adjudicarse identidades dispares, para aparentar lo que no es y representar todo aquello que le falta. Unas veces se presentará como el Señor Tangen y otras llegará a convertirse en pastor de iglesia. Todo ello lo hará de manera consciente de su vida al límite y como escudo protector de su estado frágil y vulnerable ante los demás, pues estas mentiras refuerzan su ego y le evaden de su situación personal.

El estado de ánimo del principal actor oscilará radicalmente entre la alegría y la depresión. Es un individuo complejo y ambiguo, atormentado con la honradez y rectitud, el cual, se fustiga y avergüenza por pensar en pedir ayuda. Reclamará alzando la voz a Dios por la injusticia que se ha cometido con él y por sentirse abandonado.

Su modus vivendi le resulta un laberinto sin salida, una ‘trampa’ que le ha atrapado y de la que es difícil escapar, y en su mano estará la clave para el cambio drástico de su día a día. Los pensamientos envenenados y ácidos que rondan su mente, y la manera de actuar e interactuar con la gente, levantarán muy poca simpatía hacia este hombre, si bien la obra ofrece momentos de mucha intensidad y emotividad en los que uno no puede evitar conmoverse sintiendo una especial ternura y compasión. En sus reflexiones varias llegará a decir: ‘Mi locura era un delirio provocado por la debilidad y el agotamiento, pero no había perdido la conciencia. De pronto se me antojó que me había vuelto loco’(…) Locura o cordura de su existencia.

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