¿Hacia un individualismo deshumanizante?

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No es un secreto que el ser humano mira por sus propios intereses y que los hombres, de por sí, tienden al egoísmo. Esto no es en sentido estricto algo negativo; el problema se da cuando los propios países actúan también como individuos y cuando la propia condición humana y de dignidad se va perdiendo en el tiempo conforme nos dejamos llevar por esa supuesta evolución de la sociedad democrática capitalista que, tras habernos liberado de la opresión y la censura, nos conduce hacia una era confusa llamada posmoderna donde la imagen, el hedonismo y la superficialidad, cuando no la falta de escrúpulos se vislumbran ya como una tendencia creciente y que, no más lejos de realidad parecen signos más propios de una involución.

Y es que por muy pedantes y sensacionalistas que parezcan muchos de los autores apocalípticos de hoy en día como U. Eco o D. Wolton, hay que reconocer que sus reflexiones no parecen demasiado desencaminadas, aunque tal vez sí algo exageradas…

Resulta evidente que la libertad personal de un individuo es esencial, pero sus límites son desde antaño objeto de diversas discusiones y deliberaciones legislativas, pero ¿conduce realmente el individualismo al progreso?, o más concretamente, ¿está una sociedad desarrollada lo suficientemente capacitada para gestionar el individualismo imperante hoy en día?

El etnocentrismo, como actitud negativa hacia la pluralidad cultural se da en la mayor parte de sociedades, está muy arraigado en la sociedad occidental, cuyo alto índice de desarrollo científico-técnico es identificado erróneamente con un mayor nivel de desarrollo cultural y de civilización. Todos somos etnocentristas y no podemos evitar serlo; no podemos vivir existencia humana sino desde y por medio de nuestros propios marcos culturales

Pero en realidad, no el etnocentrismo, sino la absolutización de nuestros marcos culturales, que sólo puede ser producto de la ignorancia, conduce a la violencia y a la guerra. Un etnocentrismo iluminado y relativizado por la educación conduce al intercambio armónico, al respeto mutuo, a la creatividad y a la paz.

Pero malas perspectivas hay de solución mientras se imponga de hecho, que no derecho, la falsa tesis de que todas las opiniones poseen el mismo valor porque, entonces, la falsa moneda filosófica tiende a expulsar a la buena de la normal circulación de las ideas. Si el bien y el mal poseen los mismos derechos, si la verdad y el error tienen el mismo valor, entonces quienes ganan son el mal y el error. Y no hay mal y error comparables a la negación de la condición personal del hombre.

Una primera dimensión del desencanto posmoderno es la pérdida de fe en que exista una teoría que posea la clave para entender el proceso social en su totalidad. Nuestra época se caracteriza por un recelo frente a todo tipo de metadiscurso omnicompresivo.

Esta desconfianza nace de una intención totalitaria; de homogeneizar lo que es extremadamente heterogéneo.

¿Qué es ser egoísta?: Es renunciar a la condición humana, a lo coafectivo, es desconocer que somos prolongaciones de los demás. Aunque a los egoístas no les guste, estamos conectados unos a otros por naturaleza, intercalados, apretados, casi abrazados, de tal manera que ignorar al prójimo es negarse a si mismo.

Ya puestos, y aunque resulte irónico, puede llegar a ser enriquecedor y muy edificante situarse en la perspectiva de un solipsista para entender el individualismo y confusión al que me refiero: el solipsismo es la creencia metafísica de que uno solo existe, y esa existencia sólo significa ser parte de los estados mentales del propio yo – todos los objetos, personas, etc., que uno experimenta son meramente partes de la propia mente. Un error común del razonamiento consiste en asentar que esto convierte a uno en un Dios, creando la realidad en la que uno existe. Esta falta de comprensión proviene de la dificultad de apreciar completamente grandes escalas.

La sobreinformación, en cantidad e intensidad, está bastante meditada. Si no disponemos de herramientas culturales para acomodar los datos, e interpretar las informaciones, la vorágine de la difusión, y su carácter masivo y unificado, va camino de hacer inútil el acceso a varias fuentes distintas, o la posibilidad de comparar opiniones encontradas.

Eco habla de un solipsismo informativo, es decir, que cada uno atienda estrictamente a la información que él mismo se procura, no es una solución para generar una mejor estructura cultural. Es simplemente el último espejismo del postmodernismo capitalista para mostrarnos “El Dorado”.

Fotografía:
http://www.coparmex.org.mx/contenidos/publicaciones/Entorno/2003/feb03/d.htm

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