Habemus Presidente

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Quienes sepan más o menos cómo se suelen adoptar en el seno de la UE las principales decisiones con respecto al funcionamiento de la Unión, estarán aún con los ojos abiertos. Para los que no tengan ni idea, decir básicamente que cuesta sangre, sudor y lágrimas que los Estados miembros de pongan de acuerdo. Ya entra dentro de la normalidad que las jornadas se prolonguen hasta el amanecer y que todos acaben cediendo ante el típico líder -los hay, y muchos- que deciden cruzarse de brazos y ponerse en un rincón hasta que se accede a sus exigencias. Pero lo de hoy ha sido visto y no visto.
El camino de la Unión Europea ha sido siempre difícil, y más cuando se dejó la puerta abierta para que ingresaran más y más países. Ya somos 27 -desde 2007- y era necesario un parón en la política de ampliación. Antes había que realizar serios ajustes, que pasaban por dotar a la Unión de un nuevo Tratado. El de Niza -pensado para una Europa de 15- quedaba antiguo. Apostar por una Constitución Europea fue un paso muy ambicioso. Ésta fue ratificada por los entonces 25 líderes pero el problema surgió a la hora de ser aprobada por los parlamentos nacionales o los ciudadanos. Francia y los Países Bajos dijeron NO en las urnas y sumieron a la UE en una de sus peores crisis.

El Tratado de Lisboa nació de las cenizas de esta fallida Constitución. La principal valedora fue Angela Merkel, quien en 2007, durante su presidencia de turno, consiguió sacar adelante el Tratado de Lisboa, una miniconstitución bastante descargada.

Desde entonces y hasta hace aproximadamente un mes, los 27 han ido ratificando ese Tratado. En todo este tiempo hemos visto cómo algunos países han puesto a Lisboa casi en el corredor de la muerte. El no de Irlanda paralizó el proceso y el presidente checo, Vacláv Klaus, hizo todo lo posible para que la Justicia de su país declarara ilegal el Tratado.

Con el proceso de ratificación ya superado, el texto entrará en vigor en unos días, el primero de Diciembre. Mientras tanto, hoy era el día D, cuando los jefes de Estado y de Gobierno se reunían en Bruselas para decidir quiénes se pondrían al mando de la Unión a través de los dos nuevos cargos que introduce Lisboa: el presidente permanente del Consejo Europeo y el vicepresidente de la Comisión Europea y Alto Representante de exteriores. Las presidencias rotatorias de seis meses continuarán, pero perderán mucho poder. El que se vuelve a casa es Mister PESC, el español Javier Solana, que será sustituido por ese superministro de Exteriores.

El baile de nombres que se han barajado en estas últimas semanas ha sido continuo, así como la cantidad de obstáculos que se han ido poniendo por el camino: que si hombre, que si mujer, que si socialista, que si conocido… Ha sido muy interesante ver los pasos que ha ido dando cada país y los nombres que se han ido poniendo sobre la mesa. Los españoles contábamos con dos candidatos a Míster Europa: los ex presidentes José María Aznar y Felipe González. Pero el más insistente – que no favorito- ha sido el ex primer ministro laborista Tony Blair, al que muchos países veían con bastante recelo por su cercanía a Bush y su postura en la Guerra de Irak.

Reino Unido ha peleado hasta el final pero finalmente ha ganado el eje franco-alemán con la victoria de Herman van Rompuy, actual primer ministro belga, del centro derecha. A Rompuy le conocen en Bélgica y la poca familia que tenga repartida en otros países. Hay que reconocer que en su territorio ha sido fundamental para dotar a Bélgica de cierta estabilidad, pero fuera de sus fronteras poco se sabe de él. ¿Entonces por qué ha sido elegido? No es excesivamente difícil encontrar la respuesta: los grandes países no quieren que el nuevo presidente reste protagonismo a los grandes líderes como Sarkozy o Merkel, que conciben a Rompuy como a un títere al que manejar en todo momento. De ahí, el apoyo de Francia y Alemania.

Por lo que respecta a España, a Zapatero incluso le ha venido bien esta elección, ya que ha tenido la desgracia de que el Tratado entre en vigor justo cuando va a asumir la presidencia rotatoria de la Unión – se mantienen, pero evidentemente con mucho menos poder del que tenían ahora-. De esta forma, nuestro presidente podrá tener cierto brillo durante sus seis meses europeos.

Despejado el camino del presidente, quedaba el del responsable de exteriores, que tenía que ser por descarte, socialista. Éstos no esconden que siempre les ha interesado más este cargo que el de presidente. Los españoles conseguimos introducir en la lista a Moratinos, con un insistente apoyo francés. Lo que no se ha contado es el beneficio que Francia hubiera obtenido ya que si el español hubiera sido finalmente elegido, Joaquín Almunia -comisario de Asuntos Económicos- debería haber salido, ya que no se permite a dos miembros de un mismo país estar dentro de la Comisión.  Con este hipotético resultado y con Almunia fuera de juego, los franceses hubieran intentado hacerse con este cargo para controlar las jugosas finanzas de la UE.

Finalmente ha salido elegida la británica Catherine Ashton, actual comisaria de Comercio y otra desconocida casi hasta en su propio país y sin ningún mérito destacable. Está claro que no era la favorita, pero no era muy complicado deducir que, tal y como estaban sucediéndose los hechos, resultara finalmente elegida. En los últimos días, las principales autoridades femeninas de la Unión reclamaban que una mujer ocupara al menos uno de los cuatro grandes cargos de la UE. Además, al ser desactivado Tony Blair, había que compensar de alguna forma a Reino Unido, que podía suponer un claro obstáculo para llegar a esta resolución final.

Una resolución que aún sorprende a todos. Los dos principales rostros de la Unión, aquellos que nos representarán en el exterior son unos auténticos desconocidos. Detrás de ellos, estarán moviendo los hilos, como siempre, los grandes de la UE.

Fuentes del texto:
www.elmundo.es
www.elpais.com
Fuentes de las imágenes:
Timesonline.co.uk
bundeskanzlerin.de

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