Guardiola

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Pocos tuvieron el valor de creer en el destino cuando Pep aterrizaba en el Camp Nou. Su currículum no invitaba a ello: un buen trabajo con el filial, al que subió de categoría en sólo un año, y con el que parece tener un idilio que se proyecta hasta el infinito. No fueron bien acogidas las salidas de Ronie y Deco, así como tampoco el desplante a Eto’o. Guardiola entraba como un elefante en una cacharrería y su mano dura empezaba a hacer mella. Para más inri, los primeros resultados invitaban a torcer el gesto: la derrota en Los Pajaritos fue digna de un largometraje de terror.

Y, héte aquí, tres años más tarde nadie recuerda aquella derrota de bienvenida. Guardiola llegó con pelo y se irá sin él, pero también con la satisfacción de haber superado las expectativas. Aseguraba el otro día Ramón Besa en El País, que Guardiola tiene dos síntomas de vejez: su rostro, símbolo inequívoco de hastío; y su currículum, más propio de un entrenador en etapa de senectud que de un debutante. Los nueve títulos de Pep tienen precio, y el de Santpedor lo paga en cada encuentro. Su mutación denota su amor por el fútbol y lo mal que lleva el desgaste mediático. Contratos cortos, de año en año. Por si hay que salir corriendo.

Espigado y enclenque, Pep hace gala de saber estar y respeto. Sus trajes y corbatines son ya el vestuario propio de un ganador. También pierde los papeles cuando el viento sopla demasiado. No nos engañemos: Guardiola no micciona colonia, aunque sí desprenda mejor olor que algún que otro homólogo en la profesión. Su reto es seguir soportando tempestades para superar a Cruyff y a su Barça. No será fácil. Escuece mucho que este equipo cambie el guión establecido, la batalla seguirá a la orden del día. Un recordatorio: si vence en Wembley será el entrenador con más Ligas de Campeones en el club. No está mal para llevar tres años.

Como persona inteligente que es, Guardiola se irá del Barça. Sus horizontes están más lejos de quedarse viviendo de la renta en el club. Sin embargo, es justo reconocerle lo conseguido y que, seguramente, tras su paso quedará una impronta, un nuevo sello de competitividad. Quizás, tras ése 28 de mayo que tanto nos inquieta, podamos mirar a algunos a la cara sin remilgos. Pep se ha ganado a pulso nuestro respeto.

Foto: AP
Texto: Elaboración propia

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