Gripe A: un nuevo caballo de Troya

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Gripe ALa Organización Mundial de la Salud (OMS), los gobiernos de la mayor parte del mundo, los grandes conglomerados de la comunicación y todo aquel individuo con algún interés hasta ahora desconocido han bombardeado a la opinión pública con mensajes más que preocupantes sobre los efectos de la gripe A, disfrazándola de una amenaza mayor que una simple gripe, hasta llegar a declararla como pandemia antes de que pueda demostrarse sus posibles efectos mortíferos sobre la población mundial.
Se han encendido todas las alarmas antes de que pudiera suceder cualquier catástrofe sanitaria, sin un fundamento médico riguroso y racional que ratifique la teoría de una nueva pandemia, mientras se fabrican millones de vacunas para proteger al ser humano. Un argumento que nos puede hacer pensar que existe una mano negra interesada en el alarmismo más notable, que hay intereses económicos y políticos ocultos con el objetivo de enriquecer a grandes industrias farmacéuticas a costa del pandémico terror a la gripe A.

El origen de esta enfermedad vírica comenzó según algunos indicios en México a principios de marzo de 2009, cuando se detectó una gripe que derivaba en numerosos problemas respiratorios y afectaba al 60% de la población de La Gloria, Veracruz, México. Poco después se detectan dos casos aislados de los anteriores en los Estados Unidos de América, y en abril se produce la primera muerte por complicaciones respiratorias debidas a ese mismo virus gripal en Oaxaca, México. Se habla entonces de los primeros afectados de la denominada gripe porcina, causada por una variante del Influenzavirus A de origen porcino, subtipo H1N1. Tras las primeras investigaciones y la extensión de los casos en México, Estados Unidos y Canadá, la OMS elevó el nivel de alerta a finales de abril ante una posible epidemia mundial al verificar que el Influenzavirus A se transmite de persona a persona, y además decidió sustituir la equívoca nomenclatura de gripe porcina por gripe A. En junio ya se declaraba el nivel 6 por posible pandemia ante la gravedad de propagación geográfica internacional. No obstante, algunos expertos como el jefe del Departamento de Microbiología del Mount Sinai Hospital de Toronto, el doctor Donald E. Low, creen que está por confirmarse la relación entre el virus de la gripe porcina H1N1 y el de los casos iniciales confirmados en México.

En el mes de julio de este mismo año se ratifica la rápida propagación de la enfermedad entre los humanos, el número de casos por países continúa ascendiendo, tanto en el hemisferio norte como en el hemisferio sur. Pero se observa que ese aumento de contagios y muertes en el mes de agosto están muy por debajo de las previsiones negativas auguradas por la OMS, y ello a pesar de que en los países del cono meridional de América, donde ya está finalizando el invierno –época estimada de mayores contagios virales-, se han enfrentado a la gripe A sin los preparativos llevados a cabo por los países del norte y el número de afectados o muertos ha sido muy inferior a los causados por la gripe común. Según las estimaciones, la mortalidad de la gripe A es de entre el 0,2% y 0,8% dependiendo del país, mientras que la mortalidad provocada por la gripe común es del 2,6%.

Hasta el día de hoy la OMS ha contabilizado en todo el mundo más de 351.000 infectados confirmados en laboratorio y más de 3.800 muertes ratificadas con origen en esta enfermedad. Los países con mayores víctimas mortales causadas por la gripe A se encuentran en América: Brasil con 819, Estados Unidos con 628, Argentina con 512 y México con 211. Sin embargo, y como ocurre en el caso de la gripe común, el número de contagios aumentará con la bajada de las temperaturas en el hemisferio norte, como ha ocurrido ya en la primera semana de septiembre, cuando el número de infectados ascendió un 25%, pasando de 41,2 casos por 100.000 habitantes a 53,6.

Todos estos datos avalan la teoría de que la gripe A no está siendo especialmente peligrosa, un virus nuevo que no es más agresivo que el resto de las gripes, sino que es más contagioso, más penetrante en el ser humano. Es decir, afecta a un mayor porcentaje de población por su fácil y rápida forma de contagio, pero no es más virulento que los anteriores.

El Influenzavirus A hace descender las defensas de la persona, la cual, si tiene problemas médicos existentes con anterioridad, está desnutrida, falta de vitaminas o es indigente, será más vulnerable a las bacterias que coexisten entre toda población sana o en el medio ambiente. Al igual que le ocurre a los grupos de población denominados de “riesgo”: embarazadas, niños, adolescentes, adultos jóvenes y enfermos crónicos; todos ellos siempre poseen un plus de vulnerabilidad añadido. Son esos agentes patógenos que existen a nuestro alrededor, y no otros nuevos, los que hacen enfermar al individuo, empeorar su estado de salud a causa de otras enfermedades más graves como la neumonía, provocando incluso la muerte.

Un informe presentado por el Massachusetts Institute of Technology sobre la respuesta de la OMS a las amenazas de esta pandemia indica que existe un problema de previsión, ya que este organismo sólo tiene en cuenta a la hora de hacer sus planificaciones el peor escenario posible, adoptando medidas que son percibidas como injustificadas y alarmistas. De esta manera, se está exagerando el problema con la complicidad de los grandes grupos de comunicación, y así se siembra un terror infundado entre la opinión pública antes de que pueda suceder cualquier problema grave de salud, un terror que no obedece a la supuesta gravedad de la enfermedad, sino a intereses económicos de grandes industrias farmacéuticas y de parte de la clase política que utilizan el libre mercado para sus propios intereses creados. Esta actitud alarmista genera un efecto de bola de nieve entre la población, que reclama a sus gobiernos la necesidad de actuar, de tomar medidas preventivas que se traducen en contratos millonarios con la industria farmacéutica para la fabricación de vacunas como el Oseltamivir, medicamento que es de muy dudosa eficacia para la gripe A y apenas alivia algunos síntomas de la gripe común según los profesionales médicos.

La vacuna Oseltamivir, que se comercializa en la actualidad con el nombre de Tamiflu y Tazamir, se creó para combatir en principio la gripe aviar por la farmacéutica estadounidense Gilead Sciences Inc., de la cual es accionista y fue presidente entre 1997 y 2001 Donald Henry Rumsfeld, Ex – Secretario de Defensa de los Estados Unidos, el mismo que en la guerra de Irak dio la orden para experimentar con armas biológicas, ántrax y anís estrellado –que, coincidencias de la vida, es uno de los principales componentes del Oseltamivir-.

En 1996 la patente para la producción mundial del 90% de este fármaco se vendió a la multinacional farmacéutica suiza Hoffmann-La Roche –más conocida como laboratorios Roche-. A partir de ese año Roche mercantilizó en todo el mundo Oseltamivir bajo el nombre de Tamiflu, un medicamento que pasó de 254 millones de dólares en ventas estimadas en el año 2004 a más de mil millones de dólares en beneficios estimados en el año 2005, justo cuando se combatía la gripe aviar. En esta jugada capitalista la empresa Gilead Sciences Inc. se reservaba un beneficio del 22% de las ventas netas anuales del mencionado medicamento. Una operación que multiplicó el precio de sus acciones, que pasaron de un aumento anual del 59% en el momento de la venta del fármaco a un 600% a principios del año 2001. En ese momento, los beneficios del señor Donald Rumsfeld eran ya de cinco millones de dólares, y en 2004 pasaron a más de veinticinco millones netos. Una jugada económica maestra.

En octubre de 2005 la farmacéutica Roche decidió otorgar la licencia de producción y distribución a otras compañías farmacéuticas como Novartis AG, GlaxoSmithKline Plc. o la propia Gilead Sciences Inc. para la fabricación del Oseltamivir. Esta “indulgencia” por parte de los laboratorios Roche no obedece a una decisión propia, sino a las presiones de numerosas instituciones y gobiernos internacionales que solicitaban el desbloqueo para la producción y distribución del Tamiflu en todo el mundo, además de la creación de un fármaco genérico más barato para radicar la gripe aviar. Esta última demanda no fue posible ante la negativa de Roche.

En Estados Unidos, el entonces presidente George W. Bush, pidió en el mes de noviembre de 2005 la cantidad de 7.100 millones de dólares al Congreso para tomar medidas preventivas contra la gripe aviar, ante el riesgo de que hasta dos millones de estadounidenses pudieran morir a causa de la enfermedad. Se declaraba entonces una falsa pandemia que nunca tuvo lugar, ya que desde 2003 hasta el 31 de agosto de 2009, tan sólo se han producido 262 muertes por gripe aviar en todo el mundo, ninguna en Estados Unidos. De este montante económico, 2.800 millones de dólares se destinaron a la elaboración y compra de veinte millones de dosis de la vacuna Tamiflu, que fabricó la empresa farmacéutica estadounidense Gilead Sciences Inc. tras llegar a un acuerdo de comercialización con la multinacional suiza Roche. No fue la única medida del presidente Bush, que pidió también una ley al Congreso para proteger a las farmacéuticas ante posibles denuncias por parte de los usuarios, evitando nuevas demandas contra estas empresas por resultados negativos.

Cuando los efectos del Influenzavirus A fueron declarados por la OMS como pandemia en junio de 2009, los poderes político-económicos estadounidenses cercanos a George W. Bush y Donald Henry Rumsfeld se lanzaron a confirmar la eficacia del antiviral humano Tamiflu como fármaco preventivo de la gripe A, como solución de una pandemia que aún hoy no se ha desatado. Se repite entonces la misma ficción que en el caso de la gripe aviar: un alarmismo injustificado entre la opinión pública que potencian poderes ocultos tras instituciones sanitarias de carácter internacional, un brote vírico de dudosa procedencia que muchos apuntan a su origen artificial y una demanda de vacunas creada por poderes económicos residentes en las grandes empresas farmacéuticas para satisfacer la necesidad emocional de la población mundial.

Sería prudente entonces que las conjeturas tan pesimistas de la OMS sobre los efectos del virus de la gripe A frenaran de una vez, que se analizara con realismo la situación clínica existente hasta el instante presente, aquella misma que aconseja no declarar los efectos del Influenzavirus A como pandemia por el momento. Tan sólo debería clasificarse como epidemia mundial una remota posibilidad de que el virus mutara o interactuara con otros como el virus de la gripe estacional o el de la gripe aviar, y se pudiera hacer más peligroso. Un híbrido que combinara el poder letal del virus H5N1 de la gripe aviar y la capacidad de propagación del virus H1N1 de la gripe A podría calificarse entonces de pandemia, para la cual ya no resultaría efectiva la actual vacuna Tamiflu, sujeto activo de este terror epidemiológico. Pero no olvidemos que estas posibilidades de mutación o combinación son remotas, ya que el virus se ha estabilizado según apuntan la mayoría de los expertos médicos y coinciden con el argumento esgrimido por las organizaciones internacionales.

Además, este caprichoso alarmismo puede forjar una auténtica saturación en las urgencias de los servicios sanitarios públicos de muchos países este invierno en el cono norte, que degeneraría en la consiguiente desatención de otros problemas sanitarios más importantes –enfermedades graves, accidentes, etcétera-, los cuales requieren plena atención de los profesionales de la medicina. Un colapso sanitario que se complicaría en aquellos sistemas de salud precarios o que se encuentran a la deriva por dejadez del gobierno de turno.

Por todo ello, se debe promover entre la población mundial una actitud más serena y tranquila para enfrentarse a la gripe A o a cualquier otra supuesta pandemia del mismo calado. Ésta es una responsabilidad de los medios de comunicación, que deben difundir una información menos dramática y más racional, de los dirigentes políticos y de las instituciones públicas, a los que corresponden una mayor responsabilidad en la planificación y gestión de los sistemas nacionales de salud, y por último, a las instituciones internacionales como la Organización Mundial de la Salud (OMS), la  Organización Panamericana de la Salud (OPS) o los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC), los cuales tendrían que albergar dispositivos más eficaces para el control sanitario, un sistema cruzado de información entre las distintas instituciones y, ante todo, un mecanismo que les permita una total independencia económica, comercial y política.

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Óliver Yuste es licenciado en Periodismo por la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid.

Su experiencia profesional como periodista se ha desarrollado en diversas publicaciones periódicas como las revistas culturales Experpento o Paisajes Eléctricos Magazine, las revistas universitarias La Huella Digital, Punto de Encuentro Complutense y mÁs UNED, o la colaboración como escritor en la revista literaria chilena Cinosargo, además de mantener sus propios blogs, como la bitácora personal donde se ahogan los gritos de mi mitad. En estas publicaciones en soporte papel y digital se divulgan algunos de sus artículos periodísticos de opinión, críticas y entrevistas musicales, además de artículos literarios como relatos cortos, cuentos y poesías.

También está dedicado a la creación literaria como escritor de novelas y poesía, una faceta en la que cuenta con el libro de cuentos Azoteas, en proceso de edición, y la publicación del cuento “La Libertad de Ser Feliz” en el libro Cuentos Selectos III, publicado en 2002 por la Editorial Jamais. Además de ser galardonado en algunos certámenes literarios: Primer Premio de Poesía Ramiro de Maeztu 1997, Premio Accésit del IV Concurso de Redacción “El Teatro Clásico en Escena 1997” o Finalista en el Concurso de Relatos Cortos “Premios Jamais 1999”.

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