Green hope

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El día que menos fui a pensar, en el momento que menos creía que podía pasar, pasó; apareciste frente a mí, y tu imagen se quedó grabada en mi mente. O quizá sólo en algunas partes de mi mente, porque si se hubiera quedado en toda mi mente, no habría tenido que pensar tanto acerca de lo tendría que pasar después. No me culpes; era la primera vez que sentía algo así.

Tan sólo, pues, una parte de mi mente, unos retazos de papel rallados con pilot negro, las frías gotas de lluvia del invierno que yo misma permitía caer sobre mi cabeza, y ese gélido viento estaban conmigo cuando empecé a buscar una explicación a lo que había ocurrido, a ese impacto que me inundó sin motivos aparentes.

Unas semanas después, hice una cosa que suelo rehusar hacer: mirarme al espejo. Hacer un frente a frente conmigo misma, quizá para cuestionarme a mí, o quizá para averiguar si el espejo me daba alguna razón. Y me sorprendió, porque, no sé si al mirarme empecé a entenderme a mí misma, o fue el espejo el que me susurró que la imagen de tu hermosa cara, de tus verdes ojos, la forma tan peculiar de tus labios, y tu manera de caminar, inundaban el fondo de color marrón de mi mirar, tanto que ya no se veía color alguno en ellos. En su lugar había un inmenso brillo que destacaba y deslumbraba mi demacrada cara. Demacrada por el paso de los años y las heridas en el alma que éste va causando.

Y al ver mi reflejo en aquel espejo, pude entender la situación y solucionar la incertidumbre que había tenido tiempo atrás. Pude entender el por qué de aquel flechazo que marcó en mi mente una imagen proyectada en mis ojos desde el primer momento en que te vi. Caí en la cuenta, después de tanto darle vueltas, de que era algo muy sencillo; simplemente me había enamorado de ti.

Al ser consciente de ello, volví a mirarme en el espejo, y pude notar como el semblante de mi rostro, hacía unos momentos carcomido por la duda, comenzaba poco a poco a cambiar, formando una sonrisa en mis labios y en mis ojos.

Y es que nunca habíamos cruzado una sola palabra, pero fui consciente de que te necesitaba tanto como todo ser viviente necesita agua y oxígeno para sobrevivir.

De repente, mi destino, mi camino a seguir, que hasta entonces había sido impreciso y  muy incierto para mí, apareció con sólo apartar la vista del espejo, salir afuera y mirar el cielo. Es como si las figuras que vi reflejadas en las nubes me hubiesen dado el guión de los pasos a seguir durante el resto de mis días.

Este guión se resumía en cinco palabras:

“Mi vida junto a ti”.

Fotografía: María Jesús Pérez Girón

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