‘Glengarry Glen Ross’, la adaptación teatral de Daniel Veronese, resiste el pulso frente a la versión cinematográfica

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Un magnífico guión de David Mamet, adaptado previamente al teatro, sirvió en 1992 al norteamericano James Foley para filmar Glengarry Glen Ross, una desgarrada crítica a las bajezas de la competitividad laboral y un recorrido por las zonas más turbias de la condición humana. La película ahondaba en las miserias de un grupo de vendedores inmobiliarios que se ven empujados a competir entre sí, valiéndose de los recursos más despreciables, con objeto de triunfar y, en última instancia, de no perder el empleo. El film basaba su innegable potencia en un texto directo y arrollador (impagable el trabajo de Mamet) y en un elenco de actores en estado de gracia, entre los que destacaban, por encima del resto, Jack Lemmon y Al Pacino.

Ahora podemos disfrutar en el Teatro Español de Madrid la adaptación teatral del genial texto de David Mamet, de la mano de Daniel Veronese. Como en la película de Foley, la obra se sustenta en el trabajo de unos actores que saben a lo que juegan. Alberto Jiménez resuelve sin problemas el papel que bordaba Ed Harris en la pantalla grande. Ginés García Millán, en una interpretación de mayor contención, hace lo propio con el personaje de Kevin Spacey. Por su parte, Gonzalo de Castro sale airoso en la tarea de dar vida al triunfador Ricky Roma, único personaje que no ve quebrantada su dignidad e interpretado en la película por Al Pacino. Pacino es un actor extraordinario, majestuoso. Entre otras muchas cosas, destaca por su habilidad para moverse en el plano, para imponer su presencia en pantalla (a pesar de su corta estatura, lo que le hace aún más admirable), para decir con dos movimientos lo que ni siquiera otros consiguen con diez frases. Gonzalo de Castro no es Al Pacino, no consigue emular esa presencia (ningún otro actor podría): su triunfo reside en dotar al personaje del carisma necesario y en lograr, aunque sean sólo atisbos, gestos similares a los de Pacino. Lo de Carlos Hipólito son palabras mayores. Sin duda, es lo mejor de la función. El actor madrileño realiza un trabajo sobresaliente interpretando al desesperado y patético Shelley Levene. Cada gesto, cada frase, recuerdan al Jack Lemmon de la adaptación cinematográfica. Conviene ver las dos obras, la película y el espectáculo teatral, para comprobar el verdadero logro de Hipólito. Sencillamente genial.

Por lo demás, la obra goza de las mismas virtudes que su referente cinematográfico y el guión, en líneas generales, no se resiente al saltar del celuloide al escenario. Sin embargo, la versión española ofrece una diferencia respecto a la película de Foley. Veronese opta por dotar a algunos de sus pasajes de un tono cómico que la anterior versión no tenía. De esta manera, lo que allí era trágico, aquí se manipula con mayor ligereza. Quizá el cambio aporte mayor dinamismo a la escena, pero el conjunto pierde fuerza y potencia dramática. Tampoco se entiende la eliminación del personaje que Alec Baldwin encarnaba en la película y la escena en la que humillaba a los empleados de la firma inmobiliaria, introducción necesaria para comprender la posterior desesperación de los vendedores.

En cualquier caso, la diatriba anti-materialista permanece intacta y hace de la obra una excelente alternativa de ocio en estos tiempos de crisis y caos económico.

Fuente de la imagen
Bibliotecaiie.files.wordpress.com

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