G.I. Joe: Sobredosis veraniega

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Cuando parece que en Hollywood apenas quedan ideas interesantes para rodar nos llega G.I. Joe, basada en la línea de muñecos de Hasbro para reafirmar nuestras sospechas.
Los G.I. Joes son unas fuerzas especiales a nivel internacional con la misión de velar por la paz y combatir a organizaciones terroristas, especialmente a COBRA, cuyo único fin es dominar el mundo. Entre medias tenemos a traficantes de armas, el típico amorío entre los protagonistas y secretos sin desvelar.
La historia no aporta nada nuevo ni original, por lo que el film se refugia en los efectos visuales para intentar darle un valor añadido que atraiga al público. Y he aquí el problema del que padecen muchas películas – entre las que podemos incluir a G.I. Joe – que no es otro que esconder los defectos y limitaciones de un mal guión en un envoltorio saturado de efectos. Ya no solo eso, sino que muchas veces lo que se hace es poner la historia al servicio de dichos efectos, cuando tendría que ser justamente lo contrario: usar las nuevas tecnologías como instrumentos al servicio de una buena historia.

Por tanto, nos encontramos en G.I. Joe con una película que busca romper taquillas mediante un despliegue desmesurado de efectos, que encima cantan bastante. Marginando un guión, ya de por sí, algo pobre, por momentos demasiado inverosímil y poco acertado. Por poner un ejemplo de esto último, en pleno auge de la concienciación ecológica, la cinta nos traslada hasta el mismo Ártico para continuar con la vorágine de batallas y destrucción.

El plantel protagonista, además, tiene que lidiar con unos personajes planos y estereotipados: héroes de acción y malos malísimos. Caras conocidas como Dennis Quaid o Adewale Akinnuoye-Agbaje (el Sr. Eko de Lost) para darle un mayor gancho a la cinta.

Por otro lado tenemos a jóvenes estrellas como Channing Tatum (Duke, el bueno de la peli), quien parece tomarse demasiado en serio su papel en una cinta que no puede tomarse así. Quienes sí se la toman como lo que es, un divertimento, es Marlon Wayans (conocido por la saga de Scary Movie) que es el que aporta el punto más cómico y desenfadado del film; así como Brendan Fraser, cuya aparición sólo se explicaría por su relación con Sommers.

Sienna Millar es, quizás, quien le saca un mayor jugo a su personaje. La actriz neoyorkina se toma un impasse en su cometido de nueva musa del cine indie americano para meterse en la piel de la Baronesa. Dentro de lo que cabe el suyo es el personaje que presenta una mayor complejidad.

Además, verla con un look de morena y luciendo tipo ceñida en un traje de cuero es todo un regalo para la vista.

Con G.I. Joe estamos pues, ante el típico Blockbuster veraniego atiborrado de postproducción, con unos actores que se pasan más tiempo exhibiéndose que otra cosa, y una historia que se olvida nada más acabar el visionado.

A pesar de esto, G.I. Joe sabe mantener durante parte del metraje (hasta que la dirección que sigue la hace descarrilar) la emoción y entrenenimiento, gracias a la labor de su director, Stephen Sommers, quien conoce algunos de los ingredientes para colarnos un Blockbuster entre nuestras preferencias como ya hiciera con The Mummy y su secuela.

Sí además de ofrecernos aventuras para desconectar, nos las presenta acompañado de actores conocidos y presumiblemente con talento… es probable que logre engañarnos para ir a las salas.

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