Fidel

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En mi entorno profesional he tenido la oportunidad de conocer a mucha gente que me ha permitido descartar esa máxima tan socorrida que dice que las personas, mientras más años cumplen, menos susceptibles son al cambio. He podido corroborar que eso no deja de ser una excusa para quienes no quieren adaptarse o no quieren, por sí mismos, ver el mundo con otros ojos. Pero precisamente gracias al haberme iniciado en ese entorno profesional, el científico, he podido comprobar que la realidad siempre es más tozuda que nuestros delirios. Así, he conocido a gente de menos de 50 años que piensa el mundo en términos de 1991. He visto a otros más jóvenes aún ver la realidad como si el presidente norteamericano fuera todavía Richard Nixon. Pero también he visto gente que roza los 80 más flexible a cambiar su punto de vista que yo mismo, un burdo veinteañero.

En este marco quiero inscribir algunas consideraciones sobre el resucitado Fidel Castro. ¿Dictador? Sí. ¿Asesino? Como cualquier jefe de Estado en el que exista la pena de muerte y como cualquier protagonista de una guerra civil. Y todos los Estados (sí, hasta el nuestro) se han fundado sobre una guerra civil previa. Castro, a pesar de esto, no deja de ser un octogenario que sabe más la tarea de gobernar que la inmensa mayoría de quienes han tenido labores similares. No en vano, cincuenta años dan para mucho. Su pecado, en todo caso, sería el haber estado más de la cuenta.

El pasado miércoles se publicó que Fidel llegó a afirmar que el modelo cubano ya no funciona ni en Cuba. Sí, esto dará que hablar. Sobre todo me gustaría escuchar a algún que otro compañero que ha defendido la revolución a ultranza hasta. Ahora tiene dos opciones: cambiar él mismo o maldecir a Fidel. Creo que los tiros van a ir por el segundo camino. Fidel no sería el primer líder acusado por los fanáticos de traicionarse a sí mismo.

Pero lo que me interesaba era el Fidel persona. ¿Es que estar al borde de la muerte hace a la gente escupir todas las verdades? Puede que haya algo de eso. No lo sé, nunca me he visto en esa situación. Pero como siempre, hay precedentes. El líder yugoslavo, Josip Broz Tito, dejó tras de sí un Estado para mayor gloria suya, pero con pies de barro. Tras su muerte resultó que las reformas había que hacerlas sobre las propias ideas de un gran ídolo, por lo que pronto las opciones fueron continuidad o ruptura, precipitando las guerras de la ex Yugoslavia. Murieron cientos de miles de personas, pero su figura sigue intacta.

Fidel también ha reconocido su responsabilidad en la persecución de homosexuales en Cuba. Desde Madrid no puedo dejar de pensar en mis soldados que llegaron a Afganistán para quitar el burka a las mujeres, o eso dice la ministra de defensa. No lo hicieron. Además defienden a un gobierno que aplica la pena de muerte a quienes han cometido el delito de amar a una persona de su mismo sexo. Fidel, que seguramente aprendió a odiar a los homosexuales gracias a su educación burguesa y española, lo ha reconocido. Dicho esto, podemos volver todos a maldecir a quienes hoy nos tienen que caer mal por decreto y a subir a los altares a nuestro hijos de puta (como llamó Roosevelt a Somoza) de turno. Y lo digo sin acritud. Los cambios de mentalidad toman su tiempo. De hecho, llevamos así 2.400 años.

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