Fernando Martín, una vida con acento

0
1241

El 3 de diciembre de 1989, a los veintisiete años, moría Fernando Martín. El mítico jugador de baloncesto del Real Madrid era mucho más que un simple deportista, era un héroe. Tanto si viviste aquella época, la suya, como si te lo han contado; la historia de Fernando es la de un hombre que “no se levantaba de la cama para perder”. Representó como nadie la ambición por tratar de ser mejor cada día y se convirtió en el pionero de una generación, que hoy encuentra en la figura del inolvidable diez, un ejemplo a seguir.

Fernando era el típico niño al que le gustaba practicar cualquier deporte (destacó en natación, judo y tenis de mesa) pero se había decantado por el balonmano. Hasta que en su camino se cruzó el Estudiantes y en poco menos de un año, cuando contaba con 16, ya era jugador profesional de baloncesto. La de pívot sería la demarcación que ocuparía ya durante toda su carrera. Un pívot atípico poseedor de una gran calidad técnica, y, que destacaba por su inteligencia a la hora de colocarse y defender. Usaba a la perfección sus 2.06 metros para situarse en la cancha. Su gancho en suspensión fue sin duda su jugada “marca de la casa”.

En 1981 ya era titular tras haber ganado la plata en el Eurobasket juvenil del 79 y se proclamó subcampeón de liga con un Estudiantes que, ante las ofertas de Juventud y Real Madrid, no pudo retenerle. Culmina ese año cuando el inolvidable Antonio Díaz Miguel, entrenador insustituible y entrañable, (imborrable su: “me quito la chaqueta y salgo a jugar yo” cuando en un partido eliminaron a casi todos sus jugadores; genial) le llama a la Selección por primera vez. Fernando fichó finalmente por el Real Madrid y pese a su insultante juventud pronto se convirtió en un referente para sus compañeros (Corbalán siempre recuerda que alargó su retirada de los terrenos de juego para disfrutar jugando a su lado) a los que entrenaba el histórico Lolo Sainz. Su fichaje ascendió a diez millones de la época, e, incluyó en la operación la contratación de su hermano Antonio; gran jugador injustamente valorado basándose en una comparación tan innecesaria como absurda. Hablamos de los años 80, etapa en la que España comenzaba una nueva andadura, en la que necesitaba referentes que hicieran sentir que se podían lograr grandes cosas. Era la época en que los pabellones tenían publicidad de Galerías Preciados y Nocilla, en la que la revista Gigantes era de lectura obligada, de las retransmisiones por Tve2, los años de los bocatas, de las míticas series de televisión; años en que tener unas botas Converse te convertían en la envidia del recreo. Para calcular la dimensión de la figura de Fernando hay que situarse en aquella época en la que España dejó de ser un país casi olvidado para convertirse en la nación que ganó la histórica medalla de plata en los JJOO de Los Ángeles 84.

El partido de su debut como jugador blanco fue en Brasil, en un mundialito de clubes (una especie de Intercontinental); el Madrid ya estaba clasificado para semifinales y “el nuevo” tuvo su momento; no lo desaprovechó y se presentó anotando 50 puntos. No le hizo falta mucho más para enamorar a la afición madridista. Pero el caso de Martín es especial; se trata de un jugador amado por los suyos y envidiado por los rivales. No sólo por su indudable calidad sino porque deseaban tenerle defendiendo a su equipo. Luchó cada día por ser un jugador mejor: “Hasta el último partido de mi carrera habrá que darme tiempo para demostrar dónde puedo llegar”; su hermano Antonio reconoce que esa ambición caló en todos sus compañeros: “Tenía una capacidad de contagiar su espíritu competidor al resto”.

En su primera etapa con el Madrid logró muchos títulos: cuatro Ligas: 1981-82, 83-84, 84-85, y, 85-86; dos Copas del Rey: 1985 y 86; una Recopa de Europa: 1984; y un Mundial de clubes: 1982. Y con España logró la plata del europeo de Nantes 83 y la mítica plata de Los Ángeles 84; pero lo que cabe destacar es que: revolucionó el baloncesto español.

Unido a los Epi, Solozábal, Corbalán, Romay, Iturriaga, Jiménez, Arcega, De la Cruz, Llorente, Margall o Beirán, lograron conquistar a un país que se levantaba de madrugada para convencerse de que el sueño era real y que podíamos mirar a la cara a unos EEUU a los que hasta hacía poco veíamos como inalcanzables y donde militaban Jordan y Ewing. Ver imágenes de aquella final te permite valorar la hazaña que supuso competir de igual a igual contra los americanos (por mucho que el marcador reflejara otra cosa), o, vencer en semifinales a unos yugoslavos donde jugaba un tal Petrovic, hasta entonces insuperables.

El sueño de Martín era jugar en la NBA y lo logró: “He venido aquí para aprender y cada rebote que cojo es un triunfo”. Pero aquello era otra historia: lejos de la familia, otro idioma, otras costumbres…, pero no se vino abajo. En el 85 probó con los Nets pero no le convenció y esperó al año siguiente para firmar con Portland. Su debut se produjo contra los Sonics en octubre del 86; jugó poco más de dos minutos. Hoy ya es una proeza, así que calcular lo que supuso entonces es fácil. Que un jugador español jugara en la NBA suponía renunciar a jugar con tu país: “Sólo hay 240 jugadores en el mundo que pueden jugar allí”; era el segundo europeo en la NBA (el primero fue el búlgaro Glouchkov) y el único en hacerlo sin haber pasado por ninguna universidad: “La NBA es dura, porque allí lo que cuenta no es el cariño. Si tú no estás, habrá otro”; y no contaba con la confianza del entrenador ni con una competencia tan bestial: “Yo estuve diez días con la nariz rota, casualmente, por un golpe que me dio uno de mi propio equipo, que entraba gracias a mi lesión”. Sólo las visitas de su hermano Antonio que estaba en la Universidad de Los Ángeles le supusieron sentirse acompañado. Su periplo americano podría resumirse en los datos: 24 partidos, 146 minutos, 22 puntos, 28 rebotes, 9 asistencias y 24 faltas. Pero sería injusto y equivocado. Su año en Portland fue mucho más; fue el inicio para todos los demás. Prueba de ello es el precioso homenaje que le dedicó Rudy Fernández invitado por los Blazers, cuando en el concurso de mates celebrado en febrero de 2009 vistió su camiseta: Yo era el primer europeo en un concurso de mates y él había sido el primero en todo. Estoy contento de haberlo homenajeado. Fernando Martín, un pionero”.

Un gesto para la historia es el que protagonizó al poner su apellido en la camiseta, como recuerda el periodista Manolo Lama (uno de los tres profesionales españoles afortunados que vivieron su debut americano): “Fue un deportista que renunció al dinero para cumplir su sueño. Estaba por encima de los retos. Se marchó a la NBA porque veía aquéllo como un sueño. Fernando se dio cuenta de que era su gran ilusión y finalmente lo cumplió. Cuando llegó a Pórtland dijo que se llamaba Martín, con “i” acentuada. Él quiso señalizar su procedencia y su personalidad con un acento. Esa camiseta dio la vuelta al mundo”. Fue el primer jugador en poner acento en la camiseta. No debió ser nada fácil: “Reconozco que tengo un carácter excesivamente competitivo, que a veces me crea problemas; me gusta ser el primero en todas las cosas”, y, las lesiones tampoco le ayudaron. Por lo que para alegría de los aficionados españoles volvió a la Liga española. Un año allí fue suficiente. Y regresó tal y como se había ido, ganando: Copa del Rey 89, una Korac 88 y Recopa de Europa 89. Volvió para enfrentarse a los mejores jugadores europeos de la época: Sabonis, Petrovic, Fassoulas o Gallis, y, dejó partidos para la historia. Contar con Fernando suponía saber que ganara o perdiera, lo lucharía hasta el final. Su genuino y habitual “por 20” para avanzar cual debía ser el resultado final, le describen bien. El precio de la entrada estaba amortizado con solo verle en la pista. Hace muchos años que el Real Madrid no tiene un icono donde mirarse, donde apoyarse y a quién confiar el significado de su escudo y el orgullo de Reyes o Llul no es suficiente para generar un sentimiento igual. El capitán blanco actual no duda a la hora de valorar el legado de Martín: “Se pueden decir mil cosas de Fernando Martín, pero sobre todo, quiero destacar que poseía todos los valores del madridismo. La fuerza, el coraje y el carisma. Fue un ejemplo a seguir porque siempre lo daba todo. Era pura fuerza, pura garra. Ha sido, para todos, un grandísimo ejemplo”.

Y es tras cada derrota cuando uno mira esa camiseta, con el ya irrepetible diez (el club retiró su número y nadie podrá vestirlo jamás) y le echa de menos. Pero también tras cada victoria, ya que la celebraba como el que más.

En Europa siempre tuvo un rival que le obligó a exprimirse más que ninguno: Drazen Petrovic. Un jugador ambicioso, temperamental y extraordinario. Sus enfrentamientos forman parte ya de la leyenda. Sus vidas tuvieron muchos puntos en común (incluyendo un adiós prematuro) y muchas diferencias. Pero el deporte es caprichoso y tras espectaculares batallas les unió de blanco. Formaron un equipo sensacional pero había algo que no funcionaba del todo. Martín era un hombre de equipo y el primer Petrovic, no. Baste el ejemplo del mítico partido contra el Caserta en la final de la Recopa del 89; el cinco blanco marcó 62 puntos en una exhibición tan memorable como egoísta, y eso enfureció a un Fernando que anotó once a pesar de que estaba jugando con una escayola camuflada debajo de un vendaje. Tras el partido no dudó en aclararle al yugoslavo: “Eso de tirar más tiros que nadie se va a acabar”.

En España tuvo que enfrentarse con Audie Norris; sus duelos siguen siendo una delicia para todo buen aficionado y aunque dentro de la cancha eran los enemigos más acérrimos siempre llevaron a cabo una pelea limpia. Norris reconoció siempre que enfrentarse al madridista le hizo querer ser mejor jugador: “Creo que podía haber seguido en la NBA, pero regresó para ser el rey de España”. Su técnico, Lolo Sáinz destaca por encima de todo ese efecto contagio que generaba en los rivales: “Fernando era un prototipo de jugador. Dejó una enseñanza de cómo debe ser un profesional. Era un jugador competitivo, entrega y coraje. Su orgullo y ganas de ser el mejor, le hicieron serlo. Tenía mucho carácter y un gran corazón. Ojala la juventud que viene se parezca en algo a él porque consiguió mostrarnos entrega, pundonor y compromiso para ser el mejor valuarte del baloncesto español”.

En liga con el Real Madrid jugó un total de 170 partidos donde tuvo un promedio de casi 20 puntos; consiguió 3.302 puntos (61% de porcentaje de acierto en tiros de dos y 62% en tiros libres); capturó un total de 1.279 rebotes (7,5 por encuentro, 2,7 ofensivos y 4,9 defensivos),146 asistencias, 289 robos de balón y 207 tapones. Con la Selección jugó 72 partidos logrando 50 victorias y anotando 998 puntos con un promedio de 13.2 por partido. Su sensacional carrera le hizo entrar a formar parte desde el 1 de marzo del 2007 en el Salón de la fama FIBA. Fue el pionero también en el marketing deportivo en España llegando a ser imagen de su propio videojuego: el Fernando Martín Basket.

Pero de todos los momentos para no olvidar jamás y que sin duda retrata al deportista y a la persona es, uno que sucedió en la temporada 88-89. Playoff final de la ACB; de nuevo un Barcelona-Real Madrid. En el primer encuentro Fernando no pudo jugar por los graves dolores de espalda que padeció durante gran parte de su carrera y el Madrid perdió por más de 20 puntos. Aíto García Reneses sabía que era una pieza clave: “Fernando es alguien sin el que el Madrid puede perder por 25 puntos”. Fue un durísimo golpe para el equipo. Pero mientras los jugadores se mostraban apesadumbrados alguien entró sonriendo en el hotel de concentración y soltó una frase que les devolvió la esperanza: “No me he levantado de la cama para perder”. Fernando había viajado por sorpresa a Barcelona y aunque no pudo aportar mucho, nunca un puñado de palabras, un “simple” gesto, significó tanto. El equipo ganó el partido y aunque finalmente perdió aquella Liga, sirvió para que la leyenda del genial jugador madrileño quedara grabada para siempre en la historia del baloncesto. Tras aquel partido Petrovic se rindió definitivamente a la categoría de líder del diez: “Martín es el número uno”.

Y un tres de diciembre del año 89 sucedió. El Madrid se enfrentaba al Cai en el Palacio y las radios dieron la noticia de que se había producido un terrible accidente en la M-30 madrileña en el que había perdido la vida un jugador blanco. No había móviles, Internet, ni las televisiones tenían los medios de hoy. Durante muchos minutos la desolación se mezclaba con la impaciencia esperando que fuera un error y llegaran al vestuario todos los compañeros. Pero no pudo ser. Lolo era el manager general: “El panorama al llegar es difícil de describir. Fue uno de los momentos más difíciles de mi vida”. Lógicamente el partido se suspendió. Es difícil olvidar las caras de sus compañeros o la angustia de su hermano corriendo para convencerse de que no era un error. Los días posteriores fueron tremendos y demostraron el enorme respeto de todo el baloncesto español por su jugador más carismático. El día 5, Fernando fue enterrado en Madrid y tan sólo unas horas después el equipo debía jugar contra el Paok un partido de Recopa. Se vistieron con las camisetas adornadas con un crespón negro y salieron a jugar. Sólo Antonio podía anotar la primera canasta blanca; el Madrid llegó a tener perdido el partido pero se produjo una remontada épica, encabezada por la sensacional aportación de su hermano (que logró 18 puntos y 16 rebotes) y terminó ganando por más de 20. Las imágenes del encuentro, todavía hoy, logran emocionarte.

En el banquillo (sencillas sillas de las que se usaban antes) se colocó la camiseta con el diez de Martín y un ramo de flores; toda la afición coreaba el nombre de Fernando y se sentía ese espíritu ganador que tan bien le definió en cada rincón. George Karl, el entrenador ese año, no lo ha podido olvidar: “Recordaré aquel día tanto como el del nacimiento de mis hijos”. Y el final del encuentro supuso un nudo en la garganta difícil de soportar; el equipo entero se abrazaba con la mirada en otra parte, los griegos daban la mano y parecían estar fuera de lugar; el público no abandonaba las gradas y no dejó de corear a su gran ídolo y, entonces, su hermano Antonio ya no pudo más. Estremece verle; tras aplaudir al público en mitad de la pista para devolver el cariño explotó, y tapado por una toalla que le dio un compañero, lloraba sentado al lado de la camiseta de Fernando. El mundo perdió un mito pero él, además, perdió a su hermano. Cuando todo parecía que iba a terminar se produjo otro instante conmovedor; los jugadores entre los que estaban Llorente, Romay, Biriukov, Rogers, Villalobos, Cargol, Frederick o Anderson volvieron a salir y se dirigieron al palco donde estaba la familia de Fernando para fundirse en un sentido abrazo. Impactantes y emotivas a pesar del paso del tiempo.

Cuando uno alcanza la categoría de genio, de mito, parece que se olvida que se trata de un ser humano como los demás. Algunos dicen que Fernando era esquivo con los aficionados por su “carácter difícil”, que no respetaba el trabajo de la prensa, o, que cometió un error el día de su accidente. Ante todo, resulta inútil y casi ruin juzgar a alguien que ya no está y que, por tanto, no puede dar su versión. Pudo cometer errores o no, en todo caso ya lo juzgará, si es necesario, quien corresponda. Estas líneas no tienen otra pretensión que homenajear a un irrepetible jugador de baloncesto y recordar su legado. Y que cada uno se quede con los momentos que nos dejó.

Antonio Martín se muestra orgulloso de que el recuerdo de su hermano siga presente: “Fernando es más actual para la gente joven de lo que yo creía. Me gusta que los más jóvenes sepan quién es Fernando Martín. Me cuesta definirle como jugador. Técnicamente no era un privilegiado, sin embargo, era único”. Y el legado sigue vivo ya que Jan Fernando Martín, el hijo de Fernando, continúa sus pasos. En el físico se parece mucho a él (mide 2.03 y anda del mismo modo) y en la manera de jugar no es sencillo que nadie pueda acercársele. En la cancha su demarcación es ala-pívot y lleva el catorce a la espalda. Esta temporada, tras un periplo por equipos españoles, juega con el Maccabi Ashdod de la Ligat Winner en Israel. A sus 26 años recién cumplidos tiene las cosas muy claras: “Juego para callar bocas. Me encanta jugar al baloncesto y no me canso de trabajar. Me da mucha satisfacción cuando hago las cosas bien porque puedo demostrar a todo el mundo que valgo para esto”. Sobre su padre reconoce: “Me alegra haber heredado su actitud. Con la edad se me ha despertado más”.

La carrera de Fernando Martín Espina es, sin duda, el sueño cumplido de un niño que decidió que quería ganar siempre y trabajó muy duro para lograrlo. Y alcanzó títulos increíbles, pero quizás el más importante es que: supo enamorar a toda una generación que sintió que si te esforzabas al máximo podías conseguir cualquier triunfo. Y hoy es más que un ejemplo y un referente, es un mito.

Fuentes del texto:
Elaboración propia
www.realmadrid.com
www.marca.es
Fuentes de las fotografías:
www.realmadrid.com
www.depororange.es

Dejar respuesta