Fantasmas de los años 80

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En la memoria artificial de los medios, los 80 en España fueron una época con encanto. Aunque hoy se nos presente como entrañablemente hortera, con sus calentadores, con su Eva Nasarre y su Movida madrileña con homenajes gubernamentales, que todo lo tapa y todo lo engulle, lo cierto es que fueron años con demasiados rincones oscuros y muy pocos se atreven a contarlo.

imageEl leonés Gabriel Oca Fidalgo es un superviviente de aquella época, de los criados en los billares. De los de cuero, tachuelas, pinchos y camiseta de los Maiden. De los de la cheira y tatuajes treneros y bisutería macarra.  De los que vieron a los primeros Barón Rojo en directo y de los que fueron testigos del auge de la escena punk vasca y las temibles cargas policiales que se daban por allí entonces. Y también, cómo no, de los que pasaron varios lustros enganchados a la heroína, el veneno que se llevó a tanta gente por delante y del que hoy casi nadie habla.

Ansiedad. Vida de un yonqui es el testimonio de las vivencias del autor con las drogas durante aquellos años. Escrito en jerga, como si te estuviera contando su historia en una tasca, Oca Fidalgo divaga y desentierra recuerdos que van surgiendo desordenadamente: el colegio, el servicio militar (durante el cual ya consumía varios tipos de drogas), o los pedos que se pillaba con amigos mirando Godzilla pasado de tripis. Estas historias, algunas absolutamente hilarantes, se intercalan con divagaciones que con frecuencia no vienen al caso, y que, desgraciadamente, con frecuencia no aportan nada más que una visión nihilista bastante manida y en ocasiones difícil de leer, aunque no por su complejidad, sino más bien por su ausencia de estructura y la sensación de que es escribir por escribir.

La caótica narración está llena de alusiones y citas de los escritores que han influenciado de alguna manera al autor, desde el legendario William Borroughs hasta el insoportable misántropo Fernando Vallejo. Tal vez Gabriel Oca Fidalgo es el reverso lumpen del primero: Burroughs vivió una época en la que era más fácil pillar opiáceos que agenciarse una jeringuilla con la que inyectarse, y en España en los años 80 era realmente complicado hacerse con una chuta, de ahí las miles de enfermedades que acarrean muchos drogodependientes, que tuvieron un frenazo repentino cuando las instituciones decidieron frenar aquella locura. Hoy, el autor describe en algunas de sus divagaciones un mundo que no acaba de comprender, donde las drogas están adulteradas, el caballo es casi historia y la metadona corre por su cuerpo. Atrás quedan muchos caídos en la dura batalla de los años 80, la de las reconversiones industriales y el paro, la de la incertidumbre y la ausencia de expectativas de ningún tipo.

Sin rencores y sin achacar sus males a la sociedad, el libro de Gabriel Oca Fidalgo es, ante todo, sincero. No me cabe ninguna duda de que tiene muchas pequeñas historias que contar, pero espero que las divagaciones se queden en el tintero la próxima vez, y nos regale más historias, más ordenadas quizá, como las de su trabajo en el casino o el pinrel de su compañero en la mili, los hundidos y los salvados, más historias de las que en este país ingrato nadie quiere recordar, las vidas de quienes estuvieron allí, justo al lado de todos nosotros, enganchados a una posible muerte prematura. Las vidas de quienes encontraron la democracia en una jeringuilla, de los descubridores tardíos del ácido, de las litronas, de las anfetas.

Hoy podemos ver a algunos de los hundidos esperando la muerte en pozos de miseria y delincuencia como las Barranquillas en Madrid. Los zombis que a veces salen a pasear el anuncio de su propia muerte a los barrios ante el desprecio de los vivos no saben que, al menos, hay salvados que pueden dar testimonio de todo aquello. Qué sé yo. Siento una debilidad tremenda ante este tipo de historias y vidas, y un respeto casi religioso por aquellos que lograron enderezarse. No es William Burroughs, pues para eso hay que haber venido al mundo con dinero, y el norteamericano sería incapaz de contarte sus andanzas durante el servicio militar y hacerte llorar de la risa. Afortunadamente, tampoco es Fernando Vallejo.

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